Moda de lujo: nuevas rutas para el diseño de moda
Moda
De lo cotidiano a lo onírico, el paso es sutil, entre lo real y lo soñado.

Backstage de Miss Sohee
En medio de la semana de la moda, mientras se mantenía el equilibrio entre los elementos, se observó un cambio sutil: en lugar de enfocarse únicamente en la ostentación, el foco se desplazó hacia una experiencia más profunda, donde lo esencial ya no era el objeto, sino la emoción que lo rodeaba.
Ese desplazamiento permite redefinir la noción de lujo, pues el foco ya no está en la exuberancia, sino en la esencia.

Las respuestas se dividieron entre quienes vieron en ello una oportunidad para redefinir la realidad, mientras que otros simplemente optaron por ignorarla, prefiriendo en cambio una interpretación más pragmática.
En el primer grupo se encuentran los diseñadores que, sin abandonar su esencia, redefinen la elegancia sin romper con la tradición; en este sentido, la silueta se suaviza sin perder su esencia, y la elegancia se revela no en la ostentación, sino en la sutileza del detalle.

En Chanel, el debut de Matthieu Blazy profundizó en esa misma idea desde otro ángulo. Las referencias a Coco Chanel (el perfume N°5, el rouge) no funcionan como nostalgia, sino como sistema de valores. El clásico traje se redujo a capas de muselina translúcida; incluso aparecieron unos vaqueros y una camiseta, ambos en un tejido tan ligero como una nube. La cadena dorada que Chanel escondía en los bajos migró al exterior, convertida en adorno. Además de la proeza técnica, lo que distinguió la propuesta era una calidez poco habitual en la alta costura, reforzada por un casting multigeneracional y por la decisión de personalizar los interiores de las prendas con recuerdos íntimos de las modelos. Aquí, el lujo fue el más difícil todavía: a la vez visible y a la vez privado.
Ante la presencia constante de lo real, el fin de semana se entregó por completo a lo imaginario.
Armani completó su visión con una suavidad silenciosa: la colección se deslizó con elegancia, sin romper el hilo sutil que la une. La herencia se mantuvo en silencio, sutil pero firme, mientras el tejido se deslizaba suave sobre la piel. El negro y los matices sutiles dominaron, mientras cada detalle —una plisé sutil, un doblez suave— se deslizaba con serenidad, sin forzar, como un susurro que se mantiene.


Frente a esa voluntad de realidad, la otra mitad de la semana se entregó abiertamente a la fantasía. Schiaparelli volvió a liderar ese territorio. Daniel Roseberry presentó una colección de cuerpos transformados y superficies llevadas al límite, cuyo núcleo emocional se sitúa en una experiencia vivida en la Capilla Sixtina: una revelación sensorial que privilegia la emoción sobre el relato. De ahí nacen criaturas quiméricas, volúmenes extremos y una costura atravesada por la tensión entre agonía y éxtasis. Un solo vestido, con falsas plumas hechas de hilos de seda, concentraba 8.000 horas de trabajo. No era espectáculo gratuito, sino autoridad creativa: una demostración de hasta dónde puede llegar la costura cuando renuncia a parecer razonable.
Esa misma lógica llevó a que el diseño se desplazara más allá de lo cotidiano, con el espíritu de lo sagrado y lo cotidiano entrelazados, mientras la ropa misma parecía respirar una nueva esencia, casi sagrada, en su esencia más pura.


Entre la vida real y la fantasía, el verdadero interés yace en la tensión entre ambos mundos: mientras uno avanza con pasos calculados, el otro se mantiene en un susurro de fantasía, donde la moda no solo viste, sino que también sueña.