
Fuego, oro y locura
Asedio frente al régimen de los ayatolás
La historia lo recuerda como el Baile de los ardientes : el 28 de enero de 1393, Carlos VI de Francia danzaba en París con varios miembros de la nobleza vestidos todos de salvajes. Levaban los disfraces cosidos y untados con resina para facilitar la adherencia de las hebras de linaza que les daba el aspecto selvático. La antorcha que portaba el primo del rey prendió fuego. Cuatro nobles murieron abrasados mientras bailaban. El rey sobrevivió, pero el suceso intensificó su deterioro mental.

Seis siglos más tarde, el aspirante a emperador de un continente entonces por descubrir, Donald Trump, reivindica –entre fuego y fuego– su inmenso salón de baile. Ayer, interrumpió sus primeras y solemnes palabras sobre la guerra que está sacudiendo al mundo para recordar su sueño Sissi emperatriz, la masiva ampliación que va a empequeñecer a la histórica Casa Blanca.
“Siempre me ha gustado el dorado. [...] Créanme, será el salón de baile más bonito de todo el mundo”, dijo justo después de afirmar que la ofensiva contra los ayatolás no le va a “aburrir”.

Nadie sabe si esta guerra mejorará el mundo, ni si Trump podrá culminar un palacio de oro al que los patriotas de 1776 habrían pegado fuego. Lo único que sabemos es que Carlos VI fue intensificando la sensación de estar literalmente hecho de cristal y de que se rompería si los demás lo tocaban. Y que Trump va intensificando la sensación contraria, la de sentirse de acero y de que tiene el derecho de romper lo que toca.
