
Israel y EE.UU. Hacen el “trabajo sucio”
Análisis
El canciller Friedrich Merz deslizó en plena guerra de los Doce Días en junio una frase en las antípodas del buenismo europeo respecto a Oriente Medio: “Este es el trabajo sucio que Israel está haciendo por todos nosotros”. Y ahora también Estados Unidos...

Desde el triunfo en 1979 de una revolución laica secuestrada por clérigos ultrarreaccionarios y tras superar la agresión del vecino Irak en la larga guerra de los años ochenta, Teherán se ha erigido en el gran patrocinador de tres ideas nefastas: destrucción del Estado de Israel –utopía poco realista–, el terrorismo como respuesta aceptable –Hizbulah secuestró Líbano, y Hamas, la causa palestina, sendos peones de Irán– y la religión islámica en su versión más retrógrada como alternativa de gobierno y respuesta a la globalización.
La teocracia iraní ha determinado desde 1979 todo lo que sucedía en Oriente Medio –y aún en Afganistán o la Argelia de la guerra civil entre islamistas y ejército en los años noventa–. Y lo que ha sucedido son conflictos perpetuos, inestabilidad y estancamiento económico.
La globalización, sinónimo de prosperidad para Asia, ha pasado de largo en Oriente Medio, salvo Turquía y el Golfo. El temor de muchos gobiernos árabes a los movimientos islamistas domésticos –cuyo modelo a imitar era Irán– ha provocado indirectamente un descenso de la tolerancia en las sociedades –perceptible en Egipto, Siria o Irak– a fin de aplacar la amenaza islamista (y tapar las incompetencias propias).
A menos que uno crea en las teorías de la conspiración –léase: Israel no solo conocía, sino que contribuyó al 7 de octubre–, Irán cometió un error monumental al apoyar aquella matanza terrorista, a la que Netanyahu replicó con crueldad sobre los gazatíes y, al mismo tiempo, agarrándose a un ambicioso “ahora o nunca” compartido por la Casa Blanca y diría que bendecido por muchos vecinos: liquidar el régimen que impide un Oriente Medio sin terrorismo, pragmático y estable: ese trabajo sucio que medio mundo anhela sotto voce . Nadie ve con buenos ojos un Irán con bomba atómica. Y, claro –aquí no hay filántropos–, eliminar una amenaza existencial para Israel.
Por contradictorio que pueda parecer en estas horas inciertas, Israel y EE.UU. Están creando las condiciones para un nuevo Oriente Medio deseslamizado y sin interferencias del terror.
Acabar con un régimen tiránico que mató días atrás –protestas de finales de año– más gente que las bombas caídas ayer abre esperanzas para los iraníes. Otra cosa es que puedan derribar –como les animan alegremente Trump y Netanyahu– un régimen tiránico y compacto –veremos ahora cuánto– sin un baño de sangre en las calles.
