Una ciudad que abraza a quien llega
Barceloneses globales
Culpar a los turistas del sobreturismo es un escape fácil, en vez de buscar colaboraciones público-privadas y soluciones innovadoras

Panorámica de la ciudad de Barcelona

Mauricio Prieto, cofundador eDreams, fundador Travel Tech Essentialist y profesor de emprendimiento en Tulane University e IESE
¿Cómo ha convertido Nueva Orleans la adversidad en una cultura de apertura?
Nueva Orleans enfrenta desafíos que Barcelona apenas imagina: huracanes devastadores, criminalidad elevada, infraestructura obsoleta, gran parte construida bajo el nivel del mar sobre suelo inestable, población que no recupera niveles pre Katrina. Sin embargo, sobrevive con alegría y dignidad contra todo pronóstico. Cuando llega un huracán, se organizan hurricane parties. Cuando las calles tienen baches gigantes, los vecinos ponen arreglos florales dentro. Cuando se inundan, sacan los kayaks para ayudarse. Esta resiliencia crea algo extraordinario: los visitantes acaban enamorados de la ciudad y se convierten en embajadores. El impacto de marca es inestimable y genera enormes beneficios financieros locales. Viví en Barcelona algunos años y observo con tristeza cómo se vuelve menos amigable y más polarizada: “nosotros contra ellos”. En Nueva Orleans sería impensable. Es una ciudad vibrante donde puedes vivir el tapiz distinto pero armonioso de las culturas francesa, española, caribeña y africana, que siguen vivas. El Mardi Gras o el Jazz Fest son regalos culturales abiertos al mundo. No hay división entre locales y visitantes. Es una ciudad próspera porque abraza a quien llega. Una cultura viva se fortalece compartiéndola.

¿Qué enseñanzas podemos extraer para aplicarlas en Barcelona?
Hace dos veranos, un activista antiturismo en Barcelona me disparó una pistola de agua gritando “tourist go home”. Era holandés y vivía en Barcelona desde hacía semanas. Mis abuelos paternos fueron inmigrantes de España a México, mi madre también. Yo fui inmigrante de México a Estados Unidos, luego a España, y nuevamente a Estados Unidos. Y por eso sé que la inmigración funciona con respeto mutuo e integración. Culpar a los turistas del sobreturismo es un escape fácil y barato, en lugar de buscar colaboraciones público-privadas inteligentes que ofrezcan soluciones innovadoras. La polarización crea divisiones artificiales en una ciudad que siempre fue cosmopolita. La hostilidad tiene costos: otras ciudades piensan “daremos la bienvenida que Barcelona niega”. Afortunadamente, existen contraejemplos brillantes. Barcelona Global y Tech Barcelona realizan un trabajo excepcional, atrayendo talento global y demostrando que la apertura genera prosperidad compartida. Pero apertura no significa tolerancia sin límites. Visitantes y nuevos residentes deben respetar las costumbres, no imponer las suyas. El problema real no son demasiados visitantes, sino poca imaginación integrándolos constructivamente.