
Pacto de PP y Vox en Valencia
Diario de València
Mientras en Extremadura y Aragón las negociaciones entre Partido Popular y Vox discurren entre ultimátums, documentos cruzados y un evidente malestar personal entre Alberto Núñez Feijóo y Santiago Abascal, en la Comunidad Valenciana la escena es bien distinta. Aquí no hay ruido, bronca ni portazos teatrales. Hay balneario. Hay vapor tibio y conversación en susurros. Hay, en definitiva, “paz” valenciana de las derechas.

Resulta llamativo el contraste. En otras latitudes, Vox plantea exigencias que el PP considera inasumibles o, al menos, incómodas. Se discute sobre cuotas de poder, sobre líneas rojas ideológicas y sobre quién marca el paso en la pista de baile de la derecha española. En cambio, en Valencia la coreografía fluye con naturalidad. No hay sobresaltos. El acuerdo no solo existe: se exhibe como modelo de estabilidad.
Y eso que el documento nacional del PP, el llamado “marco” para negociar con Vox —rechazado de plano por la dirección de Abascal—, incorpora cesiones significativas en materias sensibles como inmigración, fiscalidad o medio ambiente. Leyéndolo, cuesta no pensar que alguien ha tomado apuntes del laboratorio valenciano. Porque si hay un territorio donde esas cesiones no han generado fricciones insalvables, sino todo lo contrario, es precisamente aquí.
De hecho, el propio Abascal ha señalado en más de una ocasión el ejemplo valenciano como referencia válida para otros pactos autonómicos. No solo para Extremadura y Aragón, donde las conversaciones siguen encalladas, sino también pensando en futuros escenarios en Castilla y León o Andalucía tras sus respectivas citas electorales. Valencia como banco de pruebas. Valencia como oasis.
Resulta verdaderamente curioso que semejante concordia genere una consecuencia secundaria: la paulatina falta de diferenciación. Al momento en que una parte transige en materia migratoria y la otra ajusta su narrativa tributaria para sincronizarla; si en temas ecológicos las discrepancias resultan tan sutiles que casi no se perciben; al coincidir la forma y el contenido hasta el punto de mezclarse, aparece un interrogante molesto: ¿cuál es la identidad de cada uno?
Ese exceso de concordia conlleva una consecuencia secundaria: el paulatino desdibujamiento.
La paz valenciana funciona porque elimina la fricción. Pero también porque estrecha el espacio entre ambos. La competición ya no es ideológica, sino de liderazgo. No se trata tanto de qué se propone como de quién lo encarna con mayor credibilidad ante el electorado. Y ahí es donde la calma puede volverse paradójica.
Porque si el votante percibe que las diferencias programáticas son mínimas —y en algunos ámbitos, inexistentes—, la decisión deja de basarse en el qué y pasa a centrarse en el quién. En ese terreno, las encuestas empiezan a dibujar una tendencia clara en la Comunidad Valenciana: uno de los socios parece estar capitalizando mejor la estabilidad, mientras el otro corre el riesgo de diluirse en su propio éxito negociador.
La pax valenciana progresa con fluidez, similar a un ferrocarril urbano sin incidentes. El dilema reside en quién liderará el siguiente trayecto y quién se conformará con un puesto de menor relevancia.
Quizá ese sea el precio de la paz total. La ausencia de conflicto facilita la gobernabilidad, sí. Pero también reduce el contraste, desdibuja perfiles y obliga a competir en un terreno más personal que ideológico. La paz valenciana avanza sobre ruedas, como un tranvía sin sobresaltos. La cuestión es quién conducirá el próximo viaje y quién se limitará a ocupar un asiento secundario. En política, incluso en los balnearios, el reposo nunca es neutral.
