Antonio Resines relata el día que casi sufre
VIP sobre ruedas
El artista hispano admite que carece de licencia de conducción y que ”“Conduce siempre mi mujer, yo doy conversación o me ocupo de acercar el agua, cambiar la música y esas cosas”

Antonio Resines es un conocido actor español

Antonio Resines llegó al mundo en Torrelavega durante 1954 y, siendo aún muy joven, optó por no limitar su futuro a un único sitio. Ya en su infancia, Madrid pasó a ser su principal entorno, inicialmente para formarse académicamente y después para experimentar el cine y la televisión como factores que transformarían su existencia definitivamente. Durante cuarenta años, y participando en más de 150 proyectos, Antonio ha dejado una huella profunda en la historia de la cinematografía mediante filmes como Ópera prima, La colmena, Sé infiel y no mires con quién, La buena estrella -con la cual obtuvo el Goya-, Dos mejor que uno, La caja 507 o la mítica Amanece que no es poco, bajo la dirección de José Luis Cuerda.
Asimismo, mediante la televisión ha logrado conmovernos con interpretaciones memorables que ya integran nuestro recuerdo común, tales como Smith en Los ladrones van a la oficina o Diego en Los Serrano, transitando constantemente entre el humor, la tragedia y lo cotidiano, con sencillez y autenticidad. En esta ocasión, tomamos el sitio de Luis Ciges en el emblemático sidecar de Amanece que no es poco con el fin de que Antonio nos guíe por un trayecto que revele esa faceta suya raramente mostrada en los filmes, la cual define con precisión su identidad y su relevancia fundamental dentro de la cinematografía de España.
Antonio, pasar largas jornadas dentro de un automóvil posee una esencia de confesionario tranquilo. ¿Qué ideas suelen rondar tu mente?
Aprovechando que estamos confesándonos, voy a revelarte algo que prefería callar: no sé manejar. Me desempeño genial como acompañante, pero carezco de licencia. En realidad, poseía un permiso para motocicletas, si bien no se compara con pilotar un automóvil. Soy un especialista en la posición de copiloto, me mantengo atento y vigilo el trayecto como si estuviera al mando de la dirección; jamás me quedo dormido. Por lo general, me desplazo con mi mujer, que se encarga de manejar; tiene mucha destreza, aunque a veces acelera demasiado, pero es preferible no profundizar en eso. Entretanto, vigilo el entorno y mantengo la charla o me encargo de pasar el agua, poner canciones y tareas similares.

A veces, durante un viaje de varias horas en coche, se puede llegar a conocer bien a una persona. ¿A quién descubriste durante uno de esos viajes?
Solía conocer a la gente durante los viajes que hacía de joven. Íbamos dos, tres o cuatro amigos, a veces con alguna novia, y aquello resultaba muy instructivo porque la convivencia podía ser estupenda o podía no serlo en absoluto. En esos trayectos se veían las virtudes y también los defectos de la gente con la que ibas, sobre todo en viajes largos, ahí se conocía de verdad a las personas. De hecho, habría preferido no hacer alguno de ellos.
Hablábamos de las motos. En Amanece que no es poco te iba más el sidecar…
Aquello resultaba verdaderamente impresionante. El difunto Luis Ciges, que descanse en paz, tenía un peso muy ligero mientras que el mío era muy superior, de modo que debíamos colocar rocas en el sidecar para equilibrar los giros, ya que esta clase de transportes son sumamente traicioneros. Uno siente que va a dar una vuelta de campana, si bien no es cierto, y debido a ello es necesario circular con gran precaución.
Era preciso introducir piedras en el sidecar donde viajaba Luis Ciges para equilibrar el peso en los giros; parecía que el vehículo fuera a volcar.

