
La grieta
Vivir en el temor y la inseguridad tiene como consecuencia sobrevivir en una debilidad incapaz de fabricar entusiasmos y construir nuevas asociaciones que puedan coordinarse en favor de un objetivo común. La brecha entre los que administran la sociedad y los administrados se va volviendo insalvable por el desprecio de los primeros a cuanto propongan los segundos, si no pertenecen al clan clientelar del partido que gobierna y decide. La administración de cualquier institución no atiende a la sociedad civil y por todos los medios trata de apartarla de cualquier aspiración.
Para un ciudadano corriente apenas queda espacio posible, tampoco estímulo, ante la ineficacia o el silencio administrativo sobre cualquier intento de regeneración política por mucho que las democracias naveguen hacia una peligrosa regresión autoritaria.

No extraña tampoco que la reacción ciudadana ante el genocidio, las guerras, las corrupciones, el cambio climático y sus consecuencias mengüe por ineficaz. A lo que hay que añadir el estado de conciencia alterada de millones de personas víctimas de unas redes sociales que hacen creer cosas que no son, además de homogenizar la complejidad.
Hace escasos días, vi un documental en RTVE sobre la transición que me sobrecogió . La democracia no se hará sin nosotrxs, de Gemma Soriano y Arantxa Soroa. Un ejercicio de memoria que muestra cómo fue posible la conquista de la democracia tras la muerte de Franco y quiénes protagonizaron la lucha.
Lo primero que resalta es que un obrero, un estudiante, una ama de casa, la madre de un estudiante asesinado por la policía franquista en una manifestación, una obrera encerrada en la catedral de Vitoria, un dirigente social, una empleada de Roca o un abogado laboralista de la calle Atocha, jefe de zona del PC, fueron protagonistas por igual, sin distinción de cargo, oficio, clase social ni lugar de residencia. Antes de emprender aquel activismo en positivo y sin violencia en favor de las libertades, tuvieron que perder el miedo.
Despejado el temor a la represión policial, la gente corriente empujó la batalla con la alegría de saber que las asociaciones de vecinos, los movimientos sociales, los sindicatos obreros y los nuevos movimientos culturales escasamente burocratizados y con un funcionamiento participativo harían posible unas elecciones libres en las que podrían participar todos los actores sociales no violentos.
La alegría de los primeros tiempos ha devenido en desilusión; la democracia naufraga
La fortísima corriente empujó a los gestores políticos de entre los dos regímenes, encabezados por Adolfo Suárez, a legalizar todos los partidos políticos clandestinos, las centrales sindicales, y organizar las primeras elecciones libres tras el lapso de 41 años. Por supuesto, los eslóganes creativos como “Mujer, sal de la cocina y únete” los ingenió esta gente anónima, optimista y esperanzada.
La mayoría de la población desconocía a los líderes de los partidos clandestinos. Solo el PC-PSUC y algún grupo nacionalista tenían un número de militantes significativo. Tras las legalizaciones, los dirigentes políticos coparon los medios de comunicación y muchos activistas de base se hicieron militantes de uno u otro partido. El liderazgo cerril, la escasa democracia interna en los partidos y la falta de cultura política han ido resquebrajando la utopía moral que de forma imperfecta dibuja la democracia.
El sistema de listas cerradas de la ley electoral hace que el ciudadano solamente pueda plebiscitar cada cuatro años las listas que desde la cúpula deciden los jefes de los partidos. Los militantes han ido descendiendo, el entusiasmo se ha evaporado y el ardor democrático de base no se ha trasmitido por falta de uso.
La alegría de los primeros tiempos ha devenido en desilusión. La democracia naufraga. Sus valedores nos sentimos cada vez más al margen de las decisiones y estamos en huelga de participación porque casi todos los estamentos, organizaciones y demás agrupaciones colectivas se han burocratizado de forma funcionarial y jerárquica. Vivimos en un magma de desasosiego ante la política. Hace falta un gran revulsivo que desatasque el funcionamiento piramidal de la sociedad.
