Internacional

Afganistán y Pakistán aparcan su “guerra abierta” tras la agresión israelo-americana a Irán

Islamabad desmiente que uno de sus cazas haya sido abatido y su piloto capturado

Los talibanes no lo tienen fácil para derribar los sofisticados cazabombarderos chinos y estadounidenses de Pakistán. Pero Pakistán lo último que necesita es meA Taliban. En la foto, un blindado Humvee en Nangarhar, Afganistán, cerca de la frontera, este sábado

Los talibanes no lo tienen fácil para derribar los sofisticados cazabombarderos chinos y estadounidenses de Pakistán. Pero Pakistán lo último que necesita es meA Taliban. En la foto, un blindado Humvee en Nangarhar, Afganistán, cerca de la frontera, este sábado

- / AFP

Nada facilita tanto el apaciguamiento de Afganistán y Pakistán como la agresión israelí y estadounidense al vecino Irán, en pleno mes de Ramadán. Ayer viernes, ambos países se encontraban “en guerra abierta”, en palabras del ministro pakistaní de Defensa, Khawaja Asif, en X. Este sábado, tras el bombardeo de Teherán que podría desencadenar una guerra a gran escala, las rencillas vecinales parecen haber sido puestas en cuarentena, hasta la próxima explosión. 

Eso no significa que la mediación sea sencilla. Para empezar, algunos de los países que ayer se ofrecían como intermediarios, Qatar e Irán, veinticuatro horas después están bajo las bombas. Pero el régimen talibán asegura no buscar la guerra y cuenta con los buenos oficios de Arabia Saudí. También Rusia y, sobre todo, China, cuentan con bazas para inducir a una tregua. La UE, con menos ascendente, ha llamado a “una desescalada inmediata”. 

El ejército de Pakistán, sin duda mucho más poderoso -aunque más lo era el de EE.UU- de momento lanza comunicados triunfalistas. Pero es más que dudoso que se meta en el avispero afgano, cuando bastante  le cuesta mantener en pie la bandera de Pakistán en Quetta, capital de su provincia de Beluchistán. 

A los talibanes, su religiosidad les ha servido para reducir la corrupción y extirpar el cultivo de adormidera -base del opio y la heroína- que floreció bajo el sueño de la OTAN. Pero no para evitar las mentiras y la propaganda. La más reciente, presentar a un tipo en salwar kameez (indumentaria holgada) haciendo parapente en la provincia fronteriza de Nangarhar, como el supuesto piloto pakistaní que habría saltado en paracaídas de un caza abatido. Los nervios estaban a flor de piel por las constantes violaciones del espacio aéreo por aviones pakistaníes y por dos fuertes explosiones en la capital provincial, Jalalabad. Así que el barbudo se llevó una buena tunda, a pesar de que no aparecieron por ningún lado rastros del supuesto caza. Islamabad desmiente haber perdido cualquier aparato, mientras asegura haber destruido decenas de blindados afganos. El ejército pakistaní también dice haber matado a más de trescientos talibanes, pero la fiabilidad de su portavoz es escasa. 

Además Afganistán -como cualquier país bajo las bombas- parece estar con el gobierno del momento, pese a las múltiples carencias de los talibanes y su misoginia. Pero los bombardeos pakistaníes de los últimos días en ningún momento han dicho que pretendan liberar a las afganas. Buscan caracterizar como un fenómeno exógeno (con tentáculos afganos e inevitablemente indios) el yihadismo que alberga en su seno y que tanto cultivó en el pasado. 

Pelotas fuera, no solo ante sus propios ciudadanos -impotentes ante el recrudecimiento terrorista, tras una década larga a la baja- sino también ante sus aliados chinos, cuyo Corredor Económico China-Pakistán y su puerto financiado en Gwadar son objetivos habituales. 

El presidente estadounidense Donald Trump se ha apresurado a declarar que “Pakistán tiene derecho a defenderse de los talibanes”. Pero su apoyo, este sábado, es tóxico, por muchas veces que haya recibido al general Asim Munir en la Casa Blanca.

La relación entre Pakistán y los talibanes es tan larga como la propia existencia de estos últimos, ya que sus milicias fueron ensambladas y apadrinadas por la inteligencia pakistaní hace tres décadas, cuando tomaron Kabul por primera vez. Su retorno al poder fue celebrado por el entonces primer ministro Imran Jan y evidentemente por las Fuerzas Armadas. La “amenaza de India” -aliada de los tayikos en que se apoyaba EE.UU.- quedaba anulada. Pero con la salida de las últimas tropas estadounidenses también quedaba anulado el monumental flujo de dinero que había regado la región, confundido con la sangre, durante décadas. 

Hoy Imran Jan está en la cárcel y su némesis, el general Asim Munir, ocupa el poder en la práctica, aunque Shehbaz Sharif ponga rostro al cargo de primer ministro y Asif Ali Zardari al de presidente. Mientras tanto, las relaciones entre Islamabad y Kabul no han parado de agrietarse, en la medida en que se agravaba la insurgencia en las áreas tribales pastunes de Pakistán. Partículas libres, incluso después de haberlas incluido -con setenta años de retraso- en su provincia de Jaiber Pajtunjua. El deterioro ha alentado no solo las deportaciones sino también el retorno voluntario de dos millones de refugiados afganos, desde septiembre de 2023. 

En octubre pasado, la visita oficial del “ministro de Exteriores” talibán a Nueva Delhi desencadenó bombardeos selectivos pakistaníes en Kabul y Kandahar y, en respuesta. Una primera oleada de combates en la frontera. El fin de semana pasado, Pakistán dijo hostigar a insurgentes del Movimiento Talibán de Pakistán (TTP, sin relación orgánica con los talibanes afganos) en campos de refugiados de la frontera. 

Pero la masacre de diecisiete personas de una misma familia en un bombardeo en Nangarhar soliviantó a los afganos y los talibanes prometieron venganza. Esta llegó el jueves, con ataques que destruyeron varios puestos fronterizos pakistaníes y mataron como mínimo a una docena de soldados. Algo que, a su vez, forzó a Pakistán a elevar la apuesta, bombardeando Kabul y Kandahar -donde vive el jefe supremo talibán, Hibatulah Ajundzda- y a declarar que estaban “en guerra abierta”. 

Algo que tiene más de amenaza que de realidad. Los talibanes, por su parte, todavía tienen que demostrar que son capaces de gobernar un estado en el siglo XXI, aunque sus credenciales guerreras se mantienen intactas. 

Jordi Joan Baños

Jordi Joan Baños

Corresponsal de 'Guyana Guardian' en Bangkok

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Jordi Joan Baños (Sabadell, 1971) ejerce como enviado de Guyana Guardian en Bangkok. Con anterioridad, desempeñó la labor de delegado para el rotativo en Lisboa, Nueva Delhi y Estambul.