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Najat El Hachmi: “Vengo de una sociedad sin democracia, por eso me da miedo que aquí se banalice la libertad”

Mujeres líderes

 En esta entrevista con motivo de los 50 años de democracia, la escritora Najat El Hachmi pone el foco en la escuela como primer campo de batalla democrático: asegura que sin una educación feminista sostenida no habrá generaciones igualitarias

Najat El Hachmi, escritora y licenciada en filología árabe 

Najat El Hachmi, escritora y licenciada en filología árabe 

Linkvids

Tras dos décadas construyendo una obra que trata identidad, emancipación y pertenencia, Najat El Hachmi (Beni Sidel, Marruecos, 1979) habla de democracia desde su propia experiencia y trata en esta entrevista temas como el cuerpo observado de la mujer y lo que provoca esa mirada, la identidad examinada o la libertad negociada en lo cotidiano. “El ojo que explota la imagen de la mujer está por todas partes”, advierte, y en ese ojo reconoce una forma contemporánea de retroceso: la sensación de que lo conquistado puede dejar de serlo sin que nadie lo decrete. 

Llegó a nuestro país con ocho años y creció en Vic (Osona, Barcelona), aprendiendo pronto que el racismo y el machismo a veces actúan juntos, como “una aleación”. Licenciada en Filología Árabe por la Universitat de Barcelona, publicó en 2004 el ensayo Yo también soy catalana y obtuvo un reconocimiento decisivo con El último patriarca (Premio Ramon Llull 2008). Más recientemente ganó el Premio Nadal 2021 con El lunes nos querrán, novela sobre una adolescente que intenta abrirse paso hacia la libertad desde un entorno opresivo.

El ojo que explota la imagen de la mujer está por todas partes

Najat El Hachmi

Escritora

En este encuentro del especial Mujeres y democracia, enmarcado en los 50 años de democracia que conmemora el Gobierno de España, Joana Bonet —periodista y directora del Magazine de Guyana Guardian— conversa con la escritora desde una premisa sencilla y compleja a la vez: la democracia no es un concepto abstracto, sino una forma de vida: sin miedo, con voz propia, y libertad para elegir y pertenecer.

La primera imagen de libertad para El Hachmi y lo que vino después

Bonet arranca la entrevista con un recuerdo de la llegada de El Hachmi a España: la Nochevieja televisiva de 1987 (TVE). Durante una actuación musical, un descuido en directo dejó al descubierto durante un instante un pecho de la cantante italiana Sabrina Salerno, quedando grabada la imagen en la memoria popular. Para aquella niña que venía de una cultura volcada en la ocultación del cuerpo, la escena funcionó como primer choque simbólico con otra idea —más visible— de libertad. Pero, ¿equivale la desnudez a libertad?

Joana Bonet, periodista y directora del Magazine de Guyana Guardian 
Joana Bonet, periodista y directora del Magazine de Guyana Guardian Linkvids

Para ella, la libertad está en otra estampa, la de “esas señoras mayores” que hacen toples sin culpa, sin vigilancia, sin convertir su cuerpo en mercancía ni en amenaza. Y ahí introduce una idea clave del presente: el retroceso no siempre llega con leyes, también llega con miradas. “Antes no había móviles en las playas… ahora es imposible ir a una playa nudista”, dice. El ojo que explota la imagen de la mujer —añade— está por todas partes, y eso cambia el significado de lo que parecía conquistado.

Derechos que se pierden si no se defienden

Bonet subraya algo reconocible en la escritura periodística de El Hachmi como es su insistencia en recordar derechos y deberes democráticos. Ella responde desde su propia experiencia: “no tenemos conciencia de que esto es una especie de oasis en comparación con lo que pasa en otros países”. Y añade, “me da muchísimo miedo que podamos perder esos derechos y esas libertades”. Habla de una corriente histórica a la que se siente unida, la de quienes pelearon para que alguien como ella pudiera ser ella misma “sin ser castigada”, expresarse libremente y articular su propio pensamiento sin convertirlo en delito.

