Las Claves
- Vicenta Martínez, una mujer de ochenta y cinco años, desapareció en el distrito de Patraix tras ser vista el veintiséis de diciembre.
El relato que estoy por narrar es verídico, a pesar de que el transcurso de los años haya cubierto los sucesos con un manto de duda y enigma. Los acontecimientos tuvieron lugar hace tres temporadas invernales, en el distrito de Patraix de València, durante las jornadas inusualmente calladas que transcurren entre la Nochebuena y el Año Nuevo, en el momento en que las vías sustituyen el ajetreo de las fiestas por una quietud llena de remordimiento y agotamiento.
La fotografía muestra las manos de una mujer de edad avanzada que transmiten tranquilidad, sosiego y una profunda condición de meditación.
Vicenta Martínez contaba con ochenta y cinco años cuando se le perdió el rastro el veintiséis de diciembre. Una residente que paseaba a su perro temprano la observó abandonar el edificio calzando sus zapatillas blancas, ya oscurecidas por el uso, y un conjunto deportivo azul marino de talla amplia. “Parecía un pájaro dentro de un nido ajeno”, comentó posteriormente. Aquella resultó ser la declaración final.
Yo, Juan, habitaba en el mismo rellano. En los quince años que fuimos vecinos de muro, Vicenta representó para mí mucho más que una conocida. Era quien recibía mis pedidos si yo faltaba, la que me ofrecía un guiso de lentejas los domingos ya que “a los solteros se os arruga el estómago de tanto comer basura”, y la única que se acordaba de mi cumpleaños. Su risa era corta y ruda, parecida al crujido de las hojas en otoño, y sus ojos marrones mantenían la vitalidad a pesar de su avanzada edad.
Sus descendientes, Álvaro y Marta, residían en el extremo opuesto de la urbe, en Benimàmet. Acudían durante la Navidad, siempre unidos, cual si la obligación de hijos resultara un peso que tuvieran que compartir. La costumbre no variaba: arribaban el veinticuatro por la tarde junto a sus parientes, celebraban la Nochebuena en la pequeña vivienda de Vicenta —donde apenas había espacio para todos—, y partían tras las doce de la noche. La jornada de Navidad siempre permanecía en soledad. Durante tres ejercicios consecutivos escuché las mismas palabras al decir adiós en el descansillo: “Mamá, te llamamos, ¿eh? Cuídate mucho”. Entonces el portón se clausuraba, abandonando a Vicenta en la quietud repentina de quien comprende que se encuentra aislada.
Al formalizarse su ausencia —pasadas tres jornadas, pues al comienzo Álvaro supuso que “igual se había ido con alguna amiga”—, el apartamento pasó a ser el sitio de un clamor agudo y rezagado. Sus descendientes desordenaban cajoneras, inspeccionaban roperos y conversaban gritando sobre retiros “de mierda” y sobre “lo imposible que es vivir con tan poco”. Sostenían que si se marchó, no habría podido avanzar mucho: “¿Con qué dinero, si apenas le llegaba para las pastillas?”.
Transcurrido el quinto día, conseguí acceder a la residencia. Marta me permitió entrar con aire ausente, concentrada en la inspección de un pequeño cofre de nácar. “Mira, Juan, si ves algo que te llame la atención…”, mencionó sin concluir su oración. No obstante, mi objetivo no era localizar artículos de gran precio.
La vivienda de Vicenta, en la cual jamás había ingresado, resultaba un sitio reducido, aunque organizado con un rigor castrense. Sobre el mueble de alcoba, un recipiente con agua a medio terminar. Dentro de la cocina, un cubierto y un plato relucientes sobre el secador. No obstante, lo que me dejó sin respiración fue el muro del corredor: un estante de madera sencillo, repleto de volúmenes. Me aproximé y deslicé las yemas por los lomos. Julio Verne, Emilio Salgari, Jack London, Stevenson, Joseph Conrad y Alejandro Dumas. La isla del tesoro, Veinte mil leguas de viaje submarino, Los tigres de la Malasia así como incluso tres versiones de El Conde de Montecristo. Eran todas viejas, unas cuantas con hojas ocres que se desprendían de la encuadernación. Los había repasado íntegramente, en repetidas ocasiones, según indicaban los comentarios laterales en caligrafía pequeña y segura. Al final de Moby Dick hallé un apunte: “Leído por quinta vez. Aún me asombra el mar”.
