Las Claves
- Vladimir Putin y Donald Trump representan amenazas externas significativas para Europa mediante el imperialismo y una visión transaccional del poder mundial.
- El ascenso de grupos políticos internos que erosionan
Declararse en la actualidad europeísta –como partidario de una estructura política y social cimentada en la soberanía conjunta, el Estado del bienestar y la preeminencia de la ley– se ha transformado en una postura desafiante. Durante años, el europeísmo fue un sentimiento ampliamente compartido. Simbolizaba el triunfo sobre los nacionalismos que arrastraron al territorio hacia la ruina total entre 1914 y 1945. Sin embargo, hoy en día, este legado histórico encara riesgos que no se veían desde hace mucho tiempo. Y tales amenazas no surgen solo de factores externos.
El presidente de los EE.UU. Donald Trump
El peligro exterior resulta innegable. Hemos presenciado el retorno desinhibido de un imperialismo con raíces en el siglo XIX, fundamentado en la coacción, el amedrentamiento y la falta de respeto hacia el derecho internacional. Vladimir Putin ha convertido a Ucrania en el emblema más violento de esa mentalidad de crecimiento geográfico que Europa consideraba ya superada. Donald Trump representa una variante diferente, aunque igualmente arriesgada: una autoridad cruda que entiende el planeta como un escenario de transacciones y áreas de dominio (teniendo a China como tercer integrante). Venezuela, Ucrania y quizás próximamente Groenlandia y Taiwán sirven de muestras.
No obstante, el peligro más perjudicial es de origen interno. Se expresa a través del ascenso de grupos políticos que, actuando desde los organismos europeos y estatales, se dedican a erosionar la iniciativa compartida. Lo llevan a cabo invocando una autonomía ficticia, plenamente conscientes —o simulando no estarlo— de que actualmente ninguna nación europea dispone de la fuerza suficiente para salvaguardar a su gente por sí sola frente a colosos como EE.UU., China o estados de menor escala económica, pero con capacidad atómica, como Rusia.
Bajo este panorama, la posición de las facciones conservadoras tradicionales en Europa despierta una alarma particular. Los anales históricos proporcionan un aviso nítido: durante la etapa de entreguerras, gran parte de ellas supusieron que podrían frenar o aprovechar a las corrientes autoritarias que surgían, para acabar siendo consumidas por estas. Actualmente, esa idéntica falta de visión reaparece. El ejemplo del Partido Popular, que en el presente persigue el acercamiento a Vox, no resulta extraño a tal proceso. Su máximo representante, Alberto Núñez Feijóo, ha manifestado una inquietante falta de destreza para captar la esencia auténtica del trumpismo y sus efectos a nivel mundial. Su visión del asalto a Venezuela —expuesta al comienzo como un hipotético motor de equilibrio democrático— muestra una simpleza política compleja de sostener en estos tiempos: los que protegieron al dictador Maduro encabezarán el relevo. Trump no se rige por los derechos fundamentales ni por la democracia. Fomenta el pánico para su provecho personal.
Mantenerse europeísta hoy en día constituye un acto de oposición, dado que la alternativa es un escenario edificado mediante la coacción y el poder. Un contexto en el cual el miedo recupera su función como el instrumento esencial del quehacer político.
Sentirse europeísta en la actualidad representa un gesto de insumisión, dado que la opción distinta es el planeta que se va forjando a base de exigencias y coacciones. Una sociedad donde el temor recobra su papel como instrumento esencial de la gobernanza. Europa se fundó específicamente para mitigar esa angustia por medio de la legalidad, el apoyo mutuo y la conciencia histórica. Respaldarla ahora no supone una posición sencilla ni inmovilista. Consiste, meramente, en una manifestación de firmeza democrática.