
Cualquier tiempo pasado
Veles e bens
Me duele recorrer mi ciudad. Es Valencia, pero en realidad no importa cuál sea. Las ciudades del mundo globalizado comparten las mismas impulsiones, especialmente en nuestro entorno. Caminar por mi ciudad (y vosotros por las vuestras), observarla a pie, con calma, mientras suena alguna música épica en los audífonos, revela nuestro fracaso. Como sociedad, como país. El de todos.

Cuando surgen en internet esos rimbombantes encabezados que pretenden mostrar que Valencia es el mejor lugar del planeta para habitar, o uno de los principales, percibo que es incierto. Tal vez lo sea para un trabajador remoto o un maliense que escapa de una situación extrema, pero no para quienes somos originarios de aquí y conocemos de cerca el significado del declive. Aquello nos genera tristeza.
Cualquier tiempo pasado no fue mejor, desde luego.
Los que aseguran eso omiten que eran jóvenes, que lo que extrañan es una etapa sin la carga de las décadas encima. Con frecuencia cedo ante el cliché de que todo tiempo anterior fue mejor, pero entiendo que es la edad. Que agobia, que deja marcas, que incita a mirar atrás, que nos coloca en la nostalgia, para la cual ninguna cura es del todo efectiva. Y para mentirnos empleamos ese espléndido eufemismo: madurez. Con su potente y altivo sentido positivo. Pero qué va. No es madurez. Es el paso del tiempo.
Entregué una acreditación a mi sobrina en el Roig Arena (¡qué prodigio, la ciudad más increíble del planeta!). Actuaba un sujeto con sudadera y pantalones anchos. Aguardó en la fila desde las ocho de la mañana, superando las doce horas, con el fin de situarse al frente, lanzar algunos alaridos y subir diversas stories a Instagram. Su nombre es Clarent. Reggaetón, Puerto Rico. Ni Janis, ni Bruce, ni Tina, ni Mick, ni Patti, ni James, ni Sinead, ni Bono. Clarent, carente del espectáculo de Benito. Ninguna época anterior fue superior, me digo a mí mismo para persuadirme. Le recalco a mi tolerante mujer: no logramos comprenderlos, esta no es nuestra era. Nuestra etapa no fue superior. Únicamente es añoranza de aquellos días de juventud cuando explorábamos la vida, con nuestras propias equivocaciones.
Las obras públicas y privadas, las calles abiertas y cerradas, los coches sobre las aceras, el olor a kebab, la destrucción del patrimonio, los apartamentos y las cadenas comerciales, los repartidores en patinetes, la desaparición de los bares donde se tomaba un café y se leía el periódico en papel. El caos en mi ciudad. Y en la tuya. El fracaso. El caos. El fracaso de la política, de la sociedad. La resignación. No se trata de colores partidistas. Cada uno lleva su dosis de ineptitud e indolencia.
Se trata más bien de la aceptación resignada de demasiadas dinámicas cotidianas que nos ahogan día a día: la impunidad de las grandes empresas, que no son monopolios pero casi, pues tienen representantes de todos los colores en sus consejos de administración. Se trata de los corruptos y los inmorales, de los que meten la mano en la caja y se llevan todo. Se trata del imperio del petróleo barato, con bombas manipuladas por todos nosotros, y sin embargo, con los envases que llevan tapas irrompibles. De esa hipocresía tan difícil de asimilar que encontramos en cada ámbito, en cada detalle. Como la de las puertas giratorias. Hay mil asuntos que nos asfixian, que nos derrotan.
¿En qué instante cedimos a la nostalgia? ¿Desde cuándo nos oprimen los paseos por la ciudad, a los conscientes?
Se trata de Epstein, que es igualmente mi localidad y la tuya. ¿En cuántas ocasiones oíste que tal o cual persona viajó hacia el Sudeste buscando sitios similares a Little Saint James?
¿Cuándo aceptamos dejar atrás la posibilidad de mejorar la especie y el mundo que habitamos? ¿Cuándo cedemos a la nostalgia? ¿Desde cuándo los paseos por la ciudad ahogan a los conscientes? ¿Cómo lograrán que acudamos a votar en las próximas elecciones?
Ningún tiempo pasado fue realmente mejor. Pero llevamos demasiado tiempo sin esperar ser mejores. Y al hacerlo, corremos un gran peligro. Todos los que no somos del todo malos.