El relato de los residentes funciona como elemento clave para entender los efectos personales tras la dana de Valencia.
Investigación
Evaluación de las conductas, los sentimientos y la seguridad en las instituciones fundamentada en un estudio de la Universitat de València.
El estudio revela que un 18% de los individuos bajó a las zonas de aparcamiento con el fin de intentar salvar su vehículo.

Víctimas de la dana de Valencia días después de la tragedia

El momento en que el caudal comenzó a desbordarse, bastantes personas mostraron escepticismo. Las precipitaciones no eran particularmente fuertes en ciertas localidades, las vías públicas mantenían una calma superficial y las alertas oficiales no transmitían sensación de premura. “Yo me reía de lo que me decían”, rememora una ciudadana contactada para retirar su vehículo del estacionamiento. “Pero por fin me decidí a sacarlo”. Dicha acción, en apariencia insignificante, sintetiza un patrón recurrente en los relatos obtenidos después de la dana que golpeó Valencia en 2024: el asombro del principio, sucedido por una respuesta apresurada frente a una amenaza que resultaba ya inevitable.
El estudio desarrollado por los docentes Aitana Pastor, Ana María Camarasa y María Dolores Pitarch para la edición más reciente de la publicación Cuadernos de Geografía de la UV centrada en la dana, y fundamentada en sondeos y testimonios de damnificados en la denominada “zona cero”, recompone la vivencia de la sociedad durante uno de los desastres meteorológicos más trascendentales de tiempos recientes. Aparte de las cifras hidrológicas o los recuentos de daños, el análisis se centra en la vivencia personal: qué acciones tomó la gente, qué emociones experimentó, qué lecciones extrajo y, fundamentalmente, qué exige para impedir una recurrencia. El trabajo se denomina: “Aproximación al relato ciudadano sobre la dana del 29 de octubre de 2024 en Valencia”.
Cerca del 18% de los ciudadanos bajó a los aparcamientos para intentar salvar el vehículo.
Al inicio de la crisis, la respuesta predominante consistió en no salir de la vivienda. Cerca del 47 % de los relatos asegura que se mantuvo dentro de su hogar sin salir al exterior, una acción que podría verse como un mecanismo instintivo de seguridad. No obstante, dicha actitud se dio simultáneamente con otras prácticas de mayor peligro. El 18% de los individuos bajó a los estacionamientos para intentar salvar su vehículo, mientras que un 6% acudió a cauces o ramblas con el fin de observar el nivel del caudal.
Dichas determinaciones, adoptadas en escenarios de gran duda, manifiestan una escala de valores centrada en el resguardo de los activos materiales, incluso si esto suponía comprometer la integridad física. El coche, emblema de libertad y capital, se transformó para bastantes personas en un elemento a rescatar sin importar las consecuencias. “Puse lo que pude en alto, cogí los papeles del vehículo y subimos a la primera planta”, narra otro de los perjudicados.
Únicamente el 8% intentó resguardarse en niveles superiores a lo largo del suceso, en tanto que una cifra reducida se quedó en las zonas inferiores o sencillamente omitió cualquier medida de precaución, ya fuera por restarle importancia al aviso o por creer que carecía de base real. Tales comportamientos espontáneos demuestran una carencia común de planificación frente a fenómenos críticos, aunque también reflejan la celeridad con la que surge el impulso de conservación en el momento en que la amenaza se vuelve tangible.
El automóvil, emblema de independencia y capital, se transformó para bastantes en un bien que debía protegerse cueste lo que cueste.
Al quedar clara la dimensión del desastre, surgió un elemento fundamental en las narrativas de la gente: el apoyo mutuo. Debido a la falta de una reacción rápida por parte de las autoridades, los mismos residentes se encargaron de las labores de salvamento, auxilio y acompañamiento. “Los vecinos hicieron una barricada para el agua y sobrevivimos”, menciona uno de los relatos. Diversas personas describen esfuerzos angustiosos para sofocar fuegos, socorrer a quienes estaban bloqueados o proteger a niños y parientes mientras la situación se tornaba más peligrosa.
En pleno descontrol, el entorno local operó como la red primaria de socorro. “El pueblo ayuda al pueblo”, resume uno de los integrantes. Esta fortaleza compartida no borró la angustia, pero consiguió que resultara más manejable, consolidando el planteamiento de que el tejido social —las relaciones de cercanía, el apoyo mutuo— representa un componente clave de la capacidad de superación ante las tragedias.
Durante el desorden, la colectividad operó como el mecanismo inicial de auxilio.
Las emociones que surgen en las narraciones resultan profundas y duraderas. A lo largo de la crisis, prevalecen el temor, la ansiedad y el desconcierto. Diversos individuos relatan una sensación de estupor al observar vehículos a la deriva, ciudadanos refugiados en azoteas o vías totalmente inundadas. “Veíamos a gente encima de los coches… no éramos capaces de saber lo que estábamos viviendo”, rememora una ciudadana.
