Comunidad Valenciana
Felip Bens

Felip Bens

Escritor y periodista

La crisis de nuestra sanidad pública

Veles e bens

La sanidad pública es un desastre. Hay quien sostiene que los políticos de todos los colores la están dejando morir de inanición para beneficiar a la privada. De todo hay, desde luego, pero hace décadas que es sobre todo la derecha quien lo hace, allá donde gobierna. Y por supuesto está en el punto de mira del populismo que abandera la derecha de la derecha, más preocupado de servir fielmente al capitalismo de multinacional que de atender las necesidades de los obreros que le regalan votos y le rinden pleitesía, ante la creciente falta de conexión con los partidos de izquierda y su inexistente autocrítica.

Quirófano de hospital 
Quirófano de hospital OSAKIDETZA / Europa Press

En todo caso, las causas profundas por las cuales nuestra sanidad, que debería ser sagrada, es un desastre sí que son transversales: pasan las legislaturas y ni unos ni otros abordan una profunda mejoría estructural y sistémica.

“Que el alimento sea tu medicina”, sentenció ya Hipócrates en la Grecia del siglo V a. C., pero la medicina moderna y nuestro sistema sanitario van en la dirección inversa: curar y no prevenir, contradiciendo incluso la sabiduría popular: “Más vale prevenir que curar”. Es aquí donde radica el origen del desastre y nadie lo aborda porque la prevención a largo plazo –vinculada a la alimentación y a los hábitos saludables–, tan beneficiosa para la ciudadanía y tan rentable para el erario público, no interesa a los políticos de mirada cortoplacista ni a las industrias farmacéutica, médica auxiliar e incluso alimentaria.

Es encomiable, por supuesto, que nuestra sanidad cure cánceres, repare caderas o mejore la vida de enfermos crónicos. Ante un problema grave de salud, nuestro sistema responde, con el músculo financiero necesario, pero antes de llegar a esta situación límite, ¿qué ha hecho la sanidad pública por nuestra calidad de vida? Fundamentalmente, ofrecernos un día a día insufrible, con esperas, dudas, humillaciones, silencios, incertidumbres y la invitación tácita a pasar por la consulta privada (a menudo del mismo especialista que pasa consulta en la pública por las mañanas). Esta doble militancia, normalizada en nuestra sociedad, es otro de los motivos del desastre: el éxito de lo privado no puede ni debe ser proporcional al mal funcionamiento de lo público.

Los turnos de demora constituyen otra distorsión nefasta: en una nación que presume de su sistema de salud estatal, frecuentemente se aconseja acudir al sector particular para superar este obstáculo que, en diversas ocasiones, provoca fallecimientos o genera daños permanentes debido a que la marca “urgente” equivale a esperas de meses.

Es inaceptable que, pese al orgullo por

En una sociedad en que los frívolos debates narcotizantes asaltan el ‘prime time’, analizar los males endémicos de la sanidad pública y discutir cómo mejorarla no tiene cabida, ya que escapa de la estulticia polarizada que nos abruma.

Y si, a pesar de las adversidades, la sanidad pública continúa siendo un baluarte esencial, clave en nuestra existencia, no es por el desorden en el que la mantienen sumida los dirigentes, sino por el gran número de especialistas magníficos que posee, quienes batallan a diario por otorgarle valor, a menudo con una actitud radiante, frente a una estructura ineficiente y aunque esto perjudique su propio bienestar, por irónico que parezca.