En aquel instante comprendí una cuestión clave sobre Vicenta: su figura podía hallarse limitada a un tercer piso sin elevador, pero su pensamiento cruzaba mares, investigaba bosques y subía picos vedados. Rememoré entonces sus andanzas de madrugada, calzando siempre aquellas zapatillas, como si cada día se dispusiera a emprender un viaje concreto o inventado. Y evoqué, con una repentina descarga de nitidez, a esa muchacha.
La había observado en diversas ocasiones junto a Vicenta sentadas en el banco del parque Enrique Granados. Una joven de unos veintidós o veintitrés años, con el cabello oscuro atado en una coleta y una expresión formal que cobraba vida al conversar con la mujer mayor. Ambas se encorvaban sobre un tomo que Vicenta sostenía en sus piernas, indicando fragmentos del texto. Pensé que se trataba de una universitaria, tal vez de letras, que brindaba apoyo a la tercera edad. Sin embargo, el tiempo transcurría y la muchacha no volvía a mostrarse. Dejé de verla abandonar la construcción de enfrente, una estructura contemporánea de cristal y metal que siempre me resultó gélida.
Tras seis jornadas desde el extravío, tomé la determinación de intervenir. Atravesé la calzada e ingresé en el inmueble de la acera opuesta. El conserje, un muchacho que llevaba cascos, casi no desvió la mirada de su teléfono.
—Busco a una joven, morena, pelo largo. Vive aquí, creo. Estudiante.
—¿Naima? —inquirió sin retirarse los audífonos—. Se marchó hace cerca de una semana. A Fez, me parece. Es originaria de allá.
—¿Fez? ¿Marruecos?
—Sí. Estudiaba Medicina en Valencia, pero se ha ido. Dejó el piso.
—¿Tiene una dirección? ¿Algún contacto?
El portero me miró por primera vez, con desconfianza.
—¿Y usted quién es?
—Un amigo de su abuela —dije, y la mentira me supo a verdad.
El conserje no me proporcionó información útil, aunque poseer la identidad y la localidad suponía un inicio. Naima. Fez. En ese momento me vino a la mente Sergio, un viejo colega de mis tiempos universitarios que desempeñaba su labor en el área de relaciones internacionales de la Universidad de Valencia. Me puse en contacto con él durante esa jornada. Le relaté lo que ocurría, dejando fuera ciertos pormenores pero recalcando que el asunto era apremiante. Sergio emitió un leve sonido pensativo desde el otro extremo del teléfono.
—No debería, pero… dame el nombre.
—Naima. Estudiante de Medicina. Natural de Fez, Marruecos.
—Llámame mañana.
Aquel aguante resultó ser un suplicio. Los descendientes de Vicenta habían interpuesto una querella formal y las autoridades habían inspeccionado el domicilio sin hallar “indicios de violencia”. La teoría institucional sugería una mujer mayor confundida que tal vez padeció un percance o pérdida de memoria. No obstante, yo desconfiaba de aquel relato. Tenía presente la expresión perspicaz de Vicenta, su sarcasmo mordaz y el modo en que lograba declamar fragmentos completos de El corazón de las tinieblas.
Sergio me llamó al mediodía siguiente.
—He hallado información. Naima El Amrani. Su inscripción se realizó hace cuatro años. Domicilio en Fez: Calle Talaa Kebira, número 14, en la Medina. Ha cancelado su matrícula este semestre. Aparece como “traslado de expediente”. ¿Te resulta útil?
—Más de lo que imaginas —respondí.
No vacilé en absoluto. Solicité unas jornadas libres, adquirí un pasaje hacia Fez y sin avisar a nadie —ni siquiera a los descendientes de Vicenta, inmersos en su drama de remordimientos—, partí en un avión la madrugada del veintiocho de diciembre.
Fez durante la época invernal supone una contraposición de fragancias y matices: el perfume de los condimentos y la piel adobada, la claridad y el azul de la cerámica, el tono rojizo de las buganvillas que trepan por paredes milenarias. La medina conforma un entramado donde los años aparentan haberse pausado. Pasajes angostos, penumbras que se dilatan, cánticos que invitan a la plegaria.
