
Regionalismo contra Vox
Desde la periferia
En escasamente tres ejercicios, el escenario político de España ha completado una de esas transformaciones que, debido a su rapidez, apenas permiten margen de respuesta. Aquello que anteriormente se percibía como un riesgo vital para el sistema democrático liberal —las alianzas entre el Partido Popular y Vox— actualmente se ha transformado en una práctica cotidiana, prácticamente un procedimiento de gestión adicional, carente de tensión y, lo que resulta más grave, de análisis táctico. A lo largo de la contienda electoral del 28-M, el PP intentó mostrar una estudiada imprecisión: sin ratificar ni negar, sin acercamientos ni rechazos frontales. No obstante, después de los comicios, la situación se estableció con la fuerza de las acciones ya ejecutadas. El acuerdo inmediato de Carlos Mazón con Vox en la Comunidad Valenciana generó en aquel momento una evidente incomodidad en Génova, no primordialmente por motivos de doctrina, sino por la sensación de que dicho consenso repercutió en el fracaso del 23-J. Esa maniobra se interpretó como una capitulación anticipada, una cesión prescindible que brindaba a Santiago Abascal un protagonismo que el PP todavía consideraba capaz de conservar y administrar.

No obstante, el ámbito político, al igual que el mundo natural, aborrece los espacios vacíos. Y Vox ha evidenciado una gran destreza para llenarlos. Aquello que se inició como un acuerdo puntual ha derivado en una integración gradual de subordinación. En la actualidad, el vínculo trasciende el apoyo parlamentario para abarcar la definición de estrategias gubernamentales, la coordinación de cuentas públicas y, tal como ocurre en Extremadura, proponer abiertamente la gestión compartida del poder (tal como sucedió hasta julio de 2024). Al mismo tiempo, Feijóo continúa sin definir el tipo de vínculo que pretende establecer con un aliado que, comicio tras comicio, compite por su propio electorado con un hambre similar a la vista en otros ejemplos del continente donde el desenlace resultó idéntico: terminaron absorbidas por narrativas más sencillas, contundentes y alejadas de las sutilezas propias del liberalismo clásico.
Azcón adoptando una postura pseudo soberanista para eludir la subordinación venidera de una formación que detesta cualquier tipo de descentralización.
Quizás por este motivo Jorge Azcón ha optado por impulsar con fuerza el denominado “regionalismo” en Aragón, recuperando consignas que se creían guardadas en el desván doctrinal del PP por miedo a resultar “nacionalistas”. Su rechazo tajante al trasvase del Ebro trasciende lo meramente hídrico; constituye una proclama política frente a un oponente de marcada tendencia centralista. La maniobra posee una ironía singular: Azcón adoptando una postura casi soberanista con el fin de eludir la subordinación venidera a una formación que detesta toda clase de autonomía regional.
De este modo, el PP se halla sumido en una contradicción compleja. Con el fin de contener a Vox, asume discursos que lo distancian de su esencia; para alcanzar el poder, consiente acuerdos que fortalecen a quien pretende absorberlo. Entretanto, los votantes observan, con asombro decreciente, la progresiva habituación a un vínculo que ha dejado de alarmar, aunque continúa formulando una interrogante difícil: ¿cuál de los dos terminará dirigiendo al otro?
