El frío cálculo de China sobre Irán
El asedio al régimen de los ayatolás
Pekín asiste como espectador a la guerra desatada por EE.UU. E Israel, confiando en acabar saliendo beneficiada

El presidente chino, Xi Jinping, ayer en la sesión de apertura de la Asamblea Popular Nacional en Pekín

Cuando aviones de combate estadounidenses e israelíes atacaron Irán el pasado fin de semana, causando la muerte de Ali Jamenei, el líder supremo, el informativo estrella de la televisión china relató la noticia con una franqueza inusual. Los hechos esenciales se comunicaron de forma clara e inmediata. Nada que ver con lo ocurrido apenas dos meses antes, cuando estallaron grandes protestas en toda la República Islámica. Durante las dos primeras semanas, los informativos chinos no dijeron nada al respecto. Cuando finalmente abordaron la oleada de disturbios, presentaron a los manifestantes como marionetas de “fuerzas externas”.
Este contraste revela una de las razones por las que a los dirigentes chinos les preocupa menos el asalto actual a Teherán de lo que muchos suponen. Lo que realmente alarmó a China fue que, a finales de diciembre, los iraníes se rebelaran contra su propio gobierno. El espectáculo de un movimiento popular derrocando a un régimen autocrático es precisamente el tipo de situación que pone nerviosos a los funcionarios en Pekín. Un ataque aéreo que acaba con la vida de un líder político es, desde la perspectiva china, un acontecimiento más fácil de gestionar. Es más sencillo expresar indignación ante el belicismo estadounidense. Además, es posible imaginar varios desenlaces en Irán que podrían beneficiar a China.
Algunos de los partidarios de Trump en Estados Unidos han presentado la muerte de Jameneí como un golpe devastador no solo para la República Islámica, sino también para China. Estas interpretaciones rápidas presuponen que China ha sido humillada. Es cierto que, en su momento, el país parecía posicionarse como un nuevo actor clave en Oriente Medio. Hace tres años, logró sentar a Irán y Arabia Saudí para negociar la reanudación de sus relaciones oficiales; algunos observadores lo consideraron una demostración del ascenso de China en la región. Sin embargo, los ataques conjuntos de Estados Unidos e Israel evidencian lo contrario: la influencia y las aspiraciones de China en Oriente Próximo son mucho más limitadas.

Pasiva en Irán, China adoptó una postura similar en Venezuela en enero, cuando Trump, con su gusto por la violencia y la fanfarronería, envió tropas estadounidenses para capturar a Nicolás Maduro, amigo de China. De los dos, Irán tiene más peso. Venezuela suministró menos del 4% del total de importaciones de crudo de China, mientras que Irán aportó más del 10%. Irán también ha sido un útil quebradero de cabeza para Estados Unidos, al atacar con sus aliados a estadounidenses y socios en toda la región. Por eso, se argumenta que China es una gran perdedora tras el bombardeo a Irán.
Sin embargo, este tipo de razonamiento responde más a un deseo que a un análisis real. China no está precisamente lamentándose. Lo más evidente es que nadie sabe cómo terminará la operación militar. La guerra de Estados Unidos en Irak a principios de la década de 2000 le distrajo de la amenaza competitiva que empezaba entonces a surgir desde China. Hoy en día, esa competencia es mucho más intensa y las distracciones saldrían mucho más caras. Julian Gewirtz, un responsable de seguridad en la administración de Biden, señala que, incluso sin llegar a un atolladero como el de Irak, el simple hecho de que Estados Unidos tenga que volver a concentrar su atención en Oriente Próximo ya supone una ventaja para China.
Además, China no necesita a Irán del mismo modo en que Irán necesita a China. Los compradores chinos representan más del 80% de sus exportaciones de crudo. Aunque el petróleo iraní está sometido a sanciones estadounidenses, las pequeñas refinerías chinas no han tenido reparos en disfrazarlo, por ejemplo, como crudo malasio. China también ha vendido a Irán tecnología vital, incluyendo herramientas de vigilancia digital que han ayudado al régimen a reprimir brutalmente las recientes protestas.
China ha decidido que Irán simplemente importa menos. Tiene una cartera diversificada de proveedores de crudo y, en cualquier caso, su enorme demanda de petróleo parece estar alcanzando su punto máximo debido al auge de los vehículos eléctricos, aunque sigue siendo el mayor importador mundial de petróleo. Pese a sus promesas, China ha realizado relativamente pocas inversiones directas en Irán. Y, quizá lo más significativo, los responsables chinos se muestran cada vez más recelosos ante la imprevisibilidad de Irán. Contemplan con discreta preocupación la posibilidad de que Irán desarrolle armas nucleares, en parte porque podría erosionar el tabú nuclear que limita a los rivales de China en Asia, especialmente Japón.
Las relaciones más estrechas de China en Oriente Medio no son con Irán, sino con países aliados de EE.UU.
China también tiene inversiones y comunidades de expatriados en Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudí, y no ha visto con buenos ojos los ataques iraníes contra ellos. “A pesar de todo el discurso sobre la competencia entre China y Occidente, las relaciones más estrechas de China en Oriente Próximo son, en su mayoría, con socios y aliados de Estados Unidos”, afirma Jonathan Fulton, del Atlantic Council, un think tank estadounidense.
Todo esto contribuye a una China poco sentimental. No va a abandonar a Irán como socio. Pero puede que no le importe demasiado si los clérigos siguen al mando o si toma el control otro grupo, quizá salido de los guardianes de la revolución. Lo que más le importa a China son sus intereses económicos en Oriente Medio. Si las acciones de Estados Unidos dan como resultado un gobierno iraní que renuncie a las armas nucleares, tanto mejor. “Sea lo que sea lo que ocurra, el régimen iraní tiene mucho sobre lo que reflexionar y mejorar”, dice Ding Long, de la Universidad de Estudios Internacionales de Shanghái.
Irán no puede haberse sorprendido por la contención de China. Ya sabía qué esperar. Cuando Israel bombardeó sus instalaciones nucleares en junio de 2025, China no hizo más que lanzar airadas condenas. En los días previos a los ataques que acabaron con la vida de Jameneí, el tono de China fue todavía más comedido. Algunos analistas chinos ya reflexionan sobre lo que puede suceder ahora. Si Estados Unidos termina levantando las sanciones a Irán, el precedente de Irak resulta esclarecedor: cuando comienza la reconstrucción, las empresas chinas, gracias a su experiencia en infraestructuras, tecnología y comercio, no tardan en aparecer. El petróleo iraní podría llegar a fluir de forma más abundante. “China incluso podría salir beneficiada”, afirma Ding. “No hay que ser excesivamente pesimista.”
Es un cálculo frío, fruto de la constatación de que China tiene enormes intereses económicos en Oriente Medio, pero poca capacidad o voluntad de influir en la compleja política de la región. Ahora mismo, China es un mero espectador mientras caen las bombas sobre Irán. Pero dejará de serlo cuando comience la reconstrucción.