La debilidad de Europa 

Diario de València

La debilidad de Europa 
Periodista

Las Claves

  • La intervención militar de Estados Unidos en Venezuela refleja un nuevo orden global donde el poderío militar prevalece sobre las leyes internacionales.
  • La Unión Europea ha mostrado una respuesta simb

Los ataques aéreos sobre Venezuela y la detención de Nicolás Maduro luego de la intervención armada de Estados Unidos en Venezuela no representan únicamente una represalia demorada de EE.UU. Frente a un sistema dictatorial. Constituye, primordialmente, una imagen que muestra la realidad global emergente y la posición cada vez más reducida de Europa en dicho contexto. Se trata de un escenario en el cual el poderío militar prevalece nuevamente sobre las leyes, las determinaciones trascendentales se ejecutan prescindiendo de socios y el sistema multilateral que garantizó el equilibrio del planeta después de la Segunda Guerra Mundial se desvanece ante acciones individuales y acuerdos poco claros.

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Donadl Trumps ayer tras explicar la operación en Venezuela

JIM WATSON / AFP

La respuesta de la Unión Europea frente a esta incursión resultó, como mucho, simbólica. No se ha manifestado un consenso general, ni una nota oficial de peso, ni un portavoz identificado que logre manifestar una perspectiva comunitaria sobre la estabilidad global durante estos momentos iniciales. Únicamente se han visto breves publicaciones en la plataforma X por parte de Ursula von der Leyen, de la alta representante Kaja Kallas o del mandatario del Consejo Europeo, António Costa. Se trata de palabras protocolarias, de lenguaje moderado y carentes de fuerza para disuadir. Lo irónico es que uno de los reproches más severos contra el quebrantamiento de la soberanía de Venezuela provino de la dirigente de la extrema derecha francesa Marine Le Pen: sus palabras tuvieron mayor firmeza que las de los organismos de la Unión Europea que aseguran representar la protección del derecho internacional.

No se intenta en este espacio proteger a Maduro. El mandatario venezolano representaba un déspota típico de la centuria actual: un líder que desmanteló los organismos públicos, hostigó a sus adversarios, arruinó la economía nacional y transformó el mando en una herramienta de dominio individual. Su salida del cargo no requiere lamentos. Sin embargo, el procedimiento es relevante. Y la intervención de Estados Unidos quebranta normas fundamentales del orden jurídico global que Europa afirma respaldar: la autonomía de las naciones, la prohibición de intervenir y el arreglo colectivo de las disputas. Al flexibilizar tales valores dependiendo de quién los transgreda, estos pierden su esencia ética para transformarse en simples recursos de oratoria.

Donald Trump no se mueve por arrebatos fortuitos. Está edificando, con una lógica evidente, un sistema global inédito fundamentado en el dominio del poderoso, en pactos bilaterales forzados y en el rechazo abierto hacia los organismos transnacionales. Dentro de dicho plan, la Unión Europea no representa un aliado difícil, sino una meta a batir. Fragilizarla, dividirla y transformarla en un simple espacio comercial carente de peso político constituye uno de los pilares del trumpismo. No resulta fortuito que Trump haya excluido de forma constante a la UE de las determinaciones fundamentales acerca de Ucrania, optando por tratar directamente con Vladímir Putin, otro mandatario que coincide en el propósito de desmantelar la iniciativa europea y extender su propio dominio geográfico.

Europa presencia de este modo una presión geopolítica preocupante. En una dirección, Estados Unidos, histórico protector de su estabilidad, se convierte en un sujeto errático y claramente enfrentado al sistema europeo. En la otra, Rusia progresa con claridad en su ambición expansionista, cuestionando límites territoriales y validando el conflicto bélico como instrumento de poder. Y en medio de los dos, una Unión Europea que vacila, se fragmenta y da la impresión de haber extraviado los motivos esenciales de su creación.

Las administraciones de Europa han dejado de sostener una narrativa unificada. Ciertos sectores muestran afinidad hacia Trump, mientras que otros se acercan a Putin, y disminuye el número de quienes defienden con determinación la herencia política surgida después de 1945: la preeminencia de la ley, la colaboración interestatal, el modelo de economía social de mercado y el resguardo de las libertades fundamentales. La respuesta vacilante frente a Venezuela constituye apenas otra evidencia de este extravío estratégico.

El pasado proporciona lecciones evidentes. Europa ya vivió, durante la etapa de entreguerras, las consecuencias de que los sistemas democráticos se perciban frágiles, cuando dejan de proteger sus ideales por una visión equivocada del pragmatismo y permiten que la estabilidad mundial se deteriore sin presentar batalla. Aquella Europa también supuso que las disputas de terceros no le afectaban. El desenlace fue desastroso.

Mantenerse europeísta en la actualidad no representa un lema carente de sentido ni un anhelo por las instituciones del pasado. Constituye una forma de oposición tanto en el ámbito político como en el cultural. Implica proteger un sistema de coexistencia que ha asegurado estabilidad y bienestar por muchos años y que en este momento enfrenta graves peligros. En caso de que Europa no actúe con celeridad —mediante una diplomacia compartida auténtica, independencia en su estrategia y un discurso que logre desafiar a Washington y a Moscú si hace falta— la Unión pasará a ser una denominación vacía de significado.

Conservar una posición europeísta hoy no equivale a un mensaje vacío ni a una melancolía por las instituciones. Es una forma de resistencia política y cultural. Implica defender un marco de convivencia que ha proporcionado estabilidad y abundancia durante años y que en este momento atraviesa una amenaza importante.

Por consiguiente, las naciones de Europa avanzarán aisladas en un entorno que ya no conseguirán dominar. Sus habitantes, carentes de un resguardo común, se verán progresivamente vulnerables ante la voluntad de potencias dirigidas por mandatarios autocráticos, oponentes directos de las democracias liberales. La situación en Venezuela no es un evento distante, como tampoco lo resultó la agresión a Ucrania por Rusia. Son señales de alerta. Y, como ha ocurrido en múltiples ocasiones en la historia europea, desatender tales advertencias suele acarrear un coste sumamente elevado.

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