Internacional
Pol Morillas

Pol Morillas

Director del CIDOB (Barcelona Centre for International Affairs)

Ni Irán es Irak ni estamos en el 2003

Análisis

Un presidente que rebautiza el Departamento de Defensa como “Departamento de Guerra” no iba a ser un presidente para la paz. De hecho, Trump ya ha utilizado la fuerza en tantos países como conflictos dice –falsamente– haber resuelto. No queda ni rastro de aquel candidato que hizo campaña para que Estados Unidos dejase de involucrarse en guerras lejanas para centrarse en asuntos domésticos.

Captura de vídeo del mensaje de este sábado de Beniamin Netanyahu
Captura de vídeo del mensaje de este sábado de Beniamin NetanyahuEFE

Más bien al contrario: el acecho por el caso Epstein, los excesos de las fuerzas paramilitares del ICE, la inflación y la pérdida de popularidad de Trump convierten el foco hacia el exterior en un intento para disipar sus problemas internos. Ejercer una política exterior depredadora como antídoto al fracaso nacional; en esto se ha convertido el “America primero”. El reciente discurso del Estado de la Unión dio una idea del líder que es Trump: un megalómano admirador de gobernantes autoritarios que solo sabe rodearse de aduladores de sus supuestas proezas, mientras se desballestan progresivamente los pilares de la democracia americana.

Durante la invasión de Irak del 2003, George W. Bush por lo menos informó al Congreso y al Senado de sus intenciones, buscando sin éxito el amparo del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y rodeándose de una coalición de países aliados para su intervención unilateral e ilegal. A Trump le basta esto último y liderar junto con el Gobierno ultraortodoxo y ultranacionalista de Netanyahu una guerra en Irán, sin ningún amparo más allá de pretender cambiar el régimen iraní.

Esta es pues una guerra de elección, no de necesidad. Y los cálculos de la Casa Blanca han sido alejarla lo suficiente de las elecciones de medio mandato del próximo noviembre para evitar que la subida de los precios del petróleo y una base MAGA decepcionada con las aventuras intervencionistas de su presidente pasen factura a los republicanos. Ya nos lo dijo el propio Trump tras no serle concedido el Nobel de la Paz: ahora que no se valoran mis méritos, puedo actuar guiado solamente por mis intereses, guerras incluidas.

Ha llegado por tanto el momento de dejar de normalizar lo anormal. Condenar la acción de Estados Unidos e Israel no significa amparar a un régimen criminal y represor contra su gente como es el iraní. Esta no será una intervención de un solo día, como la de Venezuela. La expansión del conflicto por Oriente Medio ya ha empezado, y es improbable que decapitar al régimen de los ayatolás sirva para conseguir una transición ordenada. Ya no digamos para el avance de la democracia, que tampoco buscaba Estados Unidos en Venezuela tras decapitar al régimen de Maduro. Otra diferencia respecto al 2003: es imposible que un presidente que aborrece la democracia en su propio país promueva la transición democrática en otro.

En el plano global, el ataque a Irán generará una ola de reacciones contrarias a la impunidad del intervencionismo norteamericano, especialmente en el Sur Global. Europa no podrá mirar hacia otro lado. Mientras busca su mayor protagonismo global e independencia estratégica, la Unión Europea ve cómo se reconfiguran las relaciones internacionales. En el 2003, el mundo era unipolar y la alianza transatlántica se erigía en el eje fundamental del poder internacional. En el 2026, el mundo es multipolar y las alianzas son variables.

Las primeras palabras de la alta representante Kaja Kallas hicieron gala de su servidumbre a Estados Unidos, sin mención siquiera a los ataques norteamericanos e israelíes y en línea con el apoyo sin fisuras de Hungría, Chequia o Estonia. Poco críticos se mostraron también Alemania e Italia, siempre reacios a contrariar a Trump. Y claramente preocupados por la escalada regional y la legalidad internacional se mostraron España y Francia. Una desunión europea que no debe hacernos olvidar por qué un día nos aproximamos a ser un actor relevante en Oriente Medio y arquitectos del JCPOA, el acuerdo para frenar el programa nuclear iraní. No será Trump, pero muchos otros sí desearán que Europa sea su socio para la diplomacia, el multilateralismo y la resolución pacífica de conflictos.