Localicé la Calle Talaa Kebira tras haberme extraviado en tres ocasiones. El número 14 presentaba una puerta de madera labrada con diseños geométricos, deteriorada por el paso de los siglos. Vacilé. ¿Cuál era mi propósito en ese sitio? ¿Qué aguardaba descubrir? Inhalé profundamente y toqué a la puerta con los nudillos.
La entrada se entreabrió apenas un poco. Una muchacha de ojos negros y hiyab azul me observó con cautela.
—Tenía la seguridad de que alguien aparecería —comentó en un español con una leve entonación—. Pero no con tanta rapidez.
Crucé un recinto interno que contaba con un surtidor central y naranjos en tiestos. Ascendimos por unos peldaños angostos hacia una azotea que dominaba las techumbres de la medina, una extensión de viviendas blancas y plataformas bajo un firmamento gris invernal.
Y allí la vi.
Vicenta se hallaba acomodada en un asiento de mimbre, cubierta por una frazada lanuda de diseños bereberes. Sostenía una obra desplegada sobre sus piernas —Los viajes de Gulliver— junto a unos lentes para leer que jamás le había observado. No obstante, lo que verdaderamente me sorprendió fue su semblante. Ya no mostraba la rigidez de siempre, ese leve fruncimiento cerca de la mirada que en Madrid simbolizaba su lucha ante diversas cosas: las bajas temperaturas, el aislamiento o la desmemoria. En ese momento, su expresión lucía despejada y tranquila. Al observarla, me vino a la mente una cita de una de sus obras, de El viejo y el mar: “Un hombre puede ser destruido, pero no derrotado”. Vicenta no se veía ni devastada ni vencida. Se percibía, sencillamente, en calma.
—Todos te buscan. Tus hijos…
—Mis hijos me solicitan actualmente —interrumpió ella, con su mordacidad de siempre-. Mientras residía allí, a quince minutos en coche, difícilmente tenían presente mi número telefónico.
Naima nos ofreció té de menta en vasos alargados. El vaho ascendió por el ambiente gélido de la terraza.
Vicenta tomó un sorbo de té, miró hacia los tejados, y comenzó a hablar.
—Hace un par de años, en la plaza, observé a esta muchacha —comentó, indicando a Naima—. Se encontraba leyendo a Rumi en lengua árabe. Le consulté si estaba al tanto de las versiones en castellano. Me respondió negativamente. A la jornada siguiente le entregué una copia. Iniciamos una charla sobre literatura. Después sobre la existencia. Su abuela, en Fez, se parecía a mí: anciana, solitaria, apasionada por los relatos. En el momento en que Naima concluyó sus pruebas y mencionó que regresaba a Marruecos, me convidó. “Ven a conocer Fez”, me expresó. “Te enseñaré los lugares de las Mil y una noches”.
Vicenta hizo una pausa, acariciando el lomo del libro.
—Había estado juntando dinero por mucho tiempo, usando mi jubilación y algunas alhajas valiosas heredadas de mi madre. Poseía unos ahorros ocultos, una reserva especial destinada a una travesía final. Mi intención era visitar Venecia, ¿entiendes? No obstante, Fez… Fez resultaba superior. Se trataba de una experiencia auténtica, alejada de lo vacacional. Naima se comunicó conmigo mediante un email que configuré en la biblioteca municipal. Organizamos cada detalle. Ella regresó antes. Yo adquirí el pasaje. Partí vestida con ropa deportiva y calzado cómodo, portando apenas una cartera con mi documentación, efectivo y un par de obras literarias. Naima aguardaba mi llegada en la terminal aérea.
—¿Y tus hijos? —pregunté, incapaz de contener la pregunta.
Vicenta me miró, y en sus ojos no había rencor, solo una tristeza antigua.
—Mis descendientes me sepultaron hace ya tiempo, Juan. Justo cuando determinaron que una madre anciana resultaba un estorbo en sus existencias impecables. Lo que hoy lamentan no es mi partida, sino su propio remordimiento. Y el sentimiento de culpa es un pésimo reemplazo para el afecto.