¿Qué más recuerdas de ese sidecar y del rodaje?
Rememoro prácticamente todo, ya que contamos con la fortuna de integrar un equipo donde las tareas estaban muy distribuidas. Había numerosos personajes principales y, dado que cada cual contaba con sus escenas individuales, disponías de momentos para permanecer en la filmación sin laborar o realizar recorridos por los alrededores, específicamente por un paraje denominado la Suiza de la Mancha, situado en el área de la Sierra de Ayna y de Molinicos. Se trataba de un entorno increíble, habitado por personas magníficas; nos referimos a la conclusión de la década de los 80, aproximadamente. El elenco completo destacaba por su calidad, y ciertos integrantes resultaban individuos extraordinarios, tales como Rafael Alonso, Cassen, Ciges, Manolito Alexandre, Orellán. Conformábamos un grupo de locos fascinante.
Tú llegaste a Madrid siendo pequeñito...
Mi lugar de nacimiento fue Torrelavega, en Cantabria, aunque nos mudamos enseguida a Madrid junto a mi hermana mayor. Mi progenitor desempeñaba su labor aquí e inició su carrera en Dragados y Construcciones, empresa que actualmente supongo que forma parte de ACS, el grupo de Florentino Pérez. Vine al mundo durante la época estival, en el domicilio de mi abuela, y me trasladaron a Madrid transcurridos unos meses. Sea como fuere, sigo conservando mi relación con Cantabria, sitio en el que poseo una vivienda. Siempre que nos es posible, viajamos hasta allí.

¿Cómo te lo hacías, al principio, cuando tenías que conducir en una secuencia?
En los inicios resultaba fatal, jamás lograba situarme en la marca. Existe además otra modalidad cinematográfica donde el vehículo se coloca sobre una estructura elevada y no es necesario manejar. Rememoro una ocasión en la que estuve a punto de fallecer: ocurrió en Catalunya, muy próximo a El Bulli, por rutas secundarias de Roses junto a Emilio Martínez Lázaro. Viajaba en un convertible y, en uno de esos giros, al retroceder, casi me precipito por un desfiladero. Ignoro cómo conseguí detenerme, pero fue providencial. Hay personas que me comentan: “Pero ¿no sabes conducir?” Y yo les respondo: “Si no he conducido en mi vida, ¿por qué voy a aprender a hacerlo ahora con setenta años?”. Las figuras destacadas no sabemos pilotar: Fernando Fernán Gómez tampoco manejaba y era una eminencia. Ascendía un peldaño y exclamaba: “¡No vuelvo a rodar una película de acción!”. Durante Los ladrones van a la oficina, hacíamos cada cosa…
Tu debut cinematográfico fue Ópera prima, de Fernando Trueba. ¿Rememoras la jornada inicial de filmación?
Lo evoco con total claridad. La jornada inicial de filmación fue nocturna; no se trataba del desenlace, sino de un fragmento central del filme, en las instalaciones de Barajas, actualmente denominado Adolfo Suárez, y en teoría el papel interpretado por Óscar y yo mismo nos dirigíamos a interrogar a Warren. Permanecimos allí hasta el alba, ya que se trataba de dos escenas y una requería oscuridad total, al representar el cierre de la cinta; ocurre en el momento en que Óscar acude al encuentro de Paula Molina. Resultó algo impactante, dado que constituía nuestra primera grabación de carácter profesional y quienes estuvimos allí conservamos nuestra amistad.
Durante la época estival, viajaba junto a mis cinco hermanos a bordo de un Seat 600 manejado por mi madre, quien tenía poca estatura y utilizaba varios almohadones debajo con el fin de tener visibilidad.

En cuanto a los trayectos por carretera, miremos hacia atrás… ¿Qué memorias guardas de aquellas salidas junto a tus padres, en el entorno familiar?
Cada época estival viajábamos hasta Torrelavega, situada en Cantabria. No tengo la certeza de en qué momento mis progenitores adquirieron un vehículo, aunque estimo que debió ser hacia el cierre de la década de los 50, dado que mi nacimiento fue en el 54 y aquel modelo inicial resultó ser un Seat 600. Me resulta incomprensible la forma en que cabíamos todos dentro, ya que somos cinco hermanos y nos acompañaba también una mujer. Mi madre se encargaba de conducir, y como su estatura era reducida, necesitaba colocarse varios almohadones debajo para lograr tener visibilidad.
Esas travesías resultaban una locura, y encima carecíamos de autovías. Mi madre, pobrecilla, tenía que empujar el vehículo si subía la temperatura, y era necesario detenerse con frecuencia. Después mi padre abandonó el volante por una cuestión de nervios, decían ellos, pues se sentía exhausto de soportarnos, y adquirieron un 1500, lo cual ya era algo serio, aunque ese resultó ser nuestro vehículo final. Mi madre persistió con aquel auto y durante los años 70 cesaron de manejar para comenzar a viajar en tren. Quizás existió algún 850 entre medias, no lo tengo del todo claro, pero yo dejé de desplazarme tanto en automóvil ya que desde los 15 o 16 años ya contábamos con moto.
¿Qué moto llevabas?
Un Vespino. Al cumplir los 18 y obtener el carnet, ya poseía Vespas, si bien eran de poca cilindrada, de 50 a 125 cc. Luego, en mi etapa final, tuve una Aprilia 500 automática, un vehículo excelente que me agradaba mucho. Sufrí un accidente importante mientras hacía Los Serrano en 2005, y fue entonces cuando dejé de circular por Madrid; unos diez años más tarde, tuve otra caída en moto y ahí me prohibieron volver a conducir, ya que tengo la tibia y el peroné rotos, con clavos, y me indicaron que si volvía a caer tendría un problema grave en la pierna. Hasta 2014, utilicé la moto durante más de 40 años.

