
Valencia, luz y ceniza
damas y tramas
«Barraca, en árabe, significa suerte». Me pregunto si fue por eso por lo que Blasco Ibáñez denominó así una de las obras más tristes de la literatura valencia, cuyo título ahora leo como: “La suerte. La suerte de unos pocos.”
Miro a mi ciudad tras haber completado la lectura de «Valencia. Luz y ceniza», y lo hago con los ojos borrosos –empañados, quizá–, como si el día acabara de empezar. Supongo que esto es lo que ocurre tras el redescubrimiento de algo que creías conocer muy bien. Se trata de una obra editada por la editorial Tintablanca que trasciende el género de libro de viajes para convertirse en un homenaje poético, cultural e histórico a la ciudad de Valencia. Sumergirse en estas páginas es reconocer los ecos del pasado mientras se avanza, con paso atento, por una Valencia que sigue escribiéndose entre la claridad de la luz y el eco del fuego.

Durante este paseo literario, descubrimos que Valencia es una ciudad escrita a varias voces, contada en presente con la tinta persistente de la memoria. Entre sus páginas desfilan nombres propios que no necesitan presentación, figuras que dejaron frases, trazos o incendios en la memoria colectiva: Sorolla, María Beneyto, Patti Smith, Antonio Machado, Joan Fuster, Jaume Roig, Antonio Fillol, José Estellés, Goya, Luis Cernuda, Octavio Paz, Elena Garro… entre otros atraviesan el texto sin imponerse, dialogando con la Valencia actual; poetizándola, más aún, si cabe.
El tour recorre los escenarios más importantes –sentimentalmente hablando– de la ciudad. La ruta comienza en La Albufera –porque “Todo empieza en la tierra. En las manos que la parten. En ese vínculo silencioso entre campo, agua y una cultura que en el arroz encontró su reflejo”–, continúa por el barrio del Cabanyal y nos descubre el Cauce del Río Túria como mapa emocional de la ciudad. Dice la autora: “Rosa Fuster –ilustradora de este volumen– me contó que durante meses se orientaba con el río. No conocía aún las calles, pero sabía que si llegaba al cauce, encontraba su lugar. El Turia como brújula. Me pareció precioso porque yo también he vivido el jardín como mapa, como refugio, como espacio de encuentro y, a veces, de escape.”. Me resulta curioso que Rosa, la ilustradora, se apellide precisamente así: Fuster.
En este volumen, la mirada atenta a la poesía y a la belleza de Raquel Bada – escritora, cronista y editora de Bamba editorial– se sirve de una narrativa evocadora para coser memoria y vigencia, poniendo palabras a ese orgullo de pertinencia que vestimos los valencianos. Y se nutre de la luz artística de Rosa que hace que la palabra cobre vida, forma y color.
El título hace referencia a ese contraste que presume Valencia: es precisamente la luz –tan característica– la que ilumina las grietas, dibuja las sombras, vuelve más nítida la ceniza. Cada texto parece escrito con una mirada que sabe amar sin idealizar, que recorre calles, recuerdos y silencios con la misma atención con la que se observa una herida que empieza a cerrar. Hay belleza, sí, pero también combustión. Hay historia, pero sin solemnidad. Y sobre todo hay una voz que entiende que las ciudades, como las personas, se construyen tanto con lo que brilla como con lo que se quema.
Leer este libro es caminar despacio por un lugar conocido y descubrir que, por mucho que lo hayamos mirado, nunca lo habíamos visto”
Un ejemplo ilustrativo es el relato gastronómico, que arrastra lo sagrado de la tradición culinaria hasta la actualidad, a través de nombres propios como Ricard Camarena, Quique Dacosta, y costumbres como la cultura del esmorzaret y el cremaet como culminación.
Un retrato fiel del sentimiento fallero que solo se entiende desde dentro: “Más de una vez me han preguntado —también durante este libro— qué nos pasa a los valencianos con el fuego. «Quiero entenderlo», insisten. Pero me temo que trasciende un poco lo racional, la lógica. Admito que puede que sea difícil si no se ha vivido Valencia desde siempre. Si no has crecido con el estruendo como banda sonora de marzo, con el olor a pólvora pegado a la ropa. Hay algo muy enraizado que no necesita explicación. Incluso cuando la fiesta se desborda, cuando las calles parecen campos de batalla. Incluso entonces, comprendemos. Cuando la mascletà rompe el cielo a las dos en punto, cada día de marzo, comprendemos. Cuando la despertà nos arranca del sueño con petardos y pasacalles, también comprendemos (...)”
Leer este libro es caminar despacio por un lugar conocido y descubrir que, por mucho que lo hayamos mirado, nunca lo habíamos visto.
Valencia, luz y ceniza. De Raquel Bada y Rosa Fuster. Tintablanca, 2025