Perder a nuestros hijos

La cumbre climática de Belém (Brasil) ha fracasado estrepitosamente. Pero el fiasco ha pasado esta vez más desapercibido. Los grandes medios de comunicación que ordenan la agenda pública planetaria han aflojado la presión y han evitado insistir en esta ocasión en una hipotética relación causa efecto entre lo baladí de lo acordado y un supuesto Armagedón climático.

French soldiers from the combat engineering corps get on a motorised floating bridge during an exercise as part of
Andreea Campeanu / Reuters

El negacionismo trumpista es solo la cara más visible del cambio de tercio que opera en los discursos climáticos. A rebufo de EE.UU., otros países y también líderes mundiales de opinión, Bill Gates como ejemplo, han empezado a desmarcarse del alarmismo extremo vigente hasta la fecha con el cambio climático. Que estas cumbres lleven años convertidas en un gran zoco del negocio del clima también ha sumado argumentos para que su credibilidad vaya cayendo en picado.

Pero hay algo con más fuerza que todo lo dicho hasta aquí para explicar el bajón climático. Sucede que estamos sustituyendo una amenaza por otra. No hay que preocuparse. Los humanos seguiremos fieles a nuestra costumbre de angustiarnos por un apocalipsis cercano, sea este cierto o no. Pero ahora hemos recuperado para imaginar nuestro final otro juguete que teníamos guardado en el desván: la guerra. Y como no es posible que la cumbre de la pirámide de la angustia la coronen dos amenazas de igual relevancia, el apuntalamiento de una ha de ir en detrimento de la otra. Hay ejemplos a diario de esta evolución del mercado bursátil de las amenazas. Esta semana, el jefe del Estado Mayor francés, el general Fabien Mandon, dijo que lo que Francia necesita es “el espíritu que acepta que tendremos que sufrir para proteger lo que somos”. Ese sufrimiento debe incluir la aceptación de “perder a nuestros hijos”. El discurso se refería a la amenaza rusa y sirvió de prólogo para que Emmanuel Macron presentara después su propuesta de nuevo servicio militar voluntario, tal y como ya había hecho Alemania.

En el este europeo, la guerra es ya un estado mental permanente con una frase que viene expandiéndose con fortuna también hacia el oeste: “La pregunta no es si habrá guerra con Rusia, sino cuándo”. De igual modo, la insistencia en definir el presente de Europa y del mundo como “zona gris” (no estamos en guerra, pero no estamos en paz) apunta permanentemente a la abierta posibilidad de una nueva era de conflictos.

En el escenario, el actor principal ya no es el cambio climático, sino la hipótesis de un mundo en guerra

Nuevos ensayos nucleares, el debate presupuestario de hace unos meses en la OTAN, el plan de rearme europeo, las tensiones en otras partes del planeta y el choque entre potencias prueban que los focos iluminan un escenario en el que el actor principal ya no es el cambio climático, sino la hipótesis de un mundo en guerra ante el que conviene estar preparado. La defensa y la disuasión le están comiendo la tostada a la icónica imagen del oso polar quedándose sin hielo sobre el que caminar. En el escaparate de la atención no hay sitio para que todas las tendencias luzcan por igual.

Pero como el mundo del pensamiento es vertical –los pocos piensan y los muchos se dan por pensados–, convendría que nos manejáramos con un mucho de mesura. Básicamente porque en cuanto una idea global coge fuerza y suma el aval de la política y las instituciones, de inmediato se ­crean incentivos para su retroalimentación.

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Josep Martí Blanch
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Sobre la base de una amenaza cierta y a la que conviene sin duda hacer frente, aparece enseguida el riesgo de la exageración. Hacer más grave y urgente, y de este modo más creíble y perentorio, el peligro que se pretende combatir. Además, en una sociedad de mercado, debe añadirse que el dinero toma nota enseguida de lo que intuye como una oportunidad. La industria del clima es un buen ejemplo de las dos últimas décadas.

Existe una humana tendencia, individual y colectiva, a la obsesión, a la sobreactuación y al seguidismo acrítico en cuanto una idea sea ganadora. A partir de ese momento, ni siquiera entre las supuestas élites están garantizadas la frialdad, la mesura y la ponderación en la toma de decisiones. No deberíamos olvidarlo para mantener los pies en el campo de la racionalidad y la proporcionalidad. Lo que vendría a ser haber aprendido algo del abuso del fin del mundo en clave climática. Sobre todo, ahora que viene a tomarle el relevo algo más serio, tangible y, por desgracia, de sobra conocido.

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