En ocasiones has relatado que a tu padre no le agradaba tu aspiración de ser actor, ya que como abogado aguardaba un futuro distinto para ti. ¿Qué te motivó a transformar el sentido de tu camino?
Inicié mi trayectoria académica tras un año de preuniversitario, en 1970. En la escuela me aconsejaban que cursara Derecho por la carrera de mi padre o Periodismo por mi vinculación con la revista Aula. Sin embargo, el cine me apasionaba desde pequeño. Durante el primer curso de Derecho se integraron los centros de cine, periodismo y publicidad, así que asistí con mi colega Juan Molina a las tutorías de los sábados de oyente. Al saber que podíamos inscribirnos oficialmente, hablé con mi padre para llevar adelante los dos estudios. Terminé primero de Derecho y luego decidí abandonarlo.
Ninguno imaginaba que terminaría actuando; el plan consistía en la dirección, producción o labores técnicas, aunque colaborábamos en todo e interpretábamos roles menores ante la falta de personal. Cerca de 1979, tras finalizar mis estudios, realizamos Ópera Prima, y tuvo éxito. Mi familia asumió mi profesión al contemplarme en la publicidad de un póster. Me registraron como Antonio F. Resines y posteriormente eliminé la F; mi progenitor se molestó ligeramente, aunque lo comprendió con algo de malestar.
Tras haber realizado más de 180 obras, entre cine y televisión, es casi seguro que has dispuesto de bastantes chóferes de producción y recurrido a muchísimos taxis...
Aprovecho para reivindicar la figura del conductor profesional, porque mucha gente, para ahorrarse cuatro duros, te monta con un chaval que está empezando, que está nerviosísimo porque tiene que llevar a un actor conocido, y además con unos coches que no son de recibo. Eso sí, le recomiendo a mis queridos compañeros que lo pongan en contrato, que es muy fácil y normalmente cuela, más que nada por seguridad.
Dicho lo anterior, conservo relación con personas que colaboraron con nosotros, particularmente en las producciones de mayor recorrido, donde solías disponer de un chófer permanente. Los desplazamientos resultan siempre dilatados, de al menos treinta minutos por sentido, pero facilitan la creación de vínculos profundos. Había individuos muy singulares, y he permanecido atento a la evolución de varios que comenzaron a una edad muy temprana; algunos pasaron a compañías privadas, otros gestionaron taxis o VTCs, y aún mantenemos el trato.
Resultaba angustioso viajar con José Luis Cuerda al mando del coche dado que sufría narcolepsia y, en plena llanura de los Monegros, terminaba durmiéndose.

Fernando Fernán Gómez, Belén Rueda, Jesús Bonilla, Júlia Gutierrez Caba, Rafaela Aparicio, Marisa Paredes, Miguel Rellán, Agustín González, José Luís López Vázquez, José Sacristán, Jorge Sanz, José Coronado, Rafael Alonso… y la enumeración podría prolongarse indefinidamente… ¿Qué figuras te han brindado las vivencias más memorables en tus desplazamientos?
He tenido vivencias positivas con todos los mencionados, aunque por una cuestión generacional, tengo más trato con los de mi quinta. José Coronado residía justo arriba de mi hogar: mi vivienda estaba en la segunda planta y la suya en la quinta. En este momento acabo de recibir un recado de Jorge Sanz, con el que mantengo un vínculo excelente. Por lo común, existe mucha sintonía con los compañeros de mi época, ya que nuestros inicios fueron compartidos, tal como sucedió con Fernando Trueba. Asimismo, pasé una larga etapa en Los Serrano y todavía mantengo grandes amistades de aquel periodo. De hecho, hace poco le mandé una imagen a Jesús Bonilla del filme Dos mejor que uno que grabamos ambos y donde aparecía luciendo un estilo punky. El hombre se quedó realmente impactado.
Has vivido travesías junto a intérpretes que ya han fallecido. ¿A cuál de ellos sueles evocar con mayor frecuencia?
Guardo un afecto especial por José Luis Cuerda, ya que padecía narcolepsia, esa dolencia que provoca que te venza el sueño súbitamente. Rememoro con claridad un trayecto promocional hacia Zaragoza, en el cual desconocíamos su condición y el hombre se quedaba traspuesto. Lo pasamos realmente mal, pues él manejaba el vehículo y, durante los tramos rectos, se quedaba dormido. Vinculo la zona de los Monegros con las cabezadas de José Luis, y a pesar de ser un paraje hermoso, aquello resultaba impactante.
Las travesías de teatro resultaban diferentes, dado que se hacían en autocar, y los últimos que rememoro fueron en automóvil con Concha Velasco cuando interpretábamos El funeral. Aquellos trayectos también eran particulares… Al chófer y a mí nos traía de cabeza, Concha no se detenía jamás, era inagotable.

