
Ciudadanía y algoritmos: dinámicas de participación y poder en la era digital
Diario de València
Resulta oportuno iniciar con una aclaración inmediata: las redes sociales no constituyen, por naturaleza, el inconveniente principal. Funcionan como medios para difundir información, instrumentos tecnológicos que, al igual que la imprenta en su época o la televisión durante el siglo XX, expanden los discursos y agilizan el flujo de los pensamientos. La raíz de la disputa se halla en un punto distinto: en los responsables de administrar y supervisar los algoritmos que dirigen nuestro enfoque, clasifican las comunicaciones y, finalmente, configuran una perspectiva de la realidad ajustada a nuestros impulsos. El dilema no radica en el instrumento, sino en la estructura oculta que lo controla.

Vivimos en una era donde lo urgente reemplaza al pensamiento profundo, y el algoritmo lo sabe mejor que nadie. Cada clic, cada desliz, refuerza un ciclo que no busca entender, sino aferrarse. La verdad ya no se busca: se activa. Y mientras el mundo se desliza entre reacciones, el algoritmo sigue ahí, silencioso, inquebrantable, dibujando su propia lógica con cada clic.
Existimos bajo el dominio de la comunicación escueta, afectiva y sorprendente. Un discurso que invoca el sentimiento por encima del juicio, que pretende el apoyo súbito y evita el análisis minucioso.
Sin embargo, sin el razonamiento que sostiene el diálogo, la vida pública se desvanece: el razonamiento mismo, al que se apela en la razón, se desvanece junto con la capacidad de reflexionar, y lo que queda es una sombra de lo que fue: una ciudadanía desgarrada, no por ausencia, sino por el silencio forzado de lo que ya no se nombra.
Hablo de ciudadanía más que de individuos. El sujeto solitario, que solo consume información personalizada, todavía no constituye un ciudadano. El ciudadano es aquel que se involucra en un entorno de diálogo común, aceptando que sus ideas deben someterse al escrutinio y que las resoluciones grupales precisan de razonamientos, evidencias y comparaciones. La democracia liberal no se apoya únicamente en el cúmulo de deseos manifestados de forma repentina, sino en la forja pausada de puntos de encuentro y en la organización coherente del desacuerdo. Cuando la reflexión pausada es suplantada por la difusión electrónica de eslóganes, la democracia pierde solidez.
Las redes sociales, en su estructura presente, no solo perjudican esa postura lógica; pretenden suplantar la discusión colectiva por el intercambio virtual. Y no es un cambio inofensivo. Cuando las determinaciones de los encargados de las políticas públicas se ven influenciadas por corrientes masivas, por acciones organizadas o por entornos afectivos expandidos artificialmente, el análisis institucional queda supeditado a la dinámica de la repercusión. El ritmo pausado de la meditación es relevado por la inmediatez de la respuesta.
Resulta evidente que este esquema halla un espacio particularmente propicio durante la juventud. En dicho periodo de desarrollo —por el cual todos hemos pasado— se mezclan las aspiraciones con un interés inmenso, frecuentemente carente de orden. El joven busca entender su entorno con premura y fervor, mediante una fuerza que difícilmente acepta la espera pausada que exige el rigor metodológico. La oferta tecnológica, instantánea y afectiva, se ajusta perfectamente a ese estado emocional. No sorprende que las redes sociales logren en este grupo un triunfo masivo: brindan personalidad, integración y propósitos.
Las redes sociales, en su forma actual, no solo desplazan el debate público, sino que también lo distorsionan, convirtiendo el debate en una mera exhibición.
Pero el problema surge cuando lo que antes era un mero detalle se convierte en una amenaza latente: lo que antes era un mero detalle ahora se vuelve una amenaza, y lo que antes fue un mero detalle, ahora se vuelve una amenaza.
La culpa no pertenece exclusivamente a quienes utilizan las plataformas. Los sistemas algorítmicos logran segmentar el acceso a la información al punto de crear una vivencia “a medida”, una especie de reflejo que proyecta nuestros propios sesgos de forma amplificada. Dicha adaptación a medida, ofrecida como una ventaja, conlleva una consecuencia secundaria destructiva: la elaboración de una perspectiva ficticia del entorno, en la cual lo observado no representa la totalidad diversa de la sociedad, sino un filtrado perfeccionado para prolongar nuestra permanencia. El individuo se convierte en una cuenta de usuario; el debate público, en simples métricas.
Ante este escenario, no es suficiente la añoranza de un tiempo perfecto ni la condena superficial de los avances técnicos. Se precisa una labor doble. Por una parte, una normativa lúcida y clara para los algoritmos que asegure niveles básicos de diversidad y compromiso. Por otra, una defensa cultural del raciocinio como una cualidad ciudadana. Instruir en la calma reflexiva, en la verificación de datos y en el reconocimiento de las sutilezas representa actualmente una acción de gran calado político.
No consiste en enfrentar el intelecto y el sentimiento como si fuesen adversarios imposibles de unir. El ámbito político siempre ha despertado grandes entusiasmos. Sin embargo, los afectos, para evitar transformarse en una simple energía devastadora, requieren el camino de la lógica y la frontera de la realidad verificada. El desafío de nuestra época radica en recuperar dicha armonía. Puesto que sin lógica no existe la discusión; sin diálogo no hay vida ciudadana; y sin esta, la democracia se transforma en una escenografía hueca, alumbrada por dispositivos que nos muestran, constantemente, la imagen satisfactoria de nuestras propias certezas.
