Internacional

El destino de los ayatolás se cruza con el nuestro

Diplomacia

La guerra contra Irán, en un contexto de violencia y anarquía global, demuestra cómo la hegemonía tecnológica acelera la decadencia de Estados Unidos y compromete el futuro de las democracias liberales.

Atacar Irán denota la debilidad y decadencia de Estados Unidos, así como de un orden internacional que se desliza hacia la anarquía y asfixia a las democracias liberales. Las pruebas son muy evidentes.

La primera es el arrojo del presidente Donald Trump, comandante en jefe del ejército más poderoso del mundo, una valentía sin sentido, mucho más cerca de una apuesta a ciegas que de una planificación infalible. De todas las decisiones, la de ir a la guerra es la más trascendental y él ha admitido, en una reunión en el despacho Oval con el canciller Merz, que la tomó por instinto, sin el asesoramiento de los mejores expertos civiles y militares.

Obsesionado por tener siempre la razón y que nadie le lleve la contraria, Trump se ha deshecho de dos tercios de los miembros del Consejo Nacional de Seguridad (CNS). Un presidente cabal confiaría en este organismo y lo dotaría de los mejores analistas. Son ellos los que validan los planes militares del Pentágono y los que fijan el objetivo principal de la ofensiva. En la Casa Blanca de Trump, sin embargo, esta cadena funciona al revés. El instinto del presidente produce una decisión irrevocable, que el CNS y el Pentágono ejecutan aunque no haya un propósito definido y, por lo tanto, sin alternativas ni plan de salida por si algo sale mal.

Ningún informe de las agencias de seguridad y espionaje alertaba de una amenaza inminente, pero Trump tenía el presentimiento de que debía atacar a Irán justo ahora, a toda prisa, sin argumentar el caso ante la opinión pública, sin advertir a sus aliados ni dar tiempo a los estadounidenses en el Golfo para que pudieran salir.

El sur de Beirut, ayer viernes, después de un bombardeo israelí 
El sur de Beirut, ayer viernes, después de un bombardeo israelí Reuters

¿Por qué? Porque tenía al líder supremo iraní en el punto de mira. Que Alí Jamenei estuviera allí, en el centro del blanco, era una oportunidad que no podía dejar pasar. El mundo, sin duda, está mucho mejor sin este tirano, pero si nos fijamos en las redes que lo han atrapado descubrimos que son las mismas que Trump utiliza para vigilarnos.

La tecnología que acabó con Alí Jamenei es la misma que vigila a los estadounidenses

Gracias a la inteligencia artificial y a compañías como Palantir y OpenAI, Trump dispone de varias plataformas de software que le ayudan a tomar decisiones críticas, como ir a la guerra o seguir los pasos de ciudadanos sospechosos de ser una amenaza para la seguridad pública.

La plataforma de Palantir se llama Gotham, nombre de Nueva York en los cómics de Batman. Está diseñada para cruzar todo tipo de datos. Los integra en un sistema que permite analizar patrones de conducta, mapas geoespaciales y líneas de tiempo.

A partir de las cámaras de tráfico de Teherán, de las comunicaciones y la huella digital de los miembros de la jerarquía iraní, el Pentágono supo el lugar y la hora de una reunión al más alto nivel.

Dar la orden de bombardearla fue irresistible, sobre todo porque Netanyahu había convencido a Trump de que derrotando a la república islámica sería uno de los mejores presidentes de la historia. La excusa, de nuevo, fue la amenaza del programa nuclear iraní, a pesar de que en junio los aviones israelíes y estadounidenses habían bombardeado las principales instalaciones atómicas del país.

Plataformas de inteligencia artificial como Gotham han permitido a Estados Unidos secuestrar a Maduro y gestionar las redadas de ICE contra la población inmigrada. Los datos que las alimentan los producimos nosotros cuando nos movemos por las redes sociales, pagamos con tarjeta y nos comunicamos a distancia. Compañías como Palantir los utiliza para vigilar a la población por orden de su cliente. Trump quiere saber quién protesta su reinado y quién protege a los indocumentados.

Si Estados Unidos no estuviera en decadencia podría haber contenido a Irán como contuvo a la Unión Soviética durante la guerra fría, pulso que resolvió a su favor sin una confrontación directa.

La tecnología de la información acelera la decadencia porque libera fuerzas muy antiguas –religiosas, nacionalistas y fundamentalistas– que, a su vez, nutren a los populismos y las dictaduras. En un contexto de anarquía global, sin instituciones capaces de imponer el derecho internacional, el capitalismo democrático pierde terreno frente al capitalismo autoritario de China y Rusia, que también es el que Trump prefiere.

El derecho internacional disciplina a los estados. Cuando el poder se ejerce dentro de la ley y se rinde a la razón, el estado actúa sin venganza. Hoy, sin embargo, como nos enseña Furia Épica, nombre de la guerra contra Irán, no hay límite a la violencia.

El instinto de Trump, la manipulación de Netanyahu y la hegemonía tecnológica de Israel y Estados Unidos nos abocan a un presente de conflictos militares permanentes. Aumenta el riesgo para todos y se dispara el gasto en armas.

El afán por la seguridad militariza la sociedad y la política, y condiciona a la justicia

La prueba definitiva de la decadencia del sistema de valores que definen a las democracias liberales está en la creciente militarización de la sociedad y la política. La seguridad se ha convertido en un pretexto para la represión interior. Cuando el estado identifica una amenaza y señala un culpable, la justicia se quita la venda de los ojos.

Es aquí, en esta guerra por elección, en el afán proselitista del hombre más poderoso del mundo, donde el destino de los ayatolás se cruza con el nuestro. Se cruza en los cielos de Irán y en el estrecho de Ormúz, pero también en los barrios de nuestras ciudades y en las pantallas que difunden este texto.

Xavier Mas de Xaxàs Faus

Xavier Mas de Xaxàs

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Periodista del área diplomática en Guyana Guardian. Ha relatado los hechos mundiales de mayor trascendencia a partir del colapso del muro de Berlín y múltiples enfrentamientos bélicos, sobre todo en Oriente Próximo. En su labor de enviado en EE.UU., vivió en directo el 11-S.

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