La obsesión roja de Louise Bourgeois desembarca en Noruega
ARTE
La obra que la artista francoestadounidense produjo en sus últimos años de vida ocupa el museo PoMo de Trondheim con una densidad emocional que espesa el aire

Flores que parecen ovarios, uno de los temas explotados repetitivamente por Bourgeois

Un universo carmesí puebla el museo PoMo de Trondheim (Noruega). Bajo el luminoso arco iris de Ugo Rondinone que corona la antigua central de correos, las puertas rosas de este edificio art nouveau restaurado y reinaugurado hace un año y la vibrante escalera naranja concebida por India Mahdavi conducen a Eco de la mañana (hasta el 31 de mayo), una intensa exposición que recorre el mundo de Louise Bourgeois (París, 1911-Nueva York, 2010), quizá la mujer más influyente en el arte del siglo XX, con obras que elaboró en sus últimos cuatro años de vida. Cuando su físico intuía el naufragio y las obsesiones que la acompañaron siempre brotaron en gouaches de tonos rojizos.

Mientras la bella costa noruega se sacude lentamente la oscuridad invernal, este centro nacido del empeño de la familia Reitan —tercera fortuna del país, entre las 600 mayores del mundo— ha cubierto sus muros con una obra donde temas clave de la artista, como los roles femeninos, la familia, el sexo, la fecundidad, la maternidad, la histeria, la protección y sus contrarios, la responsabilidad y la culpa se desarrollan en pinturas que realizó con la técnica de húmedo sobre húmedo, que consiste en mojar el papel antes de aplicar la pintura. Con ello renunciaba a tener el control total sobre su trabajo introduciendo el azar.
Y con ello además alcanzó una alta intensidad emocional. En esa época, a menudo Bourgeois pintaba en sus largas noches de insomnio para calmar la ansiedad, de un modo casi automático que liberaba sus angustias en series basadas en motivos repetidos una y otra vez: espirales, flores, embarazadas, madres nutricias con varios pechos, familias —madre, padre, hijos—, partos en directo... Con trazos esquemáticos y esa práctica que, al dejar correr el tinte, dibuja sistemas circulatorios y tejidos orgánicos y habla del dolor y del incierto estado psicológico en el que trabajaba.
Al final de su vida, Bourgeois pintaba en sus largas noches de insomnio para calmar su ansiedad, de un modo casi automático
A este corpus de dibujos le acompaña en la muestra una selección de esculturas de diferentes épocas que los completan en significado y temática. Entre ellas está una pareja de las enormes arañas que han hecho famosa a Bourgeois y que simbolizan la protección maternal: su madre fue tejedora.
La exposición, altamente recomendable, no impresionará quizá tanto a los frecuentadores de esta mujer que tocó infinidad de géneros, pero es posible, como comprobó Magazine en la inauguración, que el público menos habituado necesite parar y tomar aire en alguna de las salas antes de seguir anegándose de la experiencia profundamente humana y densa que fluye de cada creación.

¿Estaba haciendo resumen de su vida Bourgeois en esos años? “Definitivamente, sí”, responde Philip Larratt-Smith, cocomisario de esta exposición. “Intentaba reconstruir su vida y definir los momentos más importantes para ella —explica el curador—. Sufría una gran fragilidad física, aunque su mente no declinó. Louise trabajó toda su vida como si escribiese un diario —de hecho, escribió mucho y bien— y todo tiene que ver con su biografía”. Larratt-Smith lo ejemplifica con un trabajo titulado Autorretrato elaborado sobre una sábana de la autora en la que representa su vida en 24 capítulos, uno por cada hora del día, dibujados sobre la esfera de un reloj. “Louise quería insistir en la importancia de la memoria marcando esos instantes o épocas en que intuyó quién era ella misma”, señala el comisario.
¿Por qué PoMo ha escogido a Bourgeois, tras haber dedicado a Picasso una de sus primeras muestras? “Cuando nuestros fundadores, Monica y Ole Robert Reitan, empezaron a interesarse por el coleccionismo de arte, viajaron a Nueva York —explica Marit Album Kvernmo, directora del museo y la otra comisaria de la exposición—; en el MoMA se enamoraron del trabajo de Louise y buscaron una pieza para comprar y llevarla a su casa, en Oslo”. Fue el inicio de su colección particular de arte extranjero y de una vocación que veinte años después cristalizó en PoMo.
Bourgeois está en el germen de la colección privada de arte de la familia Reitan que ha acabado dando origen al museo PoMo
Bourgeois está en el origen de este esfuerzo familiar con el que los Reitan persiguen acercar el arte moderno y contemporáneo a sus conciudadanos, pero la muestra se apoya en otro objetivo: potenciar la divulgación de las mujeres artistas. Porque, como subraya Monica Reitan, fundadora y presidenta de PoMo, “dedicamos el 60% de nuestro presupuesto y adquisiciones a artistas femeninas”, para compensar el crónico desequilibrio de géneros en los museos y las colecciones.
Y trabajan con un talante volcado en la educación: las cartelas de las obras son mínimas, y no existen códigos QR para ampliar información, pero por las salas se distribuyen mediadores culturales —no guías— preparados para entablar conversación con el visitante al mínimo atisbo de curiosidad no satisfecha y, si así lo desea, acompañarle en el recorrido con explicaciones detalladas y en el lenguaje más ajustado al perfil de cada cual.
Algunos de ellos se aplicaban hace unos días a su labor de explicar por qué merece la pena sumergirse en la angustia, las aflicciones y las obsesiones de Louise Bourgeois: porque nos hace más humanos, más permeables, más comunicativos y abiertos. Y porque también navegando por un mundo rojo y denso se puede ganar un amigo, otro de los efectos colaterales beneficiosos del arte.
