Comunidad Valenciana
Lola Carrasco

Lola Carrasco

Gestora cultural y docente

Cuando los fuegos artificiales dejan de ser una

En Valencia la pirotecnia constituye un elemento de la idiosincrasia grupal. Resulta innegable que la pólvora simboliza cultura, legado y júbilo. Se vincula a las Fallas, si bien se manifiesta en distintos periodos alegres de la existencia valenciana: bautizos, bodas, comuniones y eventos comunitarios. Sin embargo, hay un factor que cada temporada es más complicado de pasar por alto: la utilización persistente y arbitraria de explosivos en los espacios públicos mucho antes de que arranquen las ceremonias oficiales.

Dibujo de un perro asustado por los petardos
Dibujo de un perro asustado por los petardosLVE

A finales de febrero dan comienzo los estallidos. Primero suceden de modo ocasional, después con mayor regularidad. No consisten en mascletàs ni en funciones pirotécnicas coordinadas. Se trata de petardos tirados en cualquier rincón, en cualquier instante, por cualquier persona. Y lo que para ciertos individuos supone un goce pasajero, para otros deviene en un motivo permanente de desasosiego.

En mi casa lo vemos cada día.

Poseo una perra que se niega a salir a la vía pública. Los paseos se han vuelto una disputa cotidiana. Si finalmente accede a recorrer una breve distancia y percibe un estallido lejano —incluso si es remoto— el pavor la bloquea. Busca retornar a la vivienda con total urgencia. La gata ha preferido un plan diferente: ocultarse. Sale solamente para alimentarse y realizar sus deposiciones; las demás horas se mantiene resguardada en el cajón de una cama nido, como si aquel minúsculo espacio fuese el único punto a salvo del hogar.

Ese tercer integrante con pelo de la casa cuenta con casi dieciocho años y padece sordera parcial. De forma irónica, es el suertudo.

No es difícil entender por qué ocurre esto. Los perros pueden percibir frecuencias sonoras mucho más altas que los humanos y su oído es notablemente más sensible. Distintos estudios veterinarios señalan que pueden detectar sonidos hasta cuatro veces más lejanos que nosotros y percibir intensidades que para el oído humano pasan desapercibidas. Un petardo que para una persona es un ruido breve puede convertirse para un animal en una detonación imprevisible y abrumadora.

Ese carácter imprevisible es clave. En etología se sabe que los ruidos súbitos e intensos activan respuestas de miedo y huida. Por eso, cada año durante estas semanas aumentan los casos de animales que entran en pánico, dejan de comer, se esconden durante horas o incluso se escapan de casa intentando huir del ruido.

Los efectos, asimismo, no se limitan únicamente al temor. Anualmente, profesionales de la veterinaria y agrupaciones de defensa animal advierten que diversos ejemplares padecen cuadros severos de angustia causados por el estruendo excesivo. Existen animales de compañía que han muerto debido a paros cardíacos originados por el pavor; otros que, dominados por el susto, han saltado desde terrazas o han huido de sus hogares confundidos, terminando arrollados en la vía pública. Se trata de relatos que ocurren cíclicamente y que difícilmente se mencionan en la narrativa celebratoria de los fuegos artificiales.

Pero no son solo los animales quienes sufren este ruido constante. Cada vez hay más voces que recuerdan que las explosiones continuas también afectan a muchas personas. Bebés que se despiertan sobresaltados varias veces por la noche, personas mayores con problemas de descanso, personas con diversidad funcional o con hipersensibilidad sensorial para quienes estos estallidos imprevisibles resultan especialmente angustiantes. Incluso para quienes no pertenecen a estos grupos, la repetición constante de detonaciones altera el descanso y genera una sensación permanente de sobresalto. La ciudad es un espacio compartido, y la convivencia exige tener en cuenta también a quienes viven la pólvora no como fiesta, sino como perturbación constante de su bienestar cotidiano.

Quizá también convenga recordar que no siempre fue así. Quienes crecimos en Valencia hace décadas recordamos una relación con la pólvora mucho más acotada. Los niños comprábamos unos pocos petardos en kioscos autorizados y solo durante los días de Fallas. El presupuesto era pequeño y la pólvora circulaba básicamente en esas fechas señaladas. Incluso las populares mascletàs de la plaza del Ayuntamiento no comenzaban el 1 de marzo, como ocurre ahora. De hecho, fue en 1988 cuando comenzaron a celebrarse diariamente durante el mes de marzo. Hasta entonces se reservaban para los días centrales de la fiesta. La pólvora existía, por supuesto, pero tenía un tiempo y un lugar mucho más definidos.

Ante esta realidad, las respuestas institucionales resultan, cuando menos, insuficientes. La campaña del pañuelo verde promovida por el Colegio de Veterinarios pretende advertir de que un perro tiene miedo al ruido. Pero el problema no es que alguien vea el pañuelo. El problema es que el animal escucha el petardo mucho antes de que nadie pueda verlo.

Algo parecido ocurre con la propuesta municipal incluida en el Bando Fallero de 2025 y 2026, que recomienda no utilizar pirotecnia en determinadas franjas para favorecer el descanso de personas y mascotas: de 9 a 10 de la mañana y de 15 a 17 horas. La intención puede ser loable, pero resulta difícil pensar que una recomendación así pueda tener efectos reales. El miedo no entiende de franjas horarias. Un petardo a cien metros produce el mismo sobresalto a las nueve de la mañana que a las dos de la tarde. Cuando durante semanas las explosiones aparecen de forma imprevisible en cualquier punto de la ciudad, lo que se instala no es la fiesta, sino la incertidumbre.

El uso constante de pirotecnia deja

Defender esto no significa ir contra las Fallas. Los actos pirotécnicos organizados tienen su espacio, su calendario y su sentido dentro de la tradición. El problema es el ruido permanente que se ha normalizado alrededor de ellos.

Debido a que cuando la pirotecnia deja de representar un festejo y se transforma en un estrépito diario por semanas, para bastantes familias —con mascotas o sin ellas— ya no se siente como una celebración.

Es miedo.