Israel blinda la mezquita Al Aqsa de Jerusalén y limita el acceso a los palestinos por el Ramadán
Crisis en Oriente Medio
Miles de musulmanes de Cisjordania de entre 15 y 55 años tienen prohibida la entrada al tercer lugar más sagrado del Islam
El gobierno hebreo argumenta razones de seguridad e invoca que en la esplanada se desencadenó la segunda intifada en el año 2000

Una palestina asiste al primer rezo del viernes de Ramadán en la explanada de la mezquita de Al Aqsa, en Jerusalén

La puerta de las Tribus -una de las 12 entradas al recinto de Al Aqsa- enmarca una escena demasiado común en la ciudad antigua de Jerusalén: un anciano palestino es esposado y arrestado por cinco soldados del Ejército israelí. Su delito aparente es rezar en el pequeño cementerio musulmán contiguo a la muralla a primera hora de la mañana. El hombre mira con resignación y vergüenza a los pocos fieles que acceden a la explanada de las mezquitas.
El tercer lugar más sagrado del Islam es también el punto más sensible durante el mes de Ramadán, en el que miles de musulmanes acuden a ceremonias masivas, siempre con el permiso previo de las autoridades israelíes. Antes del inicio de la guerra en Gaza, el 8 de octubre de 2023, alrededor de medio millón de palestinos de Jerusalén y Cisjordania llenaban el recinto y sus alrededores.
Sin embargo, en los dos últimos años, ese número ha descendido drásticamente ante el aumento de los vetos y controles militares. Según el departamento del Waqf Islámico en Jerusalén, este año, tan sólo 80.000 personas podrán entrar en la gran explanada, desde donde, según el Corán, el profeta Mahoma ascendió a los cielos.

De los territorios palestinos, unos 10.000 consiguieron cruzar los checkpoints que mantienen la ciudad santa separada administrativamente del resto del territorio; otros miles no tuvieron la oportunidad y permanecieron agolpados al otro lado del muro de hormigón.
La prohibición de entrada a Al Aqsa es un asunto de edad, y parcialmente de género. En las semanas previas al Ramadán, centenares de palestinos de entre 15 y 55 años recibieron llamadas de la policía israelí. En la comisaría, les advertían de que no pusieran un pie en la mezquita. Las mujeres tienen más fácil acceso, aunque la restricción se mantiene para las menores de 50 años.
El gobierno de Israel sostiene que se trata de asunto de seguridad interna, ya que el templo ha sido escenario de altercados y desencadenó la segunda Intifada (levantamiento, en árabe) en el año 2000, tras la visita del por entonces primer ministro israelí Ariel Sharon.
Las detenciones son parte de la vida cotidiana de la ciudad. “Creo que ese de ahí es mi primo, pero no estoy seguro, lo último que sé de él es que estaba en prisión”, asegura un palestino de Jerusalén en una cafetería. Su hermano también ha permanecido dos días arrestado de forma preventiva, y vetado absolutamente de la ciudad antigua. Su primo, cuya identidad ha sido confirmada con alegría, sonríe a medias y asegura que al menos podrá pasar el Ramadán en familia.
“Antes la mayoría de puertas estaban abiertas y este era un espacio de fe; ahora sólo se ven turistas y colonos escoltados por soldados”, explica un trabajador de Al Aqsa
“Mira a tu alrededor, es un lugar triste y vacío”, explicaba dos días antes del inicio del mes santo Mohamed -nombre ficticio-, uno de los palestinos que custodian el lugar. “Antes la mayoría de puertas estaban abiertas y este era un espacio de fe; ahora sólo se ven turistas y colonos escoltados por soldados”, añade.
La tradición hebrea denomina la zona como el Monte del Templo y sostiene que allí se levantaron dos templos judíos en la antigüedad. El recinto colinda con el muro de las lamentaciones, y la presencia de estos grupos siempre ha creado tensión.
Sin embargo, figuras de la coalición de ultraderechas que actualmente ostenta el poder en Israel, han normalizado su presencia en el sitio islámico. El propio ministro de Seguridad Nacional, Itamr Ben Gvir, publicó un vídeo en redes sociales paseando entre los cedros de Al Aqsa durante el primer viernes de Ramadán.
Israel controla ahora cada centímetro de Al Aqsa. Dentro de la oficina de Mohamed, la pintura se cae a trozos, y el tubo del aire acondicionado sale por un agujero improvisado en la ventana. “No me dan permiso para reformar nada, cualquier cambio podría llevarme a la cárcel”.
Las limitaciones se esparcen por el entramado de callejuelas del Jerusalén histórico. Muchos comerciantes y vecinos de la ciudad antigua explican que este año no han podido poner las tradiciones luces festivas y los pequeños farolillos que decoran otras ciudades con población musulmana como El Cairo o Rabat.
A pesar de ello, las calles rebosaban minutos antes del rezo. Una marea humana descendía desde la puerta de Damasco ante la mirada inquisitoria de un grupo de soldados israelíes con los fusiles cruzados sobre el pecho.
“Lo que pasa en Al Aqsa resuena en toda Palestina, y más allá”, dice el jerusolomitano del café. “Allí nació la Intifada”. Los ataques del 7 de octubre, en el que Hamas asesinó a más de 1.200 israelíes y tomó como rehenes a 253, no ha tenido una réplica similar en Cisjordania o Jerusalén. “Ellos (los israelíes) saben que si sucede algo, empezará en Al Aqsa”.

