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El armario de Farida Khelfa salva vidas

Subasta

La musa de Alaïa y Gaultier saca a subasta 200 piezas de su armario para ayudar a los refugiados

Farida Khelfa, modelo de los noventa, saca a subasta su armario de 200 piezas

Sygma via Getty Images

Está el traje de la colección de p/v 1998 de Alaïa que llevó en una editorial de Vogue. También un abrigo de pelo de cabra y una chaqueta de la colaboración que el tunecino hizo con la cadena Tati en el 91. Un abrigo del o/i 2012-13 de Hermès. Diseños de Gaultier, Schiaparelli, Saint Laurent, Pierre Cardin, Jean-Charles de Castelbajac. Ya hay varios museos que han hecho notorio su interés en adquirir algunas. “Son parte de mi historia”, dice Farida Khelfa (Lyon, 1960) de las 200 prendas, zapatos y accesorios que del 20 de noviembre al 11 de diciembre subastará online con Maurice Auction.

Piezas que la modelo ha vestido, vivido y querido. “Representa mi vida en la moda, desde mis comienzos hasta hoy. Es algo muy personal y público a la vez”. Decidir subastarlas ahora no es fortuito. Aprovechó su última mudanza para archivar parte de su ajuar en un almacén a las afueras de París. Hace unos meses recuperó varias piezas para una sesión de fotos y fue cuando se dio cuenta: “No podía seguir guardándolas. De alguna manera, necesitaba desprenderme del pasado”. Empezó publicando sus memorias, Une enfance française. “Fue como hacer una retrospectiva de mí misma, de mi historia. Supongo que, de alguna manera, esto es una continuación”, cuenta.

Con 15 años salió a comprar el pan y no volvió. Subió a un tren rumbo a París y, huyendo de un destino, encontró otro

La suya es una de esas historias tipo Pigmalión de las que la mitología de la moda se sigue alimentando. Antes de convertirse en una de las modelos más famosas del mundo, musa de Gaultier y Alaïa, embajadora de Schiaparelli y, más recientemente, documentalista –ha hecho cintas sobre Louboutin, la campaña de Sarkozy y la realidad de las mujeres en países árabes–, vivía en Minguettes, a las afueras de Lyon. Hija de inmigrantes argelinos y un entorno encorsetante, referirse a su pasado como difícil es quedarse corto. Con 15 años salió a comprar el pan y no volvió. Subió a un tren rumbo a París y, huyendo de un destino, encontró otro. “Para mí, París es libertad”, dice.

Se sumergió de lleno en la vida nocturna de la capital. “Iba de club en club”, recuerda. Trabajó de camarera, hostess, promotora. Incluso fue portera en Les Bains-Douches. La noche parisina fue su puerta a otro mundo: una madrugada en el Palace, la discoteca donde la moda bailaba entre luces de neón y humo de cigarrillo, el fotógrafo Jean-Paul Goude se fijó en ella. “No era la chica típica de la época”, concede. Gaultier decía que era “magnética”. A Della Valle le encantaba su “elegancia provocadora”. Se convirtió en la primera modelo norafricana en encandilar a la moda francesa. “Hoy ha cambiado, aunque se puede avanzar más”, dice del aún gordiano asunto de la diversidad.

Azzedine Alaïa con Farida, que desfila ocasionalmente. En enero lo hizo para Jeanne Friot, y este junio, para Willy Chavarria: “Los creadores jóvenes son los que arriesgan”

Sygma via Getty Images

La primera vez que subió a la pasarela, para Gaultier a finales de los setenta, no sabía qué hacer. El diseñador le dijo que actuara como si estuviera caminando por la calle. Salió mascando chicle. “A todo el mundo le encantó”. De aquellos años y de su amistad con el francés hay varias piezas en la subasta, incluido un top de la costura de p/v 2012 que ella misma bordó, cuando era directora de los salones de la enseña. “Antes de los desfiles era una locura. El único lugar tranquilo era el taller de bordado. Me encantaba ir”, rememora. “Allí aprendí calma, paciencia y humanidad. En la moda conoces mucha gente; hay fama y locura. Pero en el atelier ves la vida real. A los inmigrantes de Turquía, el norte de África y Europa del Este que vienen a trabajar y tener una vida mejor. Sin ellos, la costura no existiría”.

La subasta es personal a muchos niveles. También en la decisión de que parte de los beneficios irán destinados al fondo RiaceE, dedicado a proyectos de inclusión, cohesión social y acogida de personas, especialmente migrantes y refugiados, en situaciones de vulnerabilidad. “Es el momento de devolver algo de todo lo que he recibido”.

Farida dice: “Siempre he sido audaz con la moda, pero hace poco que comprendí que tengo un estilo propio”

©Pascal Ito

De algunas piezas le ha costado despedirse. Un par de vestidos de los comienzos de Gaultier. También un abrigo de leopardo de Alaïa. “Lo usé mucho con Azzedine; tiene una conexión muy personal con él”.

Alrededor de la mitad de las piezas son del tunecino, para quien Khelfa fue musa, modelo y directora de atelier. Pero sobre todo amiga. “El amor no se puede explicar. Hay algo que te une a ciertas personas sin saber por qué. Es muy raro tener amigos así. Le echo de menos”.

Abrigo de pelo de Hermès

©George Mavrikos

Aún recuerda la primera vez que se puso una prenda suya: una chaqueta de cuero con cremallera en la espalda. Se sintió invencible. “Para mí siempre ha sido importante vestir bien. Y lo sigue siendo. Si salgo a cenar, me arreglo. Supongo que viene de la necesidad de demostrar algo: no vengo de una familia adinerada, pero con la ropa podía fingirlo”. Vestirse sigue siendo un acto social, pero también personal. “Tengo un vínculo íntimo, casi ritual, con mi ropa, pero ha llegado el momento de transmitirla. Me encanta la idea de que otras personas la lleven y la quieran”..