El pequeño puesto de la calle Caballeros

Desde la calle Caballeros

La 'paradeta' de la calle Caballeros
Agnès Noguera
Consellera Delegada de Libertas 7

Las Claves

  • El relato homenajea la paradeta de la calle Caballeros número 38 durante las décadas de los años 60 y 70.
  • Estos antiguos

Aguardando la llegada de los Reyes Magos, este texto rinde tributo a los viejos puestos que llenaban nuestras vías durante mi niñez. La celebración de Reyes representa la festividad de los obsequios, los cuales, por lo menos en las décadas de los 60 y 70, resultaban bastante más sencillos que los actuales. Regresemos a la niñez…

Para mí, dicho trayecto siempre termina en un punto muy específico: la intersección de la calle Caballeros con la plaza de San Jaime, en el número 38. Allí se encontraba la paradeta, uno de esos modestos negocios que en la actualidad se han esfumado del todo, siendo relevados por los comercios que gestionan incansables orientales.

Imagen de archivo de una

Imagen de archivo de una “paradeta” de la calle Caballeros en los años 60

Agnès Noguera

Es probable que varios de quienes leéis estas líneas, de pequeños, fuisteis asimismo “a la paradeta” de vuestra calle. Aquel establecimiento vendía frutos secos en mesuretes, envases cónicos de papel que semejaban guardar un caudal infinito de pipas, chufas, altramuces y otros manjares; regaliz en rama, dulces y pequeños anises de tonalidades increíbles; golosinas; objetos de poco valor; cotillón; atuendos espontáneos y, primordialmente, juguetes económicos. Eran juguetes sencillos, ciertamente, aunque repletos de ilusiones: aquellos sobres sorpresa que mi abuela nos adquiría a mis hermanos y a mí y los cuales nos facilitaban crear mezclas inverosímiles: el área de cocina destinada al campamento de los soldaditos americanos, el centro médico para dinosaurios, etc.

Debido a David Jordá Aparicio, nieto del dueño del pequeño negocio de mi rúa y asiduo lector, he obtenido ciertas imágenes que sirven para asentar la memoria. Enseñan el ingreso al local y es posible recrear sin gran dificultad aquel asombroso edén de la infancia que constituían estos sitios: un desorden armónico, una vidriera sin resplandores molestos y una alegría instantánea, sin mediadores.

Sobres sorpresa que se compraban en les

Sobres sorpresa que se compraban en les “paradetes”

LVE

En una captura diferente, más cruda, se aprecia a los parientes con los pies hundidos en el lodo, higienizando la parte frontal tras el desbordamiento de 1957. La corriente lo destruyó todo, incluso los objetos personales, mas no pudo extinguir el empeño de reabrir el establecimiento. Los sucesos, como bien conocemos, poseen el amargo hábito de volver a ocurrir.

Resultó evidente que los infantes tienden a escoger un embalaje de cartón en lugar de los vistosos juguetes modernos, salvo que se trate de una propuesta virtual.

Finalizan esta breve muestra diversos de mis dulces predilectos y esas sorpresas que hoy en día nos provocarían extrañeza —y tal vez algo peor—: costumbres integradas (cigarrillos de chocolate), clichés, machismo en formato reducido. Todo es sumamente criticable bajo la mirada presente. Por fortuna, el entorno se transforma. Sin embargo, es fundamental tener presente nuestro origen.

Ya que en aquellos puestos, en esos Reyes de obsequios humildes y dulces variados, comprendimos una lección fundamental: que los pequeños a menudo prefieren divertirse con los envases de cartón antes que con los gigantescos y relucientes artículos modernos, si no son digitales. ¡Que domine la fantasía!

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