No tenemos conciencia de que esto es una especie de oasis en comparación con lo que pasa en otros países.  Me da muchísimo miedo que podamos perder esos derechos y esas libertades

Najat El Hachmi

Escritora

La periodista Joana Bonet y la escritora Najat El Hachmi 
La periodista Joana Bonet y la escritora Najat El Hachmi Linkvids

Escuela, igualdad y machismo

La conversación aterriza en la escuela, a propósito de Los secretos de Nur, su último libro para público infantil y juvenil que cuenta la experiencia de Nur, una niña de 12 años, hija de padres inmigrantes, que obtiene una beca para estudiar en el mejor instituto de Barcelona y cuestiona roles impuestos y aborda temas como la desigualdad, el rechazo y el racismo. Najat El Hachmi cuenta que, al presentarlo en centros educativos, ha ido viendo una radiografía muy concreta de cómo se aprende (o no) la igualdad en la práctica. “Depende mucho del trabajo que hacen las maestras”, afirma: cuando hay sensibilidad y se aborda en el aula, “esos niños están siendo educados en igualdad”. Pero cuando no ocurre, advierte, no existe “nada que garantice” la transmisión de valores democráticos tan básicos como el respeto y la igualdad.

El Hachmi lo resume sin rodeos: “Los feministas no van a salir así de forma espontánea. Hay que educar en feminismo para que los niños y los jóvenes sean feministas”. Y añade un contraste que le sorprende en algunos entornos: el antirracismo parece estar más asentado —porque muchos chicos lo han vivido “en carne propia”— mientras que el machismo, precisamente por lo extendido, “está mucho más normalizado, no se ve”.

Najat El Hachmi ha publicado recientemente 'Los secretos de Nur' 
Najat El Hachmi ha publicado recientemente 'Los secretos de Nur' Linkvids

Para hacerlo visible, plantea un ejercicio en clase: pedir que apunten experiencias de discriminación por racismo y por machismo. Las primeras afloran rápido; las segundas cuestan más. Ahí lanza la pregunta que, dice, descoloca y obliga a pensar: si te indigna que te discriminen por tu origen o tu aspecto, “¿por qué toleras y justificas e incluso ejerces esa discriminación cuando es hacia las mujeres? Hacia las niñas. Hacia tus hermanas”.

Discriminación dentro de casa

Al hablar de derechos, El Hachmi insiste en que no basta con medir la democracia por lo que está escrito en las leyes: también cuenta cómo se vive en el día a día. Por eso, cuando Joana Bonet le pregunta si ha recibido ataques por ser inmigrante o por ser mujer, su respuesta no separa experiencias: “He recibido de los dos”, dice, y añade que a veces se produce “una aleación” de racismo y machismo: la procedencia y el género activan estereotipos y expectativas sobre el lugar que una debe ocupar.

A veces se produce “una aleación” de racismo y machismo: la procedencia y el género activan estereotipos y expectativas sobre el lugar que una debe ocupar

Pero marca una diferencia que, para ella, lo cambia todo: el racismo suele venir de “personas desconocidas”, mientras que el machismo “está en todas partes” y puede llegar desde un ambiente cercano. “Duele mucho más cuando la discriminación viene desde el entorno familiar”, afirma. Y lo sitúa en un punto especialmente sensible: chicas jóvenes en determinados contextos culturales o religiosos que sienten esa presión “dentro de sus propias casas”. Si el hogar —donde se construye “esa fortaleza”— se convierte en un espacio de control, salir al mundo y plantarse ante lo que venga se vuelve mucho más difícil.

Joana Bonet y Najat El Hachmi durante su conversación 
Joana Bonet y Najat El Hachmi durante su conversación Linkvids

Memoria democrática en literatura: para no empezar siempre desde cero

En el bloque sobre memoria, El Hachmi pone el foco en un punto que a menudo se da por supuesto: no todo el mundo recibe esa “herencia democrática” por vía familiar. “Yo no tenía una abuela autóctona que me contara cómo era la vida durante el franquismo”, apunta. Es decir, no contaba con ese relato que en muchas casas ha funcionado como transmisión de la historia reciente: la dictadura, la Transición, los avances y los límites.

Por eso, explica, buscó lecturas que le abrieran los ojos y le permitieran entender “este eje histórico de la democracia”: qué significa vivir con derechos y qué significaba, antes, no tenerlos. Ahí aparece su recomendación de lectura de la obra de la escritora y periodista catalana Montserrat Roig (1946–1991), a la que cita como una autora decisiva para situarse. La literatura —concluye— puede hacer ese trabajo de memoria cuando el entorno no puede o no sabe hacerlo: transmitir experiencia, contexto y advertencias para que una sociedad no tenga la tentación de “empezar siempre desde cero”.

