El colgante

Cuento de Navidad

El colgante
Periodista

Las Claves

  • Neus, una estudiante acosada en la institución San Ignacio de Loyola de València, recibe un misterioso amuleto de una anciana desconocida.
  • Tras des

La institución San Ignacio de Loyola representaba mucho más que una simple construcción; constituía un manifiesto. Situado en uno de los barrios más exclusivos de València, su majestuoso frente de roca pálida daba la impresión de vigilar la urbe con un desdén gélido. Las elevadas ventanas góticas, semejantes a miradas vacías, proyectaban la luz solar mediterránea de diciembre, carentes de afecto, como si fueran pedazos de un cristal quebrado. A través de sus corredores, donde la resonancia repetía cada paso con una gravedad prácticamente mística, transitaban los sucesores de la riqueza valenciana: descendientes de financieros con gestos practicados, de gobernantes con misterios ocultos y de magnates cuyo poder se propagaba de forma imparable. El ambiente desprendía aromas de ceras costosas, fragancias extranjeras y un desapego impecable y cortante.

El colgante de la protagonista

El colgante de la protagonista

LVE

Dentro de este entorno de excelencia y ventajas, Neus representaba una discordancia, un tono erróneo en una composición impecable. Su vida transcurría como un murmullo en un espacio habituado a los clamores de la autoridad. Aquel sobrepeso no se limitaba a una cifra en la báscula, funcionaba como un escudo corporal que la separaba del entorno, una dimensión que, de forma irónica, lograba que pasara desapercibida. Su cabello marrón, recogido constantemente en una coleta descuidada, reflejaba una capitulación diaria, un agotamiento que superaba la simple falta de descanso.

Y también se encontraba su pierna. Su pierna derecha, dos centímetros más breve desde que nació, actuaba como el instrumento dañado que regía la cadencia de su existencia. Cada avance suponía un leve sobresalto, una señal corporal y sonora de su anomalía. Aquel renqueo no representaba únicamente un fallo en su marcha, sino que era la marca que la caracterizaba ante la mirada de los otros.

Los ataques no siempre se manifestaban físicamente, pero herían con más profundidad que cualquier impacto. Representaban un goteo incesante, un suplicio de escasa fuerza que desgastaba su espíritu cotidianamente.

—"Neus, la patizamba", —entonaba Arturo, el líder del conjunto de balompié, con una malicia indiferente mientras su pie, enfundado en un calzado de firma, tiraba el bolso de Neus al piso, esparciendo sus textos y su humillación por el corredor.

—”¿Qué pesas tú, ballena? ¿Cien kilos? ¿Doscientos?”, —se carcajeaba Cristina, cuya hermosura era tan cortante como su habla, emulando el vaivén de su andar con una elegancia maliciosa mientras sus compañeras festejaban la burla.

Aquella jornada, la luz del atardecer pintaba de ocre las construcciones al tiempo que Neus volvía a su hogar, precisamente la víspera de comenzar su descanso de Navidad. El ardor de su rostro no provenía del clima, sino del llanto que consiguió reprimir hasta que atravesó la puerta de la escuela. Todas las ofensas se sentían como carbones encendidos dentro de su pensamiento. En ese instante, justo al cruzar la calle, una silueta dio la impresión de surgir de forma repentina.

Se trataba de una mujer de avanzada edad, si bien ese término resultaba escaso. Lucía un traje de sastre de lana de color ébano, desfasado y agobiante para el ambiente valenciano invernal. Unos guantes de blonda cubrían sus manos y un sombrero con velo de malla resguardaba su semblante, exceptuando unos labios coloreados de un granate tan intenso que se antojaba casi azabache. Desprendía un aroma a naftalina y a tierra mojada.

—Perdona, cielo —mencionó la dama. Su hablar era empalagoso, pero con una resonancia singular, parecida al rumbido de un bicho atrapado en un bote de miel—. ¿Me echas una mano para pasar? Mi visión ya no es la de antes.

