Arte funerario y memoria de héroes: los cementerios también cuentan historias
Necroturismo
Las visitas a cementerios históricos y monumentos a los caídos forman parte de los circuitos turísticos

El cementerio en el Arlington Washington D.C. Tiene dos sepulcros muy famosos el del presidente Kennedy y tumbas de soldados norteamericanos
Aunque la Real Academia Española todavía no recoja el término, el necroturismo existe. Y cada año suma más adeptos. Puede sonar insólito, pero el necroturismo, o turismo funerario, no deja de ser algo muy sencillo: el placer de visitar lugares de entierro (cementerios, panteones, catacumbas...) Con fines culturales; es decir, por interés histórico, artístico o simbólico.
Si nunca has visitado un cementerio por este motivo, tal vez te preguntes: ¿qué empuja a que miles de personas sí lo hagan? Pues razones hay varias. Para empezar, muchos de ellos son un museo al aire libre, cargados de patrimonio artístico en forma de esculturas y panteones de estilo neogótico o art nouveau, mayormente.
Hay turistas que, más allá del arte, se sienten atraídos por el aura de personajes históricos, aunque estén muertos
Otros turistas, más allá del arte, se sienten atraídos por el aura que todavía desprenden personajes históricos, aunque estén muertos. Por eso no es de extrañar que los más importantes organicen recorridos temáticos, algunos teatralizados, para conocer más sobre personas cuya fama ha trascendido el plano físico y ya forman parte del patrimonio colectivo.
A finales del siglo XX y principios del XXI, los autores John Lennon, Malcolm Foley y Philip Stone empezaron a teorizar sobre el necroturismo como concepto. Sin embargo, esta práctica se remonta a muchos siglos atrás.

En el Egipto faraónico, las pirámides y las tumbas del Valle de los Reyes eran visitadas en época romana; en la Grecia clásica se peregrinaba a sepulturas de héroes; y las catacumbas romanas también eran espacios simbólicos de descubrimiento. El motivo de estas visitas no era el morbo, sino rendir tributo a personas que fueron importantes.
Durante la edad media el turismo mortuorio se extendió y aparecieron peregrinaciones que todavía duran en la actualidad, como la ruta de Compostela (el camino de Santiago). Fue a partir del siglo XVIII y XIX cuando los camposantos se empezaron a trasladar fuera de las ciudades y algunos de ellos se transformaron en espacios ordenados, artísticos y paseables. Así nacieron los cementerios-jardín como el Père-Lachaise de París o el Highgate de Londres, dos de los más célebres.
Los cementerios más famosos del mundo

Precisamente el Père-Lachaise (París, Francia), con sus 3,5 millones de visitantes anuales, es uno de los más concurridos. Además de esculturas de estilos variados (neogóticas, modernistas y art déco), entre sus 70.000 tumbas acoge las de personajes históricos como Jim Morrison, Oscar Wilde, Édith Piaf y Marcel Proust.
Al otro lado del Atlántico encontramos el de Recoleta (Buenos Aires, Argentina), atestado de mausoleos con mármol italiano y esculturas europeas y cuya joya de la corona es la tumba de Eva Perón, Evita. En Génova (Italia) tienen Staglieno, que más que un cementerio es una auténtica galería de arte al aire libre que ha servido de inspiración a numerosos viajeros y artistas. Abundan los mausoleos monumentales, las esculturas hiperrealistas de ángeles, viudas y niños dormidos.
Hay otros cementerios que son famosos no tanto por quien está enterrado o por su arte fúnebre sino más bien por lo que representan socialmente. Uno de ellos es el Arlington National Cemetery (Washington D.C., EE.UU.), que recibe más de cuatro millones de visitantes al año.
Ciertamente, tiene dos sepulcros muy famosos, el del presidente John F. Kennedy y el monumento al Soldado Desconocido, pero su atractivo es otro: las más de 430.000 tumbas de soldados norteamericanos alineadas a la perfección en un manto verde. Varias veces al año se organizan ceremonias militares, hay vistosos cambios de guardia y es un símbolo nacional en los Estados Unidos.

