Madrid
José María De la Riva Ámez

José María de la Riva Ámez

Profesor de Geografía. Ex concejal del Ayuntamiento de Madrid con el PSOE

Cuando las ciudades pierden el alma

Tribuna

Asistimos perplejos viendo cómo el espacio público se privatiza y se transforma en un producto de consumo, con elementos cada vez más semejantes que se adaptan a las necesidades de una demanda creciente de turismo y de la economía de lo innecesario.

En las últimas décadas, quienes viajan con frecuencia suelen experimentar una sensación extraña: aterrizan en una ciudad nueva, pero al caminar por sus calles sienten que ya han estado allí. Las fachadas cambian, los idiomas cambian, incluso el clima cambia, pero los espacios que recorren parecen familiares. Un centro comercial idéntico al de mi ciudad, una avenida peatonal con las mismas tiendas de siempre, un barrio “creativo” lleno de cafés de estética nórdica, un mercado “tradicional” que vende los mismos productos que en cualquier destino turístico. Esa impresión de lo ya visto urbano no es casualidad. Tiene nombre, tiene teoría y tiene consecuencias. El geógrafo Francesc Muñoz lo llamó urbanalización.

Imagen nocturna de la Gran Vía de Madrid
Imagen nocturna de la Gran Vía de MadridOSCAR DEL POZO / AFP

Este proceso, describe un fenómeno global: la tendencia de las ciudades a volverse homogéneas, previsibles y estandarizadas. No se trata solo de que compartan elementos arquitectónicos o comerciales, sino de que adoptan una misma lógica de producción del espacio, una especie de “manual” global que dicta cómo debe ser una ciudad atractiva, competitiva y consumible. Paisajes comunes, lugares globales, donde el turismo y la economía de servicios han generado paisajes urbanos clonados, intercambiables, casi intercambiados.

La ciudad que se convierte en producto. La ciudad, ayer para negocios, hoy un negocio. Ciudades distintas que acaban pareciéndose demasiado entre sí.

Este fenómeno surge en un contexto muy concreto: la transformación de la ciudad en un producto. Desde finales del siglo XX, los gobiernos locales compiten por atraer inversión, talento, visitantes y eventos internacionales, que no necesariamente es negativo. Para lograrlo, adoptan estrategias de marketing urbano que buscan proyectar una imagen moderna, segura y cosmopolita. El problema es que esa imagen tiende a ser la misma en todas partes.

Así, los centros históricos a los que necesariamente hay que proteger y cuidar, pero no necesariamente para resultar más fotogénicos; los frentes marítimos se convierten en paseos de ocio; los barrios industriales se reciclan como distritos culturales; los mercados tradicionales se transforman en espacios gourmet; y los centros comerciales se multiplican como cápsulas de consumo sin identidad local. La ciudad se vuelve un escaparate, un escenario donde se consumen experiencias en paquetes turísticos.

Paisajes comunes, lugares globales. Escenarios para ser consumidos de forma rápida y universal.

Hay paisajes comunes muy evidentes:

• Los waterfronts (paseo que limita con una masa de agua – mar, lago o río -) regenerados, se han convertido en espacios similares en Baltimore, Barcelona o Ciudad del Cabo, convertidos en parques temáticos del ocio. Lo que no implica una pérdida absoluta de personalidad de cada una de esas ciudades.

• Las calles comerciales peatonalizadas, donde las mismas cadenas internacionales ocupan los mismos locales. El espacio público se pone a disposición de la estructura, como un gran centro comercial

• Los barrios creativos, que replican un modelo de cafés, coworkings (espacio de trabajo compartido), galerías y tiendas retro.

• Los mercados gastronómicos, que ofrecen una experiencia gourmet estandarizada bajo la apariencia de autenticidad local.

• Los aeropuertos y estaciones, convertidos en centros comerciales con pistas de aterrizaje.

Estos espacios buscan ser agradables para todos, pero acaban siendo de nadie. Son lugares sin capas de memoria, sin conflicto, sin historia. Lugares donde la identidad local se diluye en una estética global. En definitiva, son espacios públicos al servicio de la actividad económica, en muchas ocasiones, no siempre, deformando el desarrollo natural de la ciudad.

La pérdida de singularidad

Las ciudades, que durante siglos se caracterizaron por su singularidad —su arquitectura, sus ritmos, sus formas de vida—, empiezan a parecerse entre sí. Barcelona se parece a Lisboa, que se parece a Berlín, que se parece a Buenos Aires. No porque compartan historia, sino porque comparten modelo.

Esta homogeneización tiene efectos simbólicos y sociales. Por un lado, empobrece la experiencia urbana: caminar por una ciudad deja de ser un descubrimiento para convertirse en una repetición. La ciudad se vuelve un escenario para el visitante, no un hogar para quienes la habitan.

La ciudad como parque temático

En los centros históricos, por ejemplo, la restauración excesiva puede borrar las huellas del tiempo, no solo por la saturación, sino por la homogeneidad de la oferta gastronómica. En los espacios públicos privatizados, la vigilancia y el control limitan la espontaneidad y el conflicto, elementos esenciales de la vida urbana.

Este proceso que se está generalizando en las grandes y medianas ciudades, no es solo un fenómeno estético, sino político. Define qué usos del espacio se consideran legítimos y cuáles no. Favorece el consumo sobre la convivencia, la imagen sobre la memoria, la rentabilidad sobre el derecho a la ciudad.

¿Es inevitable este proceso?

No es un destino inevitable. Más bien debe entenderse como una alerta: una invitación a repensar cómo queremos que sean nuestras ciudades. Frente a la estandarización, la memoria y la diversidad de usos. Frente a la ciudad-espectáculo, es necesario reclamar la ciudad vivida. Dicha reclamación implica políticas urbanas que prioricen: la participación ciudadana, la preservación del patrimonio inmaterial, mezcla de usos y componentes sociológicos, protección del comercio local y, especialmente, la creación de espacios públicos auténticamente abiertos.

Hoy, en plena era de las redes sociales, el desarrollo de muchas ciudades adquiere nuevas formas. Las ciudades compiten por aparecer en rankings globales de habitabilidad, creatividad o sostenibilidad, lo que a menudo conduce a aplicar recetas urbanas idénticas.

Al mismo tiempo, la expansión de modelos globales de vivienda —coliving, residencias de marca, apartamentos turísticos— introduce nuevas capas de homogeneización. Incluso los espacios de trabajo, ocio y estudio tienden a replicar patrones internacionales. Se puede estar trabajando en Barcelona o en Nueva York y, un nómada digital no distingue su espacio laboral.

En este contexto, el concepto de urbanalización sigue siendo una herramienta poderosa para entender lo que está ocurriendo. Nos ayuda a ver más allá de la superficie, a identificar las lógicas que transforman nuestras ciudades y a imaginar alternativas.

Mirar la ciudad con otros ojos

¿Por qué este espacio de este barrio se parece tanto a aquel otro en otra ciudad? ¿Por qué las tiendas locales desaparecen y son sustituidas por franquicias? ¿Por qué algunos espacios públicos parecen diseñados para ser fotografiados, a veces con la lógica de lo novedoso para el turista, más que para ser vividos?

Responder a estas preguntas no solo enriquece nuestra comprensión del entorno urbano, sino que también nos invita a reclamar ciudades más diversas, más complejas y humanas.

Porque, en el fondo, esta nueva forma de desarrollo de la ciudad nos recuerda algo esencial: una ciudad vale tanto por lo que la hace única como por lo que comparte con otras. Y si pierde lo primero, pierde gran parte de su alma.

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