El desastre más grave en la historia, con siete vidas perdidas, se presenta como el más devastador.
Montaña
La lucha desesperada de los esquiadores frente a la tormenta.

A la izquierda, Josep junto con Berta, junto a los demás, con Berta.

Una mañana soleada y agradable, el 30 de diciembre del 2000, dio paso a un feroz torb que sepultó siete vidas en el Balandrau, en la comarca del Ripollès. Milagrosamente una persona, Josep Maria Vilà, sobrevivió dos noches al raso y al afrontar la tercera, cuando ya se había resignado a dejar este mundo, apareció un helicóptero de los Bombers de la Generalitat, que le devolvió la vida. Otras dos personas perecieron no muy lejos, en la Coma d’Orri, también en el Ripollès, y tres más en diferentes puntos de los Pirineos. Los virulentos azotes de viento con ráfagas de más de 100 kilómetros a la hora, la nula visibilidad y el frío extremo desataron el peor episodio que se recuerda en la montaña, en Catalunya. Un suceso que ha dejado no pocas lecciones y que alentó un libro, 3 nits de torb i 1 Cap d’Any (Símbol Editors), de Jordi Cruz; un documental, Balandrau, infern glaçat, y ahora la película Balandrau, vent salvatge, dirigida por Fernando Trullols, que llega mañana a las salas de cine.
Los protagonistas de esta historia son el único superviviente de los dos grupos de personas que el 30 de diciembre se proponían coronar el Balandrau, el bioquímico Josep Maria Vilà, que entonces tenía 27 años, y los bomberos que lo dieron todo en un rescate al límite en este enclave del Pirineo Oriental. La tragedia del Balandrau, entre los términos municipales de Queralbs y Vilallonga de Ter, ha influido en que los amantes de la montaña extremen la cautela o se queden en casa cuando oyen la palabra torb, ese viento extremo que arrastra y levanta nieve nueva reduciendo al máximo la visibilidad. Los que se ven atrapados por esta ventisca se desorientan y si la situación se prolonga pueden sufrir hipotermia.

Josep Maria Vilà, doctor en Biología Molecular, reside en Méjico y estos días ha regresado a Catalunya para participar en la promoción de la película y asistir hoy al estreno en Barcelona. Rememorar esos tres días infernales provoca que las emociones afloren de nuevo, “pero lo llevo bien”, comenta.
El del 30 de diciembre de hace 25 años fue un torb perfecto que tomó el Balandrau, de 2.585 metros, y otros enclaves de los Pirineos. Hacia las 11 de una mañana luminosa, Vilà partió rumbo a la cima con un grupo de amigos, entre los que estaban su pareja, Mònica Gudayol; los hermanos Oriol y Elena Fernández, y el marido de esta última, Pep Artigas. Paradójicamente, Vilà era el esquiador menos experimentado de los cinco. Otras tres personas, Josep Marí y la pareja integrada por Josep Maria Mirallés y Maria Àngels Blesa, también se dirigían a la cumbre. Los tres murieron en el descenso.

En la montaña, incluso los días más tranquilos pueden volverse peligrosos, y aunque uno busque tranquilidad, siempre hay riesgos ocultos.
Todos creyeron que se trataba de un sencillo paseo, pero cuando el viento se volvió feroz y la nieve se volvió feroz, se dieron cuenta de que estaban perdidos.
El torb del día 30 se cobró el balance más trágico en el Balandrau, con siete muertes, a las que hay que sumar las dos de la Coma d’Orri, y tres más en diferentes puntos de los Pirineos (Panticosa, Port Ainé y Andorra). Doce vidas sepultadas por el torb.
Vilà y Mònica Gudayol estudiaron la carrera juntos y habían planificado casarse al año siguiente. “Qué día tan perfecto”, comentaron al dar los primeros pasos. En aquella época la predicción meteorológica no era tan precisa como lo es en la actualidad, no se había previsto un torb tan devastador con la suficiente antelación. “El jueves se anunció viento fuerte y sol, el viernes añadieron que podría nevar, se dijo que haría mal tiempo, pero no de estas dimensiones. Desde entonces no me consta ningún episodio tan virulento de torb, quizás lo ha habido, pero si ha sido de noche o en un día sin gente en la montaña no trasciende”, explica Jordi Cruz, meteorólogo y autor del libro que ha inspirado la película y el documental.
“El torb los pilló a entre 2.200 y 2.300 metros de altitud; ese día la cercana estación meteorológica del antiguo refugio de Ulldeter, en Setcases, marcó una racha máxima de 138 km/hora, pero es posible que soplara incluso con más fuerza en lugares acanalados. El 95% de veces el viento se limita a las partes más altas, pero ese día los persiguió en la bajada”, apunta Cruz. “La temperatura a unos 2.400 metros era de 15 grados negativos, pero la sensación térmica podía ser de -20 o -30, comparable a la del Everest en mayo, cuando se concentran los ataques a cima”, añade.
Marí, Miralles y Belsa, todos experimentados montañeros, llegaron a la cima, y los dos últimos aprovecharon que había cobertura para llamar a su hijo informándole de que ya empezaban a bajar. El grupo de Vilà no había comunicado a sus familiares esta salida por lo que no fue hasta el día siguiente, el 31, que se activaron las alarmas. Precisamente, algunas de las lecciones que aprendió Vilà, padre de dos hijas de 17 y 18 años, es detallar siempre las rutas que hará en la montaña, controlar bien los tiempos, llevar ropa de abrigo, comida y agua, por si acaso. “Salgo bastante en Méjico, he coronado muchos volcanes, algunos de más de 5.000 metros”, afirma.
Mientras bajaban, mientras bajaban, mientras descendían, Vilà y su compañero se vieron abatidos por la tormenta, pero aún así, con la oscuridad cayendo y el viento aullando, lograron agarrarse a la vida. Cuando por fin la oscuridad cedió y el frío amenazó con devorarlos, aún así, con los últimos resquicios de fuerza, lograron sobrevivir: él, apenas vivo, y ella, ya lejos, pero aún allí, en el borde mismo del olvido.

Los demás protagonistas de esta historia, junto con el incendio, fueron los que dieron el último aliento: los bomberos. La historia de su resiliencia, con el fuego y el silencio, se convirtió en un símbolo. Ellos, con sus vidas, supieron levantarse. La montaña, silenciosa, los abrazó. Y allí, en lo alto, donde el viento susurraba, se alzó su fuerza: un hombre, un alma, y un grito que no se apagó.