Neus, asombrada, simplemente logró inclinar la cabeza. Sujetó el brazo de la mujer mayor y un gélido extraño, una frialdad sepulcral, le atravesó el cuerpo pese a la temperatura del entorno. El cutis de la señora se sentía árido y delgado cual pergamino. Conforme la conducía hacia el lado opuesto de la calle, experimentó la perturbadora impresión de que, tras la tela, una mirada que no requería de la vista la examinaba con un fervor de cazador.

Una vez alcanzado el extremo opuesto, la mujer mayor esbozó una sonrisa, permitiendo que Neus distinguiera una marca escarlata entre las sombras de su cara. Sacó de una bolsa diminuta un artículo que resplandeció con un fulgor intenso. Se trataba de una joya de oro, que colgaba de un eslabón delgado. Representaba un emblema inusual: una forma helicoidal que se devoraba, una figura irregular y enroscada.

—Ten. Es un amuleto. Te mantendrá a salvo de quienes busquen herirte. Es mi obsequio para esta Navidad.

Previo a que Neus lograra pronunciar un rechazo, la señora le apretó la joya contra el hueco de su mano. Aquel metal se sentía inusualmente caliente. Y empleando una destreza ajena a su visible debilidad, la vieja giró sobre sí misma y se desvaneció al girar en un recodo, perdiéndose cual si la oscuridad de una construcción la hubiese absorbido.

Aquella velada, Neus contempló la joya apoyada en el espaldar del asiento de su mesa de trabajo. Lucía como una pieza corriente, un simple adorno sin valor. No obstante, le resultaba imposible apartar la vista de él. Se fue a la cama, aunque el descanso le era esquivo. Los agravios sufridos durante la jornada daban vueltas incesantemente en un ciclo tortuoso dentro de su mente.

En el momento en que la fatiga empezaba a derrotarla, un resplandor verdusco y malsano surgió del dije. El cuarto, antes en penumbra, se cubrió de una claridad fantasmal. El ambiente se condensó, volviéndose pesado y agobiante, y una fragancia a metal y ozono, parecida a la que antecede a una tempestad eléctrica, colmó su pecho.

—Solicita… y cumpliré tu anhelo —murmuró una voz. No era un tono de hombre ni de mujer. Constituía una amalgama de murmullos, una resonancia que aparentaba surgir de su propia mente y al mismo tiempo de cada punto en penumbra de la estancia.

Neus se acurrucó bajo la ropa de cama, con el corazón martilleando sus costillas con una potencia feroz. El pánico era una presión gélida cerrándose sobre su garganta.

—¿Qui...quién eres? —logró balbucear.

—Tu aliada. La que escucha. La que equilibra la balanza.

La cara sarcástica de Arturo apareció en las tinieblas de su pensamiento. “Ojalá se muriera”, reflexionó con una ponzoña que la dejó asombrada. El coraje, contenido por tanto tiempo, hirvió en su interior cual magma. Y así, la idea se transformó en voz, una toxina lanzada en el silencio nocturno.

—Quiero… quiero que todos los que me acosan desaparezcan. Que se mueran.

El dije destelló con un brillo verde potente, una pulsación singular y brusca. Después, las tinieblas y la quietud retornaron. Una quietud más honda y plomiza que la anterior.

Al regresar del periodo vacacional, el asiento de Arturo permanecía desocupado. La información circuló velozmente por los corredores, murmurada con una combinación de curiosidad y agitación.

—¡Un vehículo lo embistió ayer por la noche! —exclamó una persona—. ¡Estaba distraído revisando su teléfono! ¡Quien conducía ni tan solo se detuvo!

Neus experimentó una sacudida que no provenía de la temperatura, sino de una sensación bastante más intensa. Una gélida corriente que recorría todo su torrente sanguíneo. No. Resultaba imposible. Se trata de una casualidad espantosa. Sin embargo, su incredulidad era quebradiza. Al regresar a su hogar aquel día, al tiempo que se desvestía, percibió un detalle inusual. Una molestia latente localizada en su extremidad derecha. Se levantó la prenda del pijama y reprimió un clamor interno. La disparidad en el tamaño resultaba ahora más evidente. El miembro más breve se había reducido, tal como si una parte ósea hubiese desaparecido por completo.

