
El imperio de la nieve
La belleza del mundo
El Pirineo aragonés se ha convertido en el imperio de la nieve. Nunca vi tanta nieve como este año. Estuve esquiando en Formigal y Panticosa. Llevo esquiando en esas estaciones desde 1970. La nieve ha vuelto. En los años setenta se bajaba esquiando hasta los pueblos. Ahora también se puede. Tengo una relación ancestral con Formigal y Panticosa. Son como mi padre y mi madre. Aprendí a esquiar en Tres hombres, una de las pistas más legendarias de los Pirineos, junto a El Cogulla de Cerler. Esta vez descendí la pista Estrimal de Panticosa, que te lleva hasta el pueblo. Esquiar hasta la puerta de tu casa, como hacían los antiguos montañeros aragoneses, es uno de los grandes placeres que regala la abundancia de la nieve.
Llevaba mucho tiempo sin calzarme los esquíes. Mi amigo Martí Rafel llevaba unos Head preciosos. Yo llevaba unos Atomic. Martí está en forma y se conoce todas las pistas de Formigal y Panticosa. Comimos en el restaurante Cantal, en medio de las pistas de Formigal, unas magníficas pizzas italianas. Italia en mitad de la nieve aragonesa. Con Martí, que fue esquiador olímpico en Calgary y Albertville, hablamos de esquiadores legendarios como Alberto Toma, Paquito Fernández Ochoa o la actual esquiadora americana Lindsey Vonn, que tuvo una mala caída hace unos días los Juegos Olímpicos de Milán-Cortina d'Ampezzo.

La prueba reina del esquí es el descenso. Te puedes matar, claro, pero he ahí el gran desafío, que no es otro que retar a la ley de la gravedad amparado en la fuerza de tus rodillas y en dos tablas de esquí, y confiando en que tu amiga la nieve no te dejará caer al vacío. Para los esquiadores expertos la nieve es nuestra amiga. Danzamos con la nieve y las montañas. Esquiar puede convertirse en una danza peligrosa, pues se alcanzan los 160 kilómetros por hora en competición. Las montañas de Formigal y Panticosa albergan este invierno cientos de kilómetros de nieve. Es un espectáculo visual que da alegría al corazón. Cené en el balneario de Panticosa unas costillas a la parrilla. Y se puso a nevar justo cuando hincaba mi cucharilla el corazón de una torrija caramelizada. Ya me puedo morir en paz, pensé.
Tengo 63 años y sigo siendo el esquiador que fui hace medio siglo. “Yo vi nacer estas estaciones de esquí”, le digo a la gente que me encuentro, a los encargados del telesilla, a otros esquiadores, a los jóvenes. Los esquiadores actuales no saben que todo empezó hace más de cincuenta años. Llevo esquiando cincuenta y cinco años. Mi patria se llama de dos formas: el sábado se llama Formigal; el domingo se llama Panticosa.