Hamburgo convierte un búnker nazi en un multiespacio para el arte y la cultura
Escapada
Lo que fuera un triste refugio de la Segunda Guerra Mundial es hoy el foco de la vida alternativa en el carismático barrio de San Pauli

El búnker de San Pauli se ha convertido en un símbolo de lo que nunca debe volver a suceder
Hay quien no vio con buenos ojos la reinserción alegre y creativa de lo que fuera un recuerdo siniestro, un símbolo de lo que nunca ha de volver a suceder. Pero también hay quien lo concibió, simplemente, como un eficaz ejemplo de regeneración urbana. Porque, ¿qué mejor destino podría tener un búnker de la Segunda Guerra Mundial que el de ser reconvertido en un vibrante centro para el ocio?
Ocurrió en Hamburgo, hace apenas un año. Lo que había sido un triste refugio antiaéreo, construido en 1942 por trabajadores forzados, abrió al público con una función que trascendía su carácter de vestigio histórico tristemente integrado en el paisaje urbano. Esta mole de hormigón pasaba a ser un multiespacio polivalente consagrado al arte, la música, la gastronomía y el deporte. Un lugar de compromiso social que, precisamente con imaginación positiva, lanzaba una mirada crítica a los crímenes de la era nazi.
Su ubicación, además, en San Pauli, venía como anillo al dedo a esa tendencia (muy al estilo de Berlín) de reciclar espacios abandonados. Porque este barrio, famoso por la divertida afición de su equipo de fútbol (algo así como una versión alemana del Rayo Vallecano), es el hogar de artistas, bohemios y grafiteros, que contribuyen a conservar el aire alternativo y algo canalla de antaño.
Un poco de historia
El búnker de San Pauli, que se alza imponente hasta unos 60 metros de altura, no sólo sirvió de defensa contra los bombardeos aliados sino también como instrumento de propaganda con el que el régimen demostraba su poderío. Incluso cuentan que Hitler planeó renombrarlo como símbolo de magnificencia en la que consideraba la ciudad Führer de Hamburgo. Durante los últimos años de la guerra, cuando las alarmas de ataque se sucedían a diario, hasta 30.000 personas encontraron refugio en este lugar.

Una vez terminada la contienda, la idea, como con el resto de los búnkers, era proceder a la demolición para borrar así el oscuro pasado. Pero las grandes cantidades de explosivos necesarias para volar semejante armatoste ponían en riesgo a las zonas residenciales que hasta hoy ocupan los alrededores. Fue así como, en lugar de la destrucción, se optó por la reutilización pacífica; en lugar del olvido, se apostó por el recuerdo activo de su historia.
Hoy este monstruo, remodelado y ajardinado, es un icono de Hamburgo, al que acuden los locales para socializar y los foráneos para descubrir el nuevo símbolo de convivencia en una ciudad que se define como La Puerta al Mundo por ser la entrada marítima de Alemania. Una ciudad que, precisamente, quedó devastada por las bombas de la Gran Guerra, por lo que precisó una reconstrucción larga que compensara tanta injuria.
Comer, dormir y hacer deporte

El hotel REVERB by Hard Rock fue el primero en ocupar este espacio, para lo cual se agregaron cinco pisos al antiguo edificio. Un hotel que, más allá del alojamiento, hace gala de una clara vocación musical, como atestiguan las residencias disponibles para los artistas y la nutrida programación de conciertos semanales. Sus cálidas y coloridas habitaciones, en marcado contraste con el exterior brutalista, fueron reservadas días antes de ponerse a la venta.
La misma expectación despertaron los restaurantes del edificio, que convierten este lugar en un destino gastronómico. Especialmente Karo & Paul, en el que todos quieren comer no tanto por sus dimensiones (ocupa tres plantas completas) como por estar comandado por el mediático chef Frank Rosin. Constant Grind es ideal para un café con algo dulce y La Sala, en el quinto piso, sirve platos sencillos y deliciosos con bonitas vistas a San Pauli, incluido el mítico estadio de fútbol.
Pero, la aportación más reciente y asombrosa del búnker es la de un jardín colgante en la azotea, con el que la vegetación trepa y después se desploma sobre la fachada de hormigón. Un oasis con unos 10.000 metros cuadrados de zonas verdes, desde el que se vierte una panorámica de 360 grados sobre la ciudad.
A este parque instalado en la cumbre se viene a hacer ejercicio, ya sea aventurándose a subir los 335 escalones que lo preceden o entregándose al footing en la pasarela de madera que lo bordea. Después, para reponer fuerzas en las alturas está Green Beanie, otro original restaurante, desde el que admirar esta capacidad de Hamburgo para cambiar de piel bajo la bandera de la tolerancia.

