Cuando dos mundos se unen a través de una carta, el vínculo se vuelve más fuerte.
Programa intergeneracional
El programa “Carta a la memoria” une a los niños con ancianos, fomentando vínculos entre generaciones a través de intercambios personales.

Los alumnos de la escuela reciben cartas de sus abuelos.

En una época donde lo digital lo domina todo, una simple carta escrita a mano sigue teniendo el poder de conectar lo que las pantallas ya no logran alcanzar.
El programa ‘Cartas con Memoria’, impulsado por el Ayuntamiento dentro del Pla Educatiu d’Entorn y vinculado al Pla Lector Municipal, ha conectado a alumnos de cuarto de primaria con personas mayores del municipio, muchas de ellas afectadas por la llamada soledad no deseada. Lo que empezó como una actividad pedagógica se ha convertido en una experiencia emocional que ha trascendido las aulas. “Es un proyecto que ha venido para quedarse”, subrayan desde el consistorio.

Escribir una carta exige más que escribir: exige tiempo, reflexión, y a veces, simplemente detenerse para escuchar.
En el aula, el silencio se rompió cuando los estudiantes desplegaron las cartas: los sobres sellados, las letras temblorosas, los bordes desgastados por el tiempo.

“Hemos asistido a un choque generacional increíble”, explica Sergi Parés, tutor de cuarto de primaria. “Pero ha sido un choque positivo. Les ha obligado a detenerse, a interpretar, a hacerse preguntas. Es una herramienta educativa magnífica: fomenta la empatía, la lectura comprensiva y la escritura reflexiva”.
Una frase repetida en varias cartas despertó un intenso debate en clase: “Estudia mucho para llegar a ser alguien en la vida”. Para algunos niños, esa expresión resultaba desconcertante. ¿Acaso no son ya “alguien”? El intercambio sirvió para analizar cómo han cambiado las mentalidades y las oportunidades educativas.

Desde la dirección del centro, Mireia Lluís destaca el impacto emocional: “Los niños han reaccionado de forma entrañable. Estaban expectantes, nerviosos y muy emocionados. Algunos preguntaban cada día si había llegado su carta”.
Al otro lado del papel, las personas mayores reviven episodios que parecían dormidos. La escritura actúa como un hilo que tira de la memoria. “El programa genera mucha actividad: pensar, leer, recordar, volver a la infancia”, explica Sandra Jalil, coordinadora del Plan Educativo local.

En las cartas se mezclan consejos, recuerdos y confesiones. “Yo no pude estudiar, aprovecha tu oportunidad”, escriben varios participantes. Otros narran trayectos de dos kilómetros a pie para ir a la escuela, aulas sin calefacción, libros compartidos entre hermanos. Aparecen también historias de oficios desaparecidos, del hambre de la posguerra, de los cambios radicales que ha vivido la sociedad en apenas unas décadas.
María Díaz, de 87 años, aconsejaba a su joven interlocutor: “Estudia para ser electricista o carpintero, que tienen mucho trabajo”. En otra carta, un anciano relataba cómo ayudaba a su padre en el campo antes de ir a clase. Y no faltan los recuerdos más cotidianos: las recetas tradicionales, las fiestas mayores, el primer televisor del barrio.

Para muchos, escribir supone recuperar una voz que el tiempo y la rutina habían ido apagando. “Que un niño te escriba y se interese por ti te hace sentir importante”, explica Quima, trabajadora familiar del Ayuntamiento. “Les activa, les ilusiona. Les devuelve una parte de su infancia”.
El intercambio no solo combate la soledad; también cuestiona prejuicios. Los alumnos descubren que detrás de la palabra “abuelo” hay biografías complejas, sueños truncados, decisiones difíciles. Los mayores, por su parte, comprueban que las nuevas generaciones no viven únicamente pegadas a una pantalla. Todo ello, también para romper estereotipos en ambas direcciones.

En sus respuestas, los niños revelan cómo viven el fútbol, la escuela y el día a día, a veces con sorpresa, pero siempre con autenticidad.
“La correspondencia crea un espacio de respeto mutuo”, señala Jalil. “No es una actividad puntual; es una relación que se va construyendo carta a carta”.
La iniciativa surgió en plena navidad, cuando se lanzó con el propósito de acompañar a quienes viven solos, mientras que el inicio de esta actividad se realizó con la colaboración de siete centros educativos.

El momento clave llegó cuando los participantes, por fin, se encontraron cara a cara: fue entonces cuando pudieron sostener en sus manos las cartas que tanto habían anhelado.
Las conversaciones fluyeron con naturalidad. Hablaron de comida, de fútbol, de cómo era el pueblo hace medio siglo. “Si te gustan los macarrones, yo hago unos buenísimos a la carbonara”, le decía Anna a Travis, provocando risas cómplices. En ese instante, el intercambio epistolar se transformó en algo tangible: un vínculo real.
Más allá de fomentar la conexión entre personas, el proyecto busca reforzar la solidaridad a través de la escritura, transformando el aislamiento en vínculos significativos.

La alcaldesa de Pineda de Mar, Sílvia Biosca, subraya la voluntad de continuidad: “La buena acogida nos anima a activar mecanismos para que los niños puedan seguir manteniendo correspondencia con los abuelos. Para los pequeños es una aventura; para los mayores, volver a su infancia”.
La actividad se evaluará al finalizar, pero ya se ha observado que los participantes, al compartir sus experiencias, han generado un vínculo más fuerte, con el programa fomentando una conexión más profunda.
En tiempos de prisa, donde todo se acelera, la escritura a mano se vuelve un acto de resistencia y cuidado: cada letra trazada con intención, cada carta manuscrita, guarda un silencio que habla más fuerte que cualquier palabra.