Maria Peñascal, catalana en Tokio: “Para hacerte amigo de un japonés tienes que pasar muchas barreras, es un proceso muy lento y tienen que darte la oportunidad”
Viajes
Maria cumplió uno de sus sueños de infancia y se trasladó a Tokio, una ciudad que ha convertido en su hogar

Maria Peñascal viajó a Japón por primera vez en 2018

Maria Peñascal creció soñando con Japón. Sus colores, su energía y su cultura actuaban como un imán irresistible. “Empezó con el anime que emitían en TV3. Al principio pensaba que los dibujos eran catalanes porque hablaban catalán. Cuando empecé a descubrir que eran de otro país que estaba tan lejos, con otras costumbres, fue como darme cuenta de que no solo existe tu país, sino que hay mucho más”, explica la creadora de contenido. Poco después, el descubrimiento del manga terminó de alimentar aquella fascinación inicial.
El punto de inflexión llegó con su mudanza a Barcelona. “Empecé a descubrir un poco mejor el mundo de Japón. Pero era como un sueño, para mí, imposible. Estaba tan lejos que pensaba que no se podría cumplir y lo tenía ahí aparcado”, recuerda. A medida que se iba adentrando en ese universo, empezó a encontrar caminos para hacerlo realidad. “Tenía mucho tiempo libre en el trabajo e investigaba. Quise estudiar japonés, conocer gente japonesa, involucrarme más en el mundo de Japón en Barcelona… hasta que descubrí el visado Working Holiday Visa, que te permite ir un año a un país y trabajar allí”, relata.

En 2019, tras un primer viaje turístico un año antes y con la sensación de que su trabajo ya no la llenaba, tomó la decisión. “Era el momento de irme”, dice. Un salto dado con mucho vértigo, pero también con ganas e ilusión, que se alargó durante un año. Poco antes de que estallara la pandemia de la COVID-19, regresó a casa al finalizar su visado.
A pesar de haber vivido en el país que tanto la había marcado, la experiencia no fue suficiente. Durante los tres años en los que Japón permaneció cerrado al turismo, Peñascal se planteó seriamente si quería volver. Finalmente, una cuestión profesional terminó de inclinar la balanza. “Seguí trabajando con una empresa japonesa y cobraba en yenes. Como se estaban devaluando bastante, decidí volver otra vez. Quería explorar un poco más”, comenta.
Así, en febrero de 2023 aterrizó en Tokio con la idea de pasar tres meses de vacaciones y comprobar si el Japón que recordaba seguía existiendo. “Vi que sí y pedí un visado para volver a entrar, esta vez de trabajo”, explica. Un paso más firme, con proyección de futuro, que su entorno fue asumiendo poco a poco. “Fue un proceso porque, claro, ya les costó que me fuera a Barcelona… Japón era un paso más. Pero creo que lo decía bastante convencida”, asegura.
“La primera vez les dije que iría un año, los mentalicé para eso. Aquella vez fue más difícil porque era la primera vez que me iba del país. Tampoco podía decirles: ‘me voy a vivir para siempre’, porque ni ahora lo digo. Yo estoy viviendo allí y a ver qué pasa”, añade. En cambio, la segunda vez entendieron mejor la importancia de Japón en su vida. “Aquí no estaba al 100 % feliz. Y al ver que allí me había ido bien, me dijeron: ‘Preferimos que estés allí bien que aquí mal’”, comenta.
Ilusión, retos y choque cultural
A pesar de su conocimiento previo del país, instalarse allí supuso un choque cultural inevitable. “Hay un antes y un después. Cuando vas de vacaciones ves la parte buena: Japón tiene una parte superficial muy buena, un servicio exquisito, buen transporte público, todo muy limpio… Eso se mantiene. Pero cuando vives allí, empiezas a descubrir más de la sociedad”, reflexiona Peñascal.