Ya que hablamos de nombres, ¿con quién te has reído más durante uno de esos viajes? ¿Dónde fue?
Existen un par de individuos que son excepcionales. Resulta inevitable troncharse con Wyoming debido a su ritmo incesante, y el segundo, Santiago Segura, dado que posee un gran talento igualmente; uno se muere de risa a su lado. Resulta inviable no soltar una carcajada en su compañía.
Antonio, ¿te gusta viajar?
La verdad es que no mucho, aunque lo he hecho bastante. En casa me riñen porque mi señora es muy viajera y yo no. En el cine, hay una historia detrás que te permite viajar por todo el mundo y descubrir lugares increíbles, lo cual resulta maravilloso. A veces te preguntan si has ido a no sé dónde y dices que no, pero en realidad sabes cómo es. El Machu Pichu, por ejemplo, lo he visto, si no ha sido en el cine, ha sido en Tintín.
Mis palabras podrían parecer escasamente cosmopolitas, tal vez algo rústicas, no obstante, no abandonaría el territorio peninsular ni las islas por ningún motivo. A lo sumo visitaría Melilla o Ceuta, pero nada más allá. Canarias siempre ha sido de mi agrado; lo considero un lugar que no visito habitualmente, pese a que recientemente se realicen más filmaciones allí por incentivos tributarios, y siendo honestos, resulta muy atractivo, al igual que Baleares, donde descubrí Menorca hace muchísimo tiempo y me resultó fascinante; hasta me traía recuerdos de Cantabria.
Defiendo la labor del chófer experto; en ocasiones te asignan vehículos poco adecuados con un joven que se muestra sumamente inquieto por trasladar a un actor de renombre.

En Ópera prima todo estaba iniciándose. ¿Cómo era trasladarse en aquel tiempo, ignorando lo que sucedería luego?
Desconocíamos por completo todo aquello. Fernando Trueba sí lo sabía, pero por mi parte jamás consideré la interpretación como un oficio. Me refiero más al ámbito empresarial, ya que al poseer una productora y ser integrante de ella, comprendía la dinámica del negocio y me esforcé por asegurar que todo marchara correctamente, buscando beneficios adecuados y que la labor resultara productiva. No obstante, actuar siempre fue para mí algo relajado, similar a disputar un partido de fútbol con conocidos. Empecé a tomármelo con mayor rigor tiempo después, no debido a una falta de compromiso previa, sino porque no percibíamos que eso constituyera una carrera de verdad. Jamás imaginé que terminaría frente a los focos, a pesar de que siempre supuse que mi labor estaría ligada a la cinematografía o a sectores extensos como la televisión, la radio y demás medios. En definitiva, observa cómo resulta la vida, pues nada de aquello era predecible.
Como compañero de viaje, ¿eres fácil o tienes tus cosillas?
Poseo mis particularidades. Me agrada que me den espacio y opto por moverme de forma independiente. Si te acompaña una persona con la que conectas, no existe inconveniente; hablo del ámbito laboral, no del privado, pero de lo contrario, prefiero que los desplazamientos resulten breves, ágiles y punto. Después cada quien sigue su propia cadencia, dispone de su cuarto de hotel, y respecto a los planes, durante las grabaciones no surgen muchos: a lo sumo, alguna jornada sales a cenar o a caminar un poco, pero nada más, coincides en el desayuno y listo. Todo el mundo lleva su rutina con calma, por lo que no, a menos que se trate de una amistad íntima, de verdad no sobra el tiempo.