Najat El Hachmi buscó lecturas que le abrieran los ojos y le permitieran entender qué significa vivir con derechos y qué significaba, antes, no tenerlos. Ahí aparece su recomendación de lectura de Montserrat Roig, a la que cita como una autora decisiva para situarse

Joana Bonet, directora del Magazine de Guyana Guardian 
Joana Bonet, directora del Magazine de Guyana Guardian Linkvids

Y esa es también la razón por la que le preocupa el momento actual que atravesamos: porque cuando se pierde el hilo de lo conquistado —cuando no se recuerda de dónde venimos—, se vuelve más fácil banalizarlo o darlo por hecho. Libertades concretas como relacionarse con quien quieras, amar o elegir no deberían darse por descontadas, ni siquiera cuando el presente se disfraza de nostalgia. Son conquistas.

Y de la memoria, al presente: el relato que señala al diferente

Con ese telón de fondo —memoria, derechos, libertades concretas— la conversación gira hacia el presente. Cuando Joana Bonet le pregunta si la democracia está amenazada, Najat El Hachmi no apunta a una crisis institucional concreta, sino a un clima que se abre paso en el debate público: corrientes que invocan “nuestra cultura” para definir quién forma parte del “nosotros” y quién queda fuera. Su respuesta es frontal: esa cultura que se presenta como común, dice, no es la cultura democrática construida en los últimos 50 años, sino una cultura “antidemocrática”, “predemocrática” y, por eso, peligrosa.

Najat El Hachmi no apunta a una crisis institucional concreta, sino a un clima que se abre paso en el debate público: corrientes que invocan “nuestra cultura” para definir quién forma parte del “nosotros” y quién queda fuera

El Hachmi describe el mecanismo con una imagen muy gráfica: se “bunkeriza” la sociedad y se necesita un enemigo para explicar malestares y miedos. “Hay que buscar a alguien a quien quemar en la hoguera”, dice, como si se tratara de purificar una supuesta “impureza”. Por eso habla de “pensamiento mágico”: no es un debate sobre políticas públicas o ideología económica, sino una forma primaria de cohesión basada en señalar a otro. “Señalar públicamente a un sector de la propia sociedad es muy perverso”, advierte, porque alimenta el odio y termina afectando a la vida cotidiana de personas concretas en el trato, en la mirada, en la convivencia y en el derecho a pertenecer sin miedo.

Papeles y ciudadanía

En el tramo final de la conversación, Joana Bonet lleva la entrevista a un terreno muy tangible: qué significan los “papeles” para alguien que llega de fuera y si la ciudadanía es la única manera de sentir que los derechos son plenamente propios. Najat El Hachmi responde con precisión: obtener la nacionalidad es el momento en que la igualdad “legal, burocrática, administrativa” se alinea, por fin, con la del resto. Y añade algo que entiende cualquiera que haya pasado por un trámite interminable: cuando llega, se instala una sensación de calma. 

En su caso, matiza, sí tenía permisos, pero la nacionalidad no fue rápida. Llegó —cuenta— a los 27 años, después de requisitos, certificados y esperas. Lo relata con una ironía que aligera el peso del proceso: tuvo incluso que pedir antecedentes penales a Marruecos, donde solo había vivido hasta los ocho años.

Señalar públicamente a un sector de la propia sociedad es muy perverso, porque alimenta el odio y termina afectando a la vida cotidiana de personas concretas en el trato, la mirada, la convivencia y el derecho a pertenecer sin miedo

Najat El Hachmi

Escritora

Pero el punto de fondo no es la burocracia, sino lo que esa espera implica en términos democráticos. El Hachmi recuerda que durante años no pudo participar en aquello que en la escuela se enseña como esencial: votar. Y ahí la escena se vuelve casi simbólica: a su hermano mellizo le llegó antes la nacionalidad y, cuando pudo acudir por primera vez a las urnas, ella lo acompañó. Lo vivió —dice— como “un acto súper solemne”: quizá no tenía claro a quién elegir, pero sí la importancia del gesto. 

Esa experiencia explica por qué insiste tanto en proteger derechos y libertades: “A mí no me han regalado la nacionalidad. Me la he tenido que currar”, afirma. Y cierra con una idea que resume su mirada sobre pertenencia: “La integración está en los derechos”.

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