Los Bezos irrumpen en la alta costura de París de la mano de Anna Wintour
Fashion week
Lo que el matrimonio fue a buscar a París no cabe en un armario. Su presencia señala un cambio en el papel de la moda como espacio de influencia, inversión y relato

Lauren Sánchez y Jeff Bezos el fundador de Amazon
A las diez de la mañana del lunes, en un París frío y ceremonial, Lauren Sánchez Bezos tomó asiento en Schiaparelli a la derecha de su marido, Jeff Bezos, Diego Della Valle, Anna Wintour y Andrew Bolton. No era una imagen casual. Tampoco una simple excursión de compras. Antes de que comenzara el desfile, Wintour presentó a Sánchez Bezos al comisario jefe del Costume Institute del Metropolitan Museum of Art, formalizando una cercanía que hasta ahora había sido discreta.
La disposición de los asientos componía casi un organigrama: el capital tecnológico estadounidense, la industria europea del lujo tradicional y el aparato cultural que decide qué merece ser elevado a historia. En primera fila de la alta costura, el espacio históricamente reservado a las mujeres más ricas del mundo desde que Charles Frederick Worth fijó las reglas del juego en el siglo XIX, los Bezos estaban escenificando algo más que un gusto reciente por la moda: una entrada coordinada en el territorio del poder simbólico.
Los Bezos estaban escenificando una entrada coordinada en el territorio del poder simbólico
Sánchez Bezos llegó vestida de rojo tensión, con una silueta ajustada que dialogaba directamente con la teatralidad de la colección de Daniel Roseberry. Durante los saludos finales, un gesto de cercanía con Wintour fue leído por muchos como un exceso: una mano en la espalda, una familiaridad pública que rompía la distancia ritual que la editora ha cultivado durante décadas a través de sus gafas. En un ecosistema obsesionado con los códigos, ese contacto fue más elocuente que cualquier vestido. Las reacciones no se hicieron esperar.
Dentro de la industria, la imagen de Wintour ejerciendo de anfitriona oficiosa de Sánchez por París generó algo cercano al estupor. No tanto por la presencia de los Bezos como por lo que simboliza su alianza. Wintour ha construido su poder sobre dos pilares que ahora parecen tensionarse: una idea de valores progresistas y un arbitraje casi sagrado del gusto. Y, sin embargo, ahí estaba, acompañando a una mujer sentada meses atrás en primera fila en la investidura de Trump, mientras Amazon, empresa en la que Bezos mantiene una participación decisiva, ha recortado programas de diversidad en un contexto político cada vez más hostil y anunciado el despido de 16.000 empleados, que se suman a otros 14.000 en los últimos meses.
La contradicción no es nueva. Wintour ha convivido históricamente con figuras incómodas para su propio relato, y Condé Nast no ha sido ajena a ese doble juego. Sánchez Bezos apareció el pasado verano en la portada digital de Vogue tras su boda en Venecia, vestida de Dolce & Gabbana. A finales de año se confirmó que el matrimonio será el principal patrocinador individual de la próxima Met Gala. Y desde hace meses circulan rumores persistentes sobre el interés de Bezos en una posible adquisición de Condé Nast. Amazon fracasó en su intento de conquistar el lujo desde el comercio electrónico; con Vogue en el bolsillo, el acceso al deseo sería inmediato.
Todavía es lunes, pero ahora el escenario es Dior. Sánchez Bezos reaparece con un traje gris paloma de aire vintage y vuelve a ocupar la primera fila. Al término del desfile se deja fotografiar junto a Jonathan Anderson y Delphine Arnault. La imagen, distribuida casi de inmediato, no tiene nada de espontánea: funciona como una validación pública, casi protocolaria. Poco después, Vogue anuncia la apertura de Dior Villa, un salón de compras reservado a clientes de muy alto perfil, los llamados VVIC. Para la noche del miércoles, de la colección de Anderson (más de sesenta looks de pasarela y unas cuatro decenas adicionales pensados para clientas privadas) apenas quedan disponibles unas pocas piezas del cupo estadounidense. Los ricos, efectivamente, están comprando.
En paralelo, otro nombre orbitaba alrededor de Sánchez Bezos: Law Roach. La presencia constante del estilista, famoso por su trabajo con Zendaya, alimentó especulaciones sobre una estrategia de imagen más ambiciosa, quizá de cara a la Met Gala o a futuras alfombras rojas. Sánchez ya no se comporta solo como consumidora. Está ensayando el papel de figura influyente, incluso institucional. A través de su fundación, ha sellado una colaboración directa con el Council of Fashion Designers of America, un movimiento que la sitúa no solo como compradora de alta costura, sino como agente con capacidad de intervenir en las estructuras formales del sistema.
La pregunta, entonces, no es si los Bezos tienen derecho a estar ahí. Lo tienen. La cuestión es qué significa hoy su presencia. Para algunos, su irrupción representa un salvavidas económico en un momento de incertidumbre. Para otros, una forma de blanquear poder corporativo a través del prestigio cultural. Durante décadas, se asumió que el dinero no bastaba para comprar acceso al corazón de la moda. Que el gusto, el recorrido y cierta iniciación eran condiciones previas. Quizá esa ficción esté agotándose. O quizá nunca fue del todo cierta.