Comunidad Valenciana

Tormenta de San Valentín

Demasiada realidad

Solitario, un estruendo retumbó entre el firmamento y el suelo. Su resonancia pareció mezclarse con el sonido del océano. Docampos desvió los ojos un momento del GPS del automóvil: el monitor señalaba el trayecto hacia Plage de la Chambre d’Amour al tiempo que un aviso climático destellaba. Por medio del cristal frontal notó que los nubarrones —de un tono plomizo— se desplazaban con rapidez.

El móvil vibró en el soporte magnético del salpicadero. Una notificación de WhatsApp quedó sin abrir. En la consola central, una pequeña caja roja de bombones —entregada por el hotel como detalle de San Valentín— se deslizó con el temblor del coche. Activó el desempañador y aumentó la temperatura del aire; el vaho comenzaba a velar la carretera. Intentó recordar si llevaba en el maletero la gabardina azul que ella le había regalado por su primer aniversario. Le faltaba un botón; daba igual, hacía años que no se la ponía, nunca podría cerrársela ahora. Quizá seguía allí, bajo la bolsa del gimnasio.

El monitor indicaba el trayecto rumbo a 'Plage de la Chambre d’Amour' al tiempo que un aviso del clima destellaba

A velocidad moderada dejó atrás los suntuosos edificios de piedra y los escaparates decorados en un rosa que le pareció impropio de la aristocrática Biarritz. El GPS anunció la próxima rotonda con voz neutra. Dudó un segundo —la cobertura fallaba—, pero siguió recto hasta reconocer la bifurcación. Cuando la señal física confirmó lo que el mapa digital insinuaba, giró a la izquierda: Plage de la Chambre d’Amour. El cielo mostraba una extraña palidez.

El aparcamiento de la playa estaba casi vacío: tres coches dispersos, uno con las luces encendidas. No había terminado de estacionar cuando un relámpago en zigzag rasgó la tarde y, tras el fogonazo, sobrevino una lúgubre oscuridad. Aún chisporroteaba el éter entre los árboles cercanos cuando un estampido retumbó como si rebotara en paredes invisibles. Y un torrente de lluvia vino a aliviar la tensión impalpable.

El viento enviaba olas cada vez más impetuosas que batían feroces contra las rocas...
El vendaval dirigía oleajes de intensidad progresiva que golpeaban con saña sobre el roquedal...GAIZKA IROZ / AFP

Había pensado caminar, pero la tormenta cambió sus planes. Mientras encendía un cigarrillo, vio pasar una pareja de ancianos que se protegía bajo un paraguas insuficiente, aferrados el uno al otro con una torpeza que a un optimista le habría parecido entrañable. Sintió un leve mareo que atribuyó al tabaco y a su mala costumbre de beber en ayunas. Arreciaba el vendaval meciendo el automóvil. El viento enviaba olas cada vez más impetuosas que batían feroces contra las rocas, pero aplacaban su furia en el espejo de la playa.

Durante su infancia escuchó el relato sobre los enamorados atrapados por la marea alta en una gruta próxima, aquel dúo de fallecidos que bautizó ese arenal. La rememoró en este momento. Ignoraba los pormenores de ese infortunio que relataban los guías locales, no obstante, su mente la recreaba en su faceta más atroz, despojada del aire romántico que los años transcurridos y la hermosura del entorno le habían conferido al evento. Reflexionó sobre el pavor frente a la fuerza del oleaje, en diálogos estériles, determinaciones demoradas y el mar progresando de forma implacable. Encendió el vehículo brevemente y después lo detuvo. El resto de los automóviles se había marchado. Entre las sombras, el faro de la punta de San Martín lanzaba su luz cadenciosa, constante y apática.

Imaginó el pánico compartido, la respiración entrecortada, el abrazo impotente, los reproches ahogados. Un último gesto de incredulidad antes de hundirse. Siempre le dio miedo el mar.

                                                               *

Un trueno inesperado la sobresaltó. Laura dejó el libro sobre la cama cuando sintió vibrar los cristales. Se levantó y corrió la cortina para mirar la lluvia. En la mesilla, el ramo de flores silvestres empezaba a inclinarse. Su móvil descansaba boca abajo; la pantalla se iluminó con varias notificaciones que no quiso leer.

