Los chicos de oro: el fenómeno ‘Heated Rivalry’ es la nueva obsesión de la moda
Fashion week
Un romance gay sobre dos jugadores de hockey, convertido en fenómeno global en cuestión de semanas, ha colocado a Hudson Williams y Connor Storrie entre los nombres más codiciados por las firmas

Hudson Williams y Connor Storrie en su aparición en los Globos de Oro de 2026, generaron la atención en las redes sociales
Hasta hace un mes, Hudson Williams y Connor Storrie eran dos actores jóvenes con carreras discretas, de esos cuya aparición en el radar de la industria no provoca ni un parpadeo. Hoy llegan a los Globos de Oro como si llevaran una década ocupando portadas, alternan Armani, Saint Laurent y Tom Ford, y su sola presencia basta para que empiecen a circular rumores sobre quién los sentará en primera fila o quién los subirá a una pasarela en unas semanas de la moda que, estos días, avanzan de Milán a París.
Si hay que ponerle nombre a la primera gran tendencia de 2026 en la industria, no está en una silueta ni en un color, sino en dos cuerpos, dos rostros y una historia de intimidad que ha conectado con una audiencia mucho más amplia de lo que nadie había previsto.
La primera gran tendencia de 2026 en la industria está en dos cuerpos, dos rostros y una historia de intimidad
La serie que protagonizan se llama Heated Rivalry y, en teoría, su premisa no debería haber cambiado nada. Dos jugadores de hockey, rivales en el hielo, y amantes en secreto fuera de él. Williams encarna a Shane Hollander, capitán canadiense y emocionalmente contenido; Storrie da vida a Ilya Romanov, su reverso ruso, más hermético y frontal. Se conocen en 2008, cuando las relaciones queer resultaban todavía menos asumibles en el deporte profesional, y a lo largo de los años se cruzan en hoteles, vestuarios y ciudades que siempre son las mismas y nunca lo parecen. Primero llega el sexo, luego la costumbre, después los sentimientos. La estructura es casi clásica. Lo que no lo es es la forma en la que está contada.
Dirigida por Jacob Tierney y adaptada de las novelas de Rachel Reid, la serie, producida originalmente para la plataforma canadiense Crave, se estrenó a finales de noviembre sin ruido, con una promoción mínima y el aire modesto de esas producciones hechas con pocos medios y mucha convicción. En su llegada a HBO Max apenas acumuló, durante la primera semana, minutos suficientes para asomarse a las listas de lo más visto. Seis semanas después, el tiempo de visionado se había multiplicado por diez. No hubo una gran campaña ni un evento de lanzamiento que fijara el momento. Hubo, en cambio, una sucesión de recomendaciones informales, comentarios en redes sociales y mensajes compartidos que ampliaron la audiencia episodio a episodio.
Hay escenas que explican mejor que cualquier cifra por qué ocurrió. El monólogo en ruso del episodio cinco, dicho con un acento llevado al límite por un actor de Texas, no tiene nada de espectacular en el sentido clásico. No hay música guiando la emoción ni un gesto pensado para cerrar la escena. Hay, en cambio, una vulnerabilidad casi incómoda, una precisión extrema en el ritmo y la impresión de que alguien se está quedando sin defensas delante de la cámara. Es una de esas secuencias que se revisitan no para disfrutarlas, sino para confirmar que siguen emocionando. Tras su emisión, el episodio obtuvo una puntuación casi perfecta en IMDb. El capítulo, penúltimo de la temporada, terminó empatando con el 05×14 de Breaking Bad entre los episodios mejor valorados de la historia de la plataforma.
Heated Rivalry no es una serie sobre sexo, aunque el sexo esté en todas partes. Es una serie sobre cómo se construye una intimidad cuando todo alrededor invita a esconderla. La comparación fácil es Challengers, pero aquí no hay glamour ni juego de poder explícito. Hay repetición, miedo y la amenaza constante de que el mundo se entere. Testosterona y vulnerabilidad no se oponen, conviven.
Nada de esto es irrelevante para la moda. Las marcas llevan años persiguiendo una relación emocional con el público que no pase por el producto, sino por el relato. Buscan cercanía, continuidad, una sensación de vida compartida. Heated Rivalry ha demostrado que esa conexión no se fabrica con grandes presupuestos ni con estrategias milimétricas. Se construye con personajes que parecen existir más allá de la pantalla.
Por eso no sorprende que, de repente, todas las firmas quieran cerca a sus protagonistas. En cuestión de días, Connor Storrie apareció en Nueva York con un look de Entire Studios, cambió después a Tom Ford y culminó la semana vestido de Saint Laurent. En los Globos de Oro, Hudson Williams llevaba un esmoquin blanco de Armani combinado con joyas de Bvlgari, mientras empezaban a circular rumores sobre un posible desfile para Dsquared2 en Milán. Cuando ambos caminaron hacia el escenario con Pink Pony Club de Chappell Roan sonando de fondo, la escena tuvo algo de broma privada convertida en ritual público.
Hay algo casi irónico en esa velocidad. La serie va, precisamente, de lo que cuesta decir las cosas, de lo que implica mostrarse y sostener una vida en secreto. La industria que ahora los celebra funciona al revés: todo es inmediato, visible y capitalizable. Quizá ahí esté la lección más interesante. Heated Rivalry no ha triunfado por ser provocadora ni explícita, sino por ser específica. Por entender que la intimidad no es un eslogan, sino una acumulación de gestos pequeños, repetidos y a veces torpes. Eso es exactamente lo que la moda dice querer ahora mismo. Y eso es lo que, de momento, solo parecen haber encarnado dos actores que, sin proponérselo, se han convertido en la primera gran fantasía cultural de 2026.