El idioma es uno de los primeros obstáculos. “Mi japonés es bastante básico, pero incluso la gente que lo habla muy bien tiene problemas porque es muy diferente”, admite. La burocracia también resulta compleja. “Son muy de papeleo, no son tan digitales como parece. Enviar cartas es complicado, no solo por el idioma, sino porque hay que entender cómo funciona todo”, apunta.
Uno de los aspectos que más la sorprendió fue el cambio en las relaciones sociales. “Me pasó algo muy curioso. Cuando fui dos meses, ya conocía a gente japonesa que había conocido aquí o a través de aplicaciones de intercambio de idiomas, y fue muy divertido. Me enseñaron mucho y fueron muy amables”, recuerda.
Son muy de papeleo, no son tan digitales como parece. Enviar cartas es complicado, no solo por el idioma
Sin embargo, con el tiempo, esa cercanía se diluyó. “Tengo teorías, pero no sé por qué. Ya no había más relación, como si hubiera sido muy superficial. Con los años me he dado cuenta de que para hacerte amigo de un japonés tienes que pasar muchas barreras. No los puedes conocer rápido. Es un proceso muy lento y te tienen que dar la oportunidad. Y si ven que no, cortan de raíz”, explica. Fue entonces cuando entendió que existe “una mecánica social muy diferente a la que estamos acostumbrados, al menos yo. Todavía me choca el tema de las relaciones sociales allí. Es muy distinto de lo que estoy acostumbrada y de lo que me gusta. Eso sí que es un choque”, expresa.
También le sorprenden las imposiciones sociales. “Hay muchas normas sociales a las que sé que no podré adaptarme al 100 %”. El hecho de no poder decir que ‘no’ o la “formalidad impuesta en los negocios” son ejemplos que todavía le generan cierto rechazo. “Te dicen siempre las mismas frases, te preguntan lo mismo y no hay la confianza que aquí puedes tener en una panadería o una frutería. Te tratan con más honestidad, tanto la buena como la mala”, relata.

Esta manera de ser, tan distinta a la que estaba acostumbrada, le costó aceptar. “Al principio estaba enfadada con la cultura, en plan: ‘¿por qué son así?’. Luego entiendes que no los puedes cambiar. O te adaptas o te mantienes al margen, porque hay cosas a las que tampoco quiero adaptarme”, reflexiona. Aun así, reconoce que a veces “haces cosas mal y no te das cuenta y, como no son directos, no te lo dicen y cortan la relación. Y tú te quedas pensando: ‘¿qué ha pasado?’”. Todo este aprendizaje la ha llevado a dejar de lado ideas preconcebidas. “Como sociedad occidental hemos generado muchas expectativas sobre Japón, como si fuera un anime, con flores y todo mágico. Y al final, la vida allí es la que es”, afirma.
Su forma de vidas en Japón
Desde que pisó Tokio en 2019, Maria ha conseguido convertir su pasión en una profesión. Entre Cataluña y Japón, su cámara, sus palabras y sus redes sociales funcionan como un puente cultural. Editora de la versión en castellano de Voyapon, creadora de contenido en @nihonnoyume y acompañante de viajeros, invita a descubrir un Japón menos evidente.
De todos sus proyectos, su perfil de Instagram es el más personal. “Cuando trabajas para una empresa tienes que hacer lo que te piden. A mí me gusta expresarme y con Instagram hablo de mi proceso en Japón. Es mi carta de presentación para otros clientes o simplemente para expresarme como quiero”, dice. El proceso creativo detrás del perfil también es especial. “Normalmente, cuando voy a lugares, siempre los grabo. Para mí, Japón es como una musa. Es muy bonito, muy visual, muy inspirador. Siempre tiene cosas bonitas que grabar y muchas cosas diferentes a las de casa”, expresa, sin ocultar la fascinación que siente por el país.
La razón es que, a pesar de haber normalizado la vida allí, sigue encontrando maneras de reconectar con la magia inicial. “Me gusta contactar con gente que viene por primera vez porque te devuelve una ilusión que quizá ya no tienes al 100 %. Cuando llegan y alucinan con cosas con las que tú también alucinabas al principio, dices: ‘vale, reconectemos con esto’, porque es verdad que a veces se pierde. Mi trabajo me lo permite”, explica.
Volver o quedarse, esa es la cuestión
Después de todos estos años, surge una pregunta inevitable: ¿quedarse o volver? De momento, no hay respuesta. “No tengo fecha. Me lo paso muy bien, trabajo, experimento cosas, conozco una nueva cultura, hago amigos… pero no creo que envejezca en Japón por muchas razones”, comenta antes de añadir, con humor: “Aunque igual me haces una entrevista dentro de 20 años y sigo allí”.
Lo que sí tiene claro es la dificultad de vivir entre dos mundos. “Depende del momento y de cómo esté anímicamente, pero me cuesta poco irme de Japón y mucho irme de Cataluña”, confiesa. “Cuando estoy aquí, estoy en casa. Estoy en la casa donde viví hasta los 18 años y es como volver mentalmente. Estoy en mi habitación, me cuidan muy bien… Es un calor familiar que en Japón no tengo, porque no tengo a mi familia allí, solo a mi pareja. No puedes exigirle a una pareja todo lo que te da una familia. Por eso, cuando me voy de aquí me cuesta más, pero cuando subo al avión cambio el chip. Irme de Japón no me afecta porque sé que en un mes volveré”, comenta.
Entre dos casas y dos maneras de mirar el mundo, Maria Peñascal ha aprendido que el viaje más largo no siempre es el geográfico, sino aquel que obliga a redefinir qué significa sentirse en casa. En ese ir y venir constante, ha encontrado su propia forma de pertenecer: explicando, observando y compartiendo un país que un día soñó y que hoy forma parte de su vida.