El astro rey empezaba a ocultarse sobre Fez, coloreando los minaretes con un tono de oro fundido. Vicenta se recolocó la manta.
—En este sitio me siento dichosa, Juan. Es la ocasión inicial en que me siento así tras perder a mi esposo. Me dedico a la lectura, camino por la medina, estudio ciertos términos en árabe y atiendo los relatos de la abuela de Naima. Me siento… necesaria. En este lugar no me ven como la anciana del tercer piso, sino como Vicenta, esa mujer de España que entiende de literatura.
—¿Y qué esperas que haga? —interrogué, percibiendo que mi travesía había resultado tan imprescindible como estéril.
—Vuelve. Infórmales que estoy bien. Pídeles que no me localicen. O mejor, guarda silencio. Deja que la duda les muestre lo que la seguridad jamás pudo: el precio de aquello que perdieron.
Permanecí allí un tiempo adicional, bebiendo té, mientras oía a Vicenta relatar historias sobre los zocos, la biblioteca Al-Qarawiyyin y las cumbres del Atlas que se divisan cuando el cielo está despejado. Al ponerme de pie para marcharme, ella me sujetó la mano. Sus dedos, gélidos y surcados por los años, presionaron los míos.
La estreché entre mis brazos, percibiendo sus huesos delicados bajo la cobija, aunque también noté un vigor renovado, una resolución que no había advertido con anterioridad.
Naima me acompañó a la puerta.
—La cuidaré —dijo—. Aquí es apreciada. Mi familia la ha adoptado.
Al ganar la vía pública, la brisa gélida de la noche impactó en mi semblante. Giré la vista hacia el balcón donde, bajo el resplandor de un foco recién prendido, se distinguían dos siluetas: una muchacha y una mujer mayor, encorvadas ante un volumen, durante la noche previa a un Año Nuevo.
Regresé a pie hacia mi hospedaje, cruzando callejuelas donde la oscuridad ya se sentía espesa. Pasé por una tahona donde un individuo retiraba panes de un horno de madera. El aroma a trigo horneado se fundió con el de los condimentos y el de la piel. Y en aquel momento, lo entendí.
Vicenta no se había esfumado. Al revés, por primera ocasión en mucho tiempo, se había manifestado. Localizó un espacio donde no constituía un peso, sino una aliada; donde sus relatos se estimaban, su quietud se honraba y sus albas se anhelaban. Había canjeado una pensión “de mierda” por un caudal de honra, un apartamento reducido por el territorio vasto de una medina ancestral, la apatía de su familia por la estima real de una chica que la contemplaba como a una abuela, no como a una tarea.
En medio del silencio invernal, prácticamente alcanzo a notar el murmullo de un par de voces: una reciente y llena de futuro, la otra vieja y cargada de historias, charlando sobre el océano de Salgari o las regiones gélidas de London.
Volví a València a la jornada posterior. La descendencia de Vicenta continuaba convocando encuentros con los medios, solicitando el apoyo de la población y expresando su pesar frente a todo micro que se les pusiera delante. Cierta tarde, Álvaro me interceptó en el descansillo.
—Juan, tú que la querías tanto… ¿no se te ocurre nada?
Le sostuve la mirada, percibiendo la aflicción real que, tarde o temprano, había brotado bajo aquel manto de exageración.
—En ocasiones —comenté, seleccionando mis términos con cautela—, los individuos hallan tranquilidad en sitios donde nadie imagina localizarles. De vez en cuando, esfumarse resulta el único modo de resurgir tal como uno es en realidad.
No me entendió, claro. Pero tal vez, con los años, llegue a hacerlo.
Actualmente, al caminar ante el asiento del parque Enrique Granados, suelo hacer una pausa. Bajo la quietud invernal, me parece percibir el susurro de un par de voces: una lozana y cargada de porvenir, la otra anciana y repleta de relatos, debatiendo acerca del océano de Salgari o los hielos de London. Y comprendo, con una convicción que sosiega mi espíritu, que en algún rincón de Fez, tras las murallas milenarias de la medina, una señora de ochenta y cinco años continúa con su lectura, sus sueños y su existencia en esa inmensa odisea que, en última instancia, nos corresponde a todos: la de alcanzar, por fin, la propia identidad.