Michelle Obama revela los recuerdos junto a su padre: “Todos incluyen alguna manifestación de su discapacidad”
Estados Unidos
A través de su libro 'Mi historia', la ex primera dama de los Estados Unidos mostró varias vivencias de su pasado, entre ellas cómo era la enfermedad de su padre
Chenoa (50 años), sobre sus rutinas: “Camino con mi perra una horita, hago deporte, como bien, me siento en un banco y contemplo la vida”

Michelle Obama en Kalamazoo, Míchigan
Michelle Obama ha querido compartir algunos de los recuerdos más íntimos de su infancia en Mi historia, el libro de memorias en el que la ex primera dama de Estados Unidos repasa los momentos que marcaron su vida personal y familiar.
Entre ellos, yace como eje principal la figura de su padre, Fraser Robinson, y la enfermedad con la que convivió durante gran parte de su vida. “Todos los recuerdos que guardo de mi padre incluyen alguna manifestación de su discapacidad”, escribe Michelle en el primer capítulo de la obra, haciendo alusión a la esclerosis múltiple que padecía.
Las noches veraniegas en Chicago
Lejos de optar por el dramatismo, Michelle aborda la enfermedad desde la admiración y el respeto. Recuerda a su padre como un hombre profundamente comprometido con su familia, que nunca permitió que su deterioro físico le impidiera estar presente en los momentos importantes: desde los recitales de piano y baile hasta los paseos nocturnos en coche durante los veranos de Chicago.
Su infancia en el barrio de South Shore transcurrió, según relata, en un entorno humilde pero lleno de estabilidad, marcado por la música, el deporte y la complicidad con su hermano Craig.

Michelle explica que los primeros síntomas aparecieron cuando ella era muy pequeña. “La extraña debilidad que había empezado a notar en una pierna era el inicio de un descenso largo y, con toda probabilidad, doloroso hacia la inmovilidad total”, escribe.
Describe cómo su padre caminaba más despacio, cojeaba y debía detenerse antes de subir escaleras, escenas que entonces no sabía interpretar, pero que hoy recuerda con absoluta nitidez.
Fraser dedicaba las noches a transmitir a sus hijos el amor por el jazz, el arte y el deporte. “No le gustaba quejarse”, afirma su hija, quien también revela que evitó ir al médico hasta que el dolor fue insoportable.
A pesar de todo, Michelle no lo presenta como alguien que bajó los brazos, sino como un hombre que aceptó la enfermedad “tal como viniera y siguió adelante”, convirtiéndose en un ejemplo de fortaleza y dignidad para su persona.