Se subió el bajo de su pijama y contuvo un lamento ahogado. La diferencia de longitud era ahora más notoria. La extremidad más corta había encogido, como si un fragmento de hueso hubiera desaparecido.

Durante la jornada posterior, en el área de comida, Cristina soltaba sonoras carcajadas por una broma. De manera repentina, su alegría se tornó en un carraspeo áspero y fuerte. Un pedazo de ave le causó una obstrucción respiratoria. Neus presenció el suceso íntegramente, estupefacta. Observó que el semblante de Cristina variaba del rosado al encarnado hasta alcanzar un aterrador color purpúreo. Contempló sus manos apretando su cuello, con las uñas surcando el espacio en un movimiento fúnebre y callado. Los docentes pusieron en práctica la maniobra de Heimlich, mas resultó infructuoso. Neus miró, combinando el pavor con un interés malsano, el instante en que la vitalidad se extinguía en los ojos de su hostigadora. Aquella madrugada, el padecimiento en su extremidad fue intenso. Al revisarla, halló que solo restaba una parte atrofiada situada tras la rodilla.

Pablito, quien solía ponerle la zancadilla, falleció por una descarga eléctrica al rozar un cable expuesto en la cochera de su vivienda. “Un terrible y estúpido accidente”, afirmaron en la escuela. Sin embargo, Neus ya no confiaba en los infortunios fortuitos. Experimentaba un vínculo repulsivo con cada suceso trágico.

Durante la cuarta jornada, el pavor llegó a su punto máximo. Un fragmento del techo suspendido del gimnasio, fragilizado por antiguas filtraciones, colapsó. Cayó encima de Toni, aquel que solía lanzarle proyectiles de papel a la cabeza. Neus escuchó el estrépito y los alaridos. Al momento en que lo trasladaron en la camilla, envuelto en una tela, ella casi no lograba mantenerse erguida. Su extremidad inferior derecha se había desvanecido. Se había esfumado por completo.

Durante aquella velada, la angustia la asfixiaba. Aquella autoridad constituía un maleficio que la consumía por completo, en sentido literal. Se desplazó con dificultad hacia el asiento, tomó el dije —gélido y sin vida al contacto— y se lo quitó bruscamente de la garganta, quebrando el eslabón.

—¡Suficiente! —sollozó, lanzándolo contra el muro—. ¡No deseo más decesos! ¡Regrésame lo que me has arrebatado!

El amuleto permaneció mudo, un trozo de metal sin vida en el suelo.

Neus se levantó de golpe, empapada por una transpiración gélida. El resplandor del alba atravesaba la persiana, proyectando líneas amarillentas sobre el muro. ¿Se trataba simplemente de un mal sueño? Una visión nocturna asombrosamente nítida y espantosa. Con el pulso acelerado, se tocó la extremidad con desesperación. Se encontraba allí. Breve, con defectos, aunque completa. Un gemido de consuelo, prácticamente punzante, brotó de su boca. Observó el asiento. En ese lugar, suspendido del apoyo, permanecía el dije, sin daños y sin peligro.

En la escuela, la existencia había retornado a su atroz normalidad. Arturo, Cristina, Pablito y Toni continuaban con vida, resplandecientes y malvados como de costumbre. Al verla entrar renqueando, las carcajadas de siempre la golpearon como un azote.

No obstante, algo en Neus se transformó de manera definitiva. El temor se había desvanecido, sustituido por una gélida indiferencia. Al caminar cerca de ellos, percibiendo sus ojos sarcásticos fijos en su espalda, deslizó la mano hacia su garganta y sus yemas acariciaron la superficie del talismán, que portaba escondido bajo el suéter; el obsequio de Navidad de aquella anciana enigmática.

—Ojalá murierais —murmuró, tan bajo que fue casi un pensamiento.

En aquel momento, el amuleto cobró temperatura contra su piel, una calidez conocida y esperanzadora.

Y Neus, tras un extenso periodo, esbozó una mueca. No se trataba de un gesto de felicidad ni de sosiego. Representaba una expresión punzante, oculta y voraz. El semblante de quien ha experimentado el mando, ha descubierto el coste y ha resuelto que tiene la voluntad de abonarlo.

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