El Orient Exprés, el Titanic (con un desenlace alegre) o el Concorde. ¿En cuál de ellos preferirías desplazarte si tuvieras la oportunidad?
Sobre el Titanic, ni con un desenlace alegre ni nada parecido. No me subiría a un buque por el Atlántico ni por asomo. Casi elegiría el Concorde, pues el Orient Express conlleva demasiado tiempo, un mes encerrado ahí… He visitado París en ferrocarril y ese es mi tope. Aparte, era aquel que abandonaba la estación del norte durante la noche y me agradaba bastante el hecho de aparecer por la mañana. Si viajabas en coche-cama, en un departamento para uno solo y no en literas junto a otros viajeros, la experiencia era estupenda.
Rafael, el papel que interpretas en La buena estrella, aparenta experimentar la existencia cual sucesión de senderos conectados, mediante elecciones que definen su porvenir. Al reflexionar sobre el pasado, ¿existe alguna travesía auténtica que hayas realizado que te provocara una sensación parecida, de modo que cada recorrido transformara ligeramente tu identidad o el rumbo que sigues?
Realizamos un Interrail a los 20 años, exploramos toda Europa y aquello resultó ser una vivencia increíble. Nos influyó profundamente, al igual que a muchos otros de nuestra generación. No se asemeja al presente, donde todo está bastante más planificado; antes era una auténtica aventura, desconocías qué sucedería, en qué sitio dormirías o cómo terminarías tras poco más de un mes.
Aunque no se concibió así, resultó ser una travesía de introspección para observar las tendencias, decidir qué caminos tomar y cuáles evitar, y determinar la actitud ante tales situaciones. Poseía rasgos de una experiencia de aprendizaje vital, especialmente porque, y es algo que sugiero a cualquiera, la carestía te obliga a despertar realmente. No se trata de un riesgo mortal, pero la falta de fondos y la obligación de salir adelante es sumamente enriquecedor en muchos aspectos, teniendo la certeza de que siempre podrías regresar al hogar y contar con el apoyo de tus padres o tu familia.
Tras sufrir lesiones de tibia y peroné en

Si ya lo eras, Los Serrano te transformaron en alguien plenamente identificable en cualquier sitio. ¿Se modificó tu manera de desplazarte a partir de aquel instante?
En realidad, lo que se transforma es la visibilidad ante el público. Dentro de Los Serrano, el aspecto positivo reside en que ya gozaba de fama. No supuso un giro drástico, aunque sí influyó en otros ámbitos, principalmente laborales, mas no en cuanto a popularidad. El público no me resulta molesto; me dan saludos y demás, pero no resulta desagradable. Actualmente, el tema de las fotografías es algo más pesado debido a los teléfonos, aunque casi me gusta más, ya que previamente era necesario dar autógrafos. Las personas no suelen ser muy entrometidas; ocurre algún despiste ocasional, pero son situaciones aisladas, una proporción mínima, y no suelen buscarme problemas porque no genero rechazo. Para mí, Los Serrano no representó una transformación extrema. Para los chicos de menor edad sí existió una exposición excesiva y Fran Perea mencionaba que sufrieron bastante, sin embargo, yo ya tenía la lección aprendida, por lo que no me impactó en exceso.
¿Cuánto queda de ese chico de Torrelavega?
En realidad no he cambiado: un poco más crecido que cuando frecuentaba el hogar de mi abuela, a pesar de que pertenezco más a Torrelavega que a Madrid.
Al descender del sidecar tras transitar por rutas, terminales y aeródromos, se percibe que no solo acompañamos la trayectoria de Antonio Resines, sino su forma de experimentarla. Todas sus cintas, partiendo de Ópera prima, atravesando Amanece que no es poco y La buena estrella, junto a ficciones como Los Serrano o Los ladrones van a la oficina, integran una cartografía de vivencias personales. Ser acompañante, aguardar en andenes o filmar en urbes extrañas define su esencia: un artista que ha marcado profundamente el cine español. No le decimos adiós a un simple actor, sino a una persona que transformó cada desplazamiento en relato y cada relato en recuerdo compartido. Antonio manifiesta que la existencia transcurre como un encadenamiento de rutas y hallazgos, donde cada tramo determina nuestra identidad, sencillamente.

