
Un animal elusivo
Nadar de espalda
Entré en una librería y espié una conversación. Dos amigas discutían sobre una novela. La primera decía no estar segura de haberla entendido, y la segunda, un poco condescendiente, le contestaba que existen dos tipos de escritura: una prosa directa, con una única capa de sentido, que significa exactamente lo que dice, y una prosa con varias posibles interpretaciones, niveles ocultos de significado. Esta prosa, añadía, es menos plana, deja lugar al secreto, al misterio.
La respuesta de la amiga —la que dudaba de haber “pillado” la novela— me interesó: “Sí, tal vez lo que pasa es que la entiendo demasiado. Estoy acostumbrada a los dobles sentidos, a interpretar, a lo sugerido más que lo explicado, y este libro te dice exactamente lo que te cuenta. No hay nada que preguntarle”. Como a las dos amigas, es posible que solo nos interese aquello que no acabamos de entender, los relatos que suscitan en nosotros una conversación más que una lectura.

En su libro Teoría de la prosa, el escritor y crítico argentino Ricardo Piglia dice algo parecido. Los relatos, asegura, deben construirse en torno a un silencio, debe existir “un espacio vacío, algo que no se conoce en el interior de la narración. El secreto es un elemento formal del texto”. Los mejores escritores son celosos de su centro vacío, nunca lo nombran, no contestan a preguntas que lo apuntan.
Pero ¿qué les da miedo en el hecho de nombrar? No se trata de simple pudor, sino de una conciencia exacerbada (quizás también pudorosa) de lo complejo y delicado que tienen entre manos. Escogen no nombrar de forma directa para no equivocarse. Prefieren el silencio, o la metáfora, al error. Cuanto más se conoce algo, más ángulos y nombres le brotan, y decidirse por uno solo es mentir, traicionar.
Los mejores escritores son celosos de su centro vacío, nunca lo nombran, no contestan a preguntas que lo apuntan
La escritura es una huella permanente, no como las ideas o el sentir, que pueden modificarse. Dejar algo en negro sobre blanco es una responsabilidad. Y esa escritura circular, elusiva, que rodea un asunto más que atravesarlo, que no se atreve a nombrarlo siquiera, tal vez provenga de un gran respeto por la realidad, que es un animal elusivo. No es cobardía. Es el vacío que caracteriza la verdad, que no está hecha de palabras. Se atraviesa en solitario. En silencio.