Moda

Terapia de pareja en ‘Vogue’ y el inesperado regreso del deseo en la moda

Fashion week

Una entrevista que revela la dinámica de la relación entre Anna Wintour y su sucesora, Chloe Malle. Un desfile que devuelve autoridad a Nueva York. Y una campaña que apuesta por la intimidad como estrategia

Chloe Malle y Anna Wintour durante la gala solidaria 'Caring for Women'

Chloe Malle y Anna Wintour durante la gala solidaria 'Caring for Women'

Getty Images

La escena, efectivamente, parecía sacada de una comedia romántica. En la entrevista que Anna Wintour y Chloe Malle concedieron a Jessica Testa en The New York Times, Malle comparó la disposición de ambas ante la cámara con la de “las parejas del principio de Cuando Harry Encontró a Sally”. En este caso, la pareja analizaba su propia relación profesional con motivo del primer número editado íntegramente por Malle, con Rosalía en portada, mientras todavía no está claro en qué se convertirá su fórmula de convivencia.

La metáfora era ligera, pero la escena no lo fue tanto. Porque lo que se escenificaba no era solo una conversación entre editora saliente y sucesora, sino una transición de poder sin precedentes en la historia reciente de Vogue. A diferencia de Grace Mirabella, que en 1988 se enteró por televisión de que sería sustituida por Wintour, aquí no ha habido ruptura. Malle asume el liderazgo editorial mientras Wintour sigue en el edificio, en el despacho de al lado y por encima en el organigrama.

El lenguaje corporal durante la entrevista dijo más que las respuestas. Malle, recta, entusiasta, subrayando que no será distante ni glacial. Wintour, ladeada en la silla, con sus gafas más oscuras, corrigiendo el encuadre de la conversación cuando era necesario. Cuando la periodista preguntó qué haría Malle con los presupuestos de los años noventa, ella habló de reforzar equipos digitales y subir salarios. Wintour intervino con precisión quirúrgica para recordar que la revista goza de buena salud financiera. Preguntada por la última vez que padeció nervios, Malle confesó haberlos sentido minutos antes de comenzar a grabar. Wintour respondió con un incrédulo “¿yo también?” Antes de zanjar: ella no se pone nerviosa.

El resultado fue extraño. Más que presentar una nueva era, la entrevista reforzó la idea de que la anterior sigue plenamente activa. Wintour elogió a Malle, la describió como brillante y abierta culturalmente, incluso defendió que no sea una “obsesa de la moda”, sino alguien capaz de llevarla a nuevos ambientes. Pero cada elogio parecía delimitar el terreno. Esa ambigüedad se vio reforzada por un hecho significativo: en enero, durante la semana de la alta costura en París, Malle no formó parte de la delegación de Vogue, mientras Wintour sí asistía a los desfiles. 

'Vogue', símbolo máximo de aspiración y autoridad, intenta ahora proyectar cercanía sin perder aura.

Oficialmente, la decisión respondió a prioridades internas: era más importante que se quedara en la redacción, acompañando al equipo y cerrando su primer número. En la industria de la moda, donde la presencia es poder, esa ausencia añadió una nota más de incertidumbre a una transición ya de por sí delicada.

Vogue, símbolo máximo de aspiración y autoridad, intenta ahora proyectar cercanía sin perder aura. El problema es que el aura, en este caso, sigue sentada en la silla de siempre. 

Siempre es semana de la moda en alguna parte, y en estos días transcurre precisamente la de la ciudad donde tiene su sede principal Vogue: Nueva York. Tras varias temporadas instalada en una prudencia sin chispa, su arranque se percibía más como una obligación del calendario que como una cita capaz de marcar conversación. Hasta que el lunes por la noche comenzó el desfile de Marc Jacobs.

No fue exactamente un desfile. Fue una puesta de cartas sobre la mesa. Las de sus filias, explicitadas sin complejo en las notas del show, donde citaba a Prada, Helmut Lang o Yves Saint Laurent bajo el epígrafe “créditos y recibos”. Las de su propio pasado, revisitado con una franqueza poco habitual en una industria obsesionada con parecer siempre nueva. Y, también, las de su momento vital.

El diseñador abrió con una secuencia casi meditativa de faldas lápiz negras, mínimamente distintas entre sí, combinadas con jerséis de pico carbón, camisas de microcuadro y medias opacas. Uniformes reducidos a su esencia. Pero la aparente sobriedad escondía un gesto de ruptura: cinturas rectas que se separaban del cuerpo, bolsillos insinuados que no lo eran, abrigos abotonados por la espalda, minis desplazadas por encima de la cintura natural como si fueran obis extraviados. El clasicismo aparecía tensionado, ligeramente desplazado, nunca cómodo del todo.

Hubo ecos de los noventa, de aquel diseñador que convirtió el grunge en alta moda y redefinió la sensibilidad de una generación. No era nostalgia. Era una conversación consigo mismo. En un momento en que el futuro de la firma dentro de LVMH ha sido objeto de especulación, el desfile funcionó como una reflexión pública sobre memoria, pérdida y legado. Con él, Jacobs recordó que la moda no necesita pirotecnia para generar deseo. Basta con una idea clara y la convicción de llevarla hasta el final. ¿Qué puede ser más romántico?

El debut de Simone Bellotti
El debut de Simone BellottiJill Sander

Una buena campaña. O, mejor dicho, una campaña que recuerde por qué antes se esperaban las campañas como quien espera una carta. Cuando no eran simple amplificación de producto sino construcción de imaginario. Cuando invitaban a mirar dos veces. Eso es lo que ha ocurrido con la que acompaña el debut de Simone Bellotti al frente de Jil Sander. Más que presentar ropa, ha formulado preguntas: cómo restar sin desaparecer; cómo intervenir una casa definida por el rigor sin traicionar su esencia. Su respuesta no ha sido grandilocuente, sino íntima.

Fotografiada por Stef Mitchell, las imágenes activan la curiosidad. En un entorno donde lo visual se consume con el dedo, lograr que alguien se detenga unos segundos es, quizás, la forma más contemporánea de seducción.