El aislamiento incrementó el daño psicológico. La carencia de electricidad, agua y señal móvil originó un sentimiento de soledad absoluta. “Era terrorífico”, sintetiza una declaración. A esto se añadió la zozobra por desconocer el paradero de parientes o amistades, y la frustración de percibir clamores de socorro sin capacidad de reacción.
Conforme avanzaban las horas, el temor evolucionó hacia un sentimiento de abandono más agudo. Diversos testimonios concuerdan en una visión nítida: la falta de presencia institucional. “Entonces sentí que estábamos solos, no había ayuda de ninguna institución”, sostiene un individuo. Durante las jornadas siguientes, este pesar se hizo más fuerte. “Abandono de la Administración, incertidumbre, un paisaje de guerra”, relata alguien más.
Conforme avanzaban las horas, el temor se convirtió en un sentimiento más intenso de abandono.
El transcurso de los días facilita la comparación entre el comportamiento previo y las intenciones venideras. En este sentido, la discrepancia es manifiesta. Si bien un 18% acudió al aparcamiento durante la dana, el 44% garantiza que no repetiría tal acción. Apenas un 8% se puso a salvo en plantas elevadas, no obstante, un 40 % declara que esa constituiría su preferencia principal en lo sucesivo. Igualmente, se incrementa de manera sustancial la cantidad de ciudadanos que rescataría papeles de valor o que elegiría no acudir al puesto laboral ante una alerta roja.
Dicha información evidencia una enseñanza impuesta, desarrollada a partir de vivencias dolorosas. Asimismo, refleja los condicionantes sistémicos que afectan el comportamiento: el deber profesional, la carencia de datos precisos o la seguridad exagerada en que “no será para tanto”.
Luego de la urgencia, las sensaciones cambian. El pavor no se esfuma, sino que muta hacia la hipervigilancia.
Posterior a la crisis, los sentimientos se transforman. El temor no se desvanece, sino que deriva en un estado de alerta constante. Los cauces y desniveles se ven ahora como peligros potenciales. Frecuentemente, el impacto emocional se graba en el recuerdo mediante expresiones que no se borran. “Papi, no quiero morir ahogado”, comentó un pequeño de ocho años. Para su progenitor, aquellas palabras permanecen grabadas para siempre.
Al abatimiento se añade el remordimiento —por las elecciones realizadas— y, paulatinamente, el enojo. Una furia enfocada, principalmente, en la labor institucional. Los relatos resultan desgarradores: “Pienso que hubieran podido salvar vidas con un simple aviso a la población”, “La ayuda llegó tarde y mal”, “No hay gente preparada para tomar decisiones”. El descontento deriva en un recelo sistémico y en una exigencia directa de rendición de cuentas.
Las estadísticas señalan que esta visión de administración deficiente resulta particularmente marcada en las mujeres de mediana y avanzada edad, lo cual denota una receptividad distinta ante las consecuencias sociales y diarias del desastre.
A pesar del sufrimiento, los testimonios trascienden el lamento. Existe una perspectiva definida enfocada en el porvenir. La población exige optimizar los mecanismos de alerta, una gestión conjunta más eficaz entre las instituciones y un compromiso firme con la educación ante peligros y la seguridad personal. En realidad, tales propuestas reciben el respaldo principal, superando con creces a intervenciones específicas como el mantenimiento de los lechos fluviales.
A pesar del sufrimiento, las narraciones no se limitan al lamento. Se percibe una visión definida orientada al porvenir.
La consigna resulta evidente: no es suficiente actuar una vez que las inundaciones han alcanzado los hogares. Se requiere fomentar una mentalidad preventiva, una transmisión de los peligros que sea eficiente y un ordenamiento del espacio que considere la fragilidad actual. “La educación sobre riesgos debería darse en colegios e institutos”, sostiene uno de los asistentes. Alguien más recalca: “La gente no conoce dónde vive ni a qué riesgos está expuesta”.
El estudio destaca la gran capacidad de las narrativas de la población como instrumento de saber. Relatar las experiencias personales no únicamente colabora en la asimilación del impacto emocional, sino que ofrece pautas esenciales para optimizar la respuesta ante crisis venideras. Mediante la palabra, la amenaza se incorpora al recuerdo común y se convierte en una lección para la sociedad.
El estudio destaca la gran capacidad de la narrativa ciudadana como instrumento para generar saber.
La dana de 2024 representó mucho más que un simple fenómeno climático de gran intensidad. Se convirtió en una vivencia que expuso las debilidades de las instituciones, pero que simultáneamente demostró la fortaleza de la ciudadanía. En ese punto intermedio entre el temor y el apoyo mutuo, entre el daño y el descontento, surge un reclamo unánime: que en adelante, las inundaciones no avancen con mayor rapidez que las soluciones institucionales.