El campo de golf contiguo al hotel se había vaciado; las terrazas de manteles blancos estaban recogidas, las sillas apiladas con prisas. Laura se hallaba en una especie de trance, de regreso al tiempo en que nació su miedo a la tormenta. La casa de la abuela era grande; el jardín, siniestro. El viento rechinaba en las antenas y los truenos resonaban oscuros, como un coro fúnebre que bajara del monte por el camino que bordeaba el cementerio. Corría por el tenebroso pasillo bajo la mirada ineludible de sus antepasados hasta el dormitorio de su amama. Y allí dormía mecida por su voz sedante que cantaba: Maitia nun zira, nik ez zaitut ikusten, ez berririk jakiten, nurat galdu zira? (Amor mío, ¿dónde estás? No te veo, no sé nada de ti. ¿Dónde te has perdido?)

Como la mujer del poema que acababa de leer, de pronto no quería nada. Le parecía innecesario seguir con él. Sólo deseaba aquello: la habitación, la silla, el sonido de la lluvia al caer. Sintió que no necesitaba nada más. “Mi corazón se había vuelto pequeño, costaba muy poco llenarlo”. Miró la pesada cortina de lluvia caer sobre la arboleda hasta que amainó. Como la mujer del poema, se arregló, hizo las cosas que acostumbraba a hacer antes de salir, moviéndose como sonámbula. Habían bastado dos días en una ciudad extraña. Como la mujer del poema, se quitó el anillo de boda. Eso era lo que quería: estar desnuda.

                                                                 *

La tarde caía. Docampos presionó el embrague y puso la marcha atrás. Estaba por voltear el rostro cuando algo frenó su movimiento. A unos cien metros, en la costa, difuminada por la lluvia, se hallaba una silueta estática ante el océano. No se desplazaba ni aparentaba pelear contra el viento. Permanecía allí, fija, como si retara al oleaje.

Apagó el motor. El móvil vibró otra vez; lo deslizó al bolsillo sin mirar la pantalla. Salió del coche y subió al pretil. Desde allí distinguió que era una mujer. Pensó en Laura, aun sabiendo que no podía ser ella. Cabello oscuro, empapado, cayendo recto por la espalda. Sin abrigo ni paraguas. Los brazos a los lados, la cabeza apenas inclinada. Bajó a la arena.

—Laura —dijo.

Dudaba si sus palabras habían sido pronunciadas en voz alta. Un viento violento lo forzó a cerrar los párpados; estuvo a punto de perder la estabilidad. Avanzó tres zancadas más y reflexionó, con una lucidez que le causó bochorno posteriormente, que si ella se sumergía en la corriente no sabría la forma de rescatarla. En ese momento, un rayo surcó el firmamento y el estruendo resonó con tanta fuerza que se tapó los oídos con las manos. Al fijar la vista de nuevo, la ribera se encontraba desierta.

Tras dos días en una ciudad desconocida, se

Permaneció estático, a escasa distancia del océano, al tiempo que el temporal amainaba y en la lejanía el ocaso desprendía el brillo violáceo de su final. Las aves marinas volvieron a surgir, rompiendo con sus gritos una quietud espesa. Extrajo el teléfono. No realizó llamadas. No tomó imágenes. No rastreó marcas en la arena. “Debería dejar de beber”, lanzó un suspiro. Volvió al vehículo y se alejó.

La noche, despejada, se poblaba de tráfico y bullicio de viernes. Recordó aquel Viernes Santo, dos años atrás, en Sevilla, cuando la discusión se puso violenta y ella salió dando un portazo para perderse entre la multitud. Qué esfuerzo por recomponerse, por cerrar viejas heridas. Sabía todas las cosas que lo alejaban de ella, pero no podía evitar la mayoría.

En pocos minutos, recorrió los cinco kilómetros hasta el centro de Biarritz y el hotel. Aparcó. Al bajar del coche, vio que Laura se acercaba. Caminaba despacio, el pelo recogido y los brazos cruzados, seria, mas sin muestras de disgusto. “Ya no te quiero”, dijo. Hermosa y sosegada, como la última luz de la tarde.