En Koyasan, Japón, está Okunoin, el cementerio budista más grande del mundo, que cuenta con cerca de 200.000 lápidas y caminitos de piedra entre plantas y lámparas encendidas. Mientras que otro camposanto muy visitado es el judío de Praga (República Checa). El Josefov es un reclamo por sí solo entre los turistas que visitan el barrio judío de la capital checa. Sus tumbas amontonadas que se remontan al siglo XV, las lápidas torcidas y cubiertas de musgo y las de rabinos célebres conforman una postal melancólica y digna del videoclip Thriller.
Necrópolis que no te puedes perder en España
En España hay cementerios dignos de visitar, y no pocos. El de Montjuïc, en Barcelona, es casi una ciudad con calles por donde transitan coches y autobuses urbanos. Encaramado en la montaña olímpica, ofrece vistas del puerto, el mar y parte de la capital catalana. Entre sus más de 150.000 tumbas, encontramos las de personas que han marcado nuestra historia, como Joan Miró, Lluís Companys, Montserrat Caballé, Ildefons Cerdà o Salvador Puig Antic. Además, durante todo el año organiza visitas temáticas (arquitectónicas, nocturnas, de personajes ilustres, etcétera) y esconde una joya en su interior: una curiosa colección de carrozas fúnebres de época.

En Málaga, destaca su cementerio inglés, cuyo jardín romántico es una auténtica delicia. Fundado en 1831, es la primera necrópolis protestante de la España peninsular y en él descansan escritores como Jorge Guillén o Gerald Brenan. Al norte, en San Sebastián, está el de Polloe, preferido por la burguesía donostiarra.
Como buen espacio de representación social, predominan panteones de familias aristocráticas y no faltan los monumentos funerarios de mármol y bronce. En la actualidad es el ‘hogar’ de Clara Campoamor y Gregorio Ordóñez, entre muchos otros.
Si viajamos a la bonita Costa Brava hay uno que sin duda merece ser visitado: el de Lloret de Mar (Girona). De estilo modernista catalán, tiene mausoleos de gran valor escultórico y arquitectónico. Y esto se lo debemos a los indianos: emigrantes que volvieron ricos de las Américas y que no escatimaron recursos para construirse suntuosos lechos de muerte. De hecho, hay varias obras del arquitecto Bonaventura Conill, muy prestigioso en su época, y de artistas vinculados al modernismo catalán.

Desde el aire, el cementerio de la Almudena (Madrid) impresiona por sus dimensiones; a pie de suelo, también. Sus más de 120 hectáreas lo convierten en uno de los más grandes de Europa. Se inauguró en 1884 y desde entonces ha sido el destino final para más de cinco millones de almas. Tiene diferentes avenidas llenas de esculturas y panteones de muchos estilos diferentes. Y entre tanta sepultura, hay de figuras tan relevantes como Santiago Ramón y Cajal, Vicente Aleixandre, Lola Flores o la familia Calvo-Sotelo.
En un contexto de cada vez más masificación turística, el necroturismo se convierte en una muy buena opción para aquellos que buscan paz, arte y silencio. Y, como decíamos al inicio, no solo consiste en visitar cementerios bonitos. Si alguna vez has entrado en las catacumbas de Roma, la cripta de cualquier catedral, o en memoriales como el del 11-S en Nueva York o el de Hiroshima, en Japón, has practicado necroturismo.
Curiosidad
Para los más valientes, diferentes cementerios proponen visitas guiadas nocturnas. Muchas de ellas son teatralizadas, lo que añade cierta emoción. Algunos de los que organizan este tipo de visita son el de Barcelona, la Almudena de Madrid, El Carmen de Valladolid, el cementerio de León o el de San Juan del Hospital, en València.

