La emoción del estreno o la razón por la cual valoramos más los inicios que los cierres.
Líos modernos
En tiempos de gran entusiasmo por la filosofía estoica, donde el deseo de alcanzar la plenitud llega a ser agotador y se comparten frecuentemente pensamientos de Epicteto, Marco Aurelio y Séneca, resulta conveniente reflexionar sobre el concepto mismo de la felicidad.

Escena del filme 'Cuando Harry encontró a Sally' que narra los encuentros recurrentes a lo largo de los años de un par de amigos.

Resulta preferible el comienzo de una comida, entre el picoteo y los saludos, que el término del banquete, saturados de dulces y relatos; es superior el arranque del romance —la fantasía— que el desenlace del afecto —la verdad—; es más grato el despegue de una celebración, todavía conscientes, que el cierre del festejo, cuando ya no coordinas; es preferible lucir un suéter nuevo y admirar su ajuste ante el espejo que entregarlo al reciclaje por falta de uso; es más provechoso el principio de una charla —mientras aún anotas ideas— que el final, cuando ya consultas el teléfono.
En la obra más reciente de Julian Barnes, escrita a sus ochenta años y llamada Despedidas, surgen amistades marcadas por el aislamiento, centros médicos, memorias del ser querido ausente y melancolía por los giros del destino. Hacia la mitad del relato se narra el caso de un compañero de nombre Stephen a quien Barnes no había contactado en 40 años y que le envió una misiva de su puño y letra, suficiente para que comprendiera cuánto le echaba de menos. Compartieron sus vivencias durante los años de universidad. Posteriormente, sus caminos se distanciaron. Consiguió concretar un encuentro seis semanas más tarde y, acomodados en la cafetería de un hotel, repasaron minuciosamente cada etapa del tiempo que pasaron alejados.
Al interrogar Barnes si tenía presente a Jean, el interlocutor contestó: “con frecuencia”. Enseguida, Stephen le pidió colaboración para verla de nuevo, ya que desconocía su ubicación. Barnes le comentó que estaba al tanto de que ella manejaba un comercio de jardinería y podía entregarle su email, mas Stephen no pretendía su correo, sino su asistencia.
—Creo que es mala idea —dijo Barnes—, nunca hay que volver atrás.
—¿Por qué? —replicó el otro.
—Agua pasada no mueve molino.
—Pensaba que un escritor como tú no usaba tópicos.
—A veces los tópicos son sabiduría acumulada.
—Eso es otro tópico.
La dicha no me otorga alegría.
Tal vez no debió haber coordinado la gran reunión, señala Barnes, aunque en ese tiempo le resultó una magnífica propuesta (“como dijo aquel antes de saltar el puente”). Se encontró con Jean en el establecimiento idéntico donde vería a Stephen treinta minutos después. Así, mientras Barnes y Jean charlaban sobre lo ocurrido desde entonces hasta la actualidad, de forma imprevista, Stephen se presentó allí.
—El maldito escritor… —comentó Jean fijando su mirada en Barnes—. No fuiste capaz de contenerte, ¿verdad?
—Bueno, siempre he creído que la forma es tan importante como el tema.
Los años parecieron encogerse como un fuelle y el trío retomó el diálogo exactamente donde lo habían dejado 40 años antes, en sus días de alumnos cuando todo eran inicios. Al considerarlo conveniente, Barnes dejó solos a los octogenarios que habían sido novios en la facultad y, por azares del destino, semanas tras la reunión, antes de que Stephen y Jean volvieran a salir pensando que la juventud se puede recuperar, Barnes se encontró jurando ante una obra de Emily Dickinson que jamás redactaría nada sobre sus amistades, a quienes cariñosamente denominó “reavivantes”, pero, evidentemente, no mantuvo su compromiso.

Luego de varios meses de vida en común y buena química, Jean le espeta a Stephen, su pareja retomada, la declaración más imprevista y tajante para dejarlo: “La felicidad no me hace feliz”. ¡Elige su libertad, qué sagaz! Previamente, Barnes, desafiando las premisas estoicas, ha expresado: “ni la felicidad ni la desdicha son controlables”. Actualmente, cuando se menciona a los estoicos con la misma ligereza que se acude a yoga y la sociedad busca la dicha sin definirla, el texto de Barnes actúa como un gran contrapunto ante la avidez desproporcionada de los que persiguen síndromes de Stendhal.
Toda esta parte me hizo evocar una de mis lecturas de referencia: el pasaje de Félicien Marceau que Alain Finkielkraut incluyó en su discurso de recepción en la Académie Française:
—Ante todo, ¿cómo está?
—Estoy muy bien.
—¿Es feliz?
—Soy libre.
—¿Eso es distinto?
—Es un piso más arriba.
Sostenía Julio Ramón Ribeyro que alcanzar la felicidad resulta inviable ya que exige comenzar desde el principio constantemente.
Autonomía, dicha, esa vieja encrucijada. Julio Ramón Ribeyro afirmaba que alcanzar la plenitud resulta inviable pues exige reiniciar cada proceso constantemente. Actualmente comprendemos que los comienzos acostumbran ser más gratos que los desenlaces y que la existencia se consolida a través de la reiteración y el tedio, en momentos donde apenas somos el calco anticipado de nuestra propia identidad.
Respecto a esta cuestión, me ha fascinado la lectura de Los comienzos, de Claire Marin, puesto que armoniza con el planteamiento de Barnes. Si Barnes evoca que en el instante en que Proust introduce el dulce en la infusión, su ánimo rutinario, vulgar, accidental y perecedero se disuelve para conectar, con un entusiasmo vibrante, con su propia identidad profunda, Marin desarrolla una loa a los arranques (aun cuando a veces, por pura vehemencia, no alcancen un destino óptimo) y un amparo del desasosiego, la pasión y el descubrimiento. “Mientras sigamos esperando nuevos comienzos no tendremos la edad que el tiempo imprime en nuestros cuerpos. Los comienzos que imaginamos aún son manifestaciones de una juventud irreductible; reflejan nuestra relación con lo posible, nuestro afán de hacerle un sitio a lo inesperado”.

La falta de paciencia goza de una reputación pésima, si bien puede operar como un reflejo del optimismo, esa agitación íntima que nos preserva despiertos. Es aconsejable poseer siempre cerca una porción de lo inesperado. Spinoza lo calificaba de “la viva sensación de un gran despertar, de una expansión o una dilatación de nuestro ser”.
Los comienzos resultan tan fundamentales que Italo Calvino redactó Si una noche de invierno un viajero, una obra que conecta arranques de potenciales volúmenes. Según Calvino, el deleite de lo inédito reside en el goce de lo incierto, la satisfacción de “hallarte ante algo que aún no sabes bien qué es”.