
Fallas y festivos
Si tú me has entendido
Valencianos y valencianas, ya nos rige el bando fallero. Estamos en Fallas, guste o no guste. Asumámoslo. Los petardos ya se tiran, las calles ya se cortan y el transporte público está mareado (un poco más). La lluvia sigue siendo una amenaza, los casales falleros bullen de actividad y los fines de semana suenan tracas en cualquier rincón de la ciudad, una melodía que, y me perdonen los detractores, no sabe tocar ninguna otra ciudad.
Quien escribe estas líneas se pone la peineta desde la cuna, pero no quita para que mire con ojos críticos y entienda que el debate de marzo no está resuelto todavía. Al contrario, me temo, sigue abriéndose la brecha en una fiesta que es, ante todo, de disfrutarse en la calle. Es esta además la definición que hace nuestra Alcaldesa en el bando fallero, cuando viene a recordar que la celebración fallera tiene en el espacio público “su espacio natural de expresión de los elementos creativos, culturales y sociales que a lo largo de los años han conformado una fiesta que ha conseguido unos valores patrimoniales objeto de especial protección”.

Porque las Fallas son un Patrimonio Inmaterial de la Humanidad que se celebra en la ciudad –y en otras muchas poblaciones valencianas, de dalt a baix- y que trastoca la movilidad, la rutina y hasta el calendario escolar.
Una fiesta consolidada, con un censo creciente, con un tejido asociativo que conecta todos los barrios y un origen pagano que luego los carpinteros dieron el valor y la forma que ha llegado hasta nuestros días... Y que, sin embargo, sigue teniendo detractores. ¿Por qué? Muchos sienten que la ciudad los atrapa, que van a trabajar sin descansar por la orquesta que el Ayuntamiento autorizó ante su ventana; porque el niño ya no tiene colegio, pero ellos sí trabajan. En la otra parte, se hacen malabares con los días, entendiendo el enfado pero apenados porque incordie tanto una fiesta que ellos sufragan, enriquece a la ciudad y genera un relevante impacto económico.
Los festejos alteran el tráfico, el
Algo se está haciendo mal. Las fallas renunciaron hace años a cambiar de fechas y viendo el auge del turismo, miedo me da otra Ofrenda en sábado o domingo, pero no podemos sostener una fiesta tan grande como la nuestra sin más festivos. En San Fermín lo es el 6 de julio, víspera, también el 7 y el 8; en Teruel celebran en fin de semana y dan festivo el lunes. Aquí lidiamos con días de despertà, plantà, mascletà caiga como caiga el calendario, fastidiando a los que quisieran huir y condenando al fallero currante que, tras un año, anhela celebrarlo todo y no puede. ¿No podríamos buscar un equilibrio?
Es una pena que quien se enfada, muchas veces con razón, no descubra una fiesta tan completa – “la mejor”, decimos en mi casa- porque un “borracho” le fastidie el día.
