Las Claves
- La autora recuerda un desfile en Lleida donde un padre expresaba ruidosamente su rechazo a las tradiciones religiosas navideñas.
- El hombre criticaba la fals
Al revisar unos apuntes propios de una Navidad de hace más de dos décadas, recordé que hubo una época en la que ciertos sectores de izquierdas eran intransigentes con las costumbres vinculadas a la Iglesia. No deseaban participar en pesebres ni en caganers y, desde el primer momento, les decían a sus descendientes que el relato de los Reyes Magos era una falsedad.
Me encontraba aquel año en el desfile de Lleida junto a mi pequeña de cinco años cuando noté a un hombre que, a nuestras espaldas, se expresaba a voces. “Aina, hija, fíjate bien en estos farsantes porque es el último año que pienso acompañarte”. Poseía un tono bastante rugoso, similar al papel de lija, una sonoridad ideal para revelar confidencias. Supuse que se trataba de un ateo intransigente (al contrario que yo, que me considero una atea inconstante, siempre abierta a ser persuadida aunque al final nunca ocurra). La niña celebró con alegría el tránsito del carruaje del Rey Blanco al tiempo que el progenitor continuaba con su discurso áspero. “¿Y no te parece triste que el señor ese de las barbas no tenga hoy nada mejor que hacer? Si te pagaran para disfrazarte, pues tira… pero creo que ni cobran…”.
Existían personas con inclinaciones de izquierda que mantenían una postura inflexible ante las costumbres de Navidad.
A mis espaldas, su pequeña se inclinó para juntar dulces. Me resultó irritante que aquel sujeto no distinguiera entre un simple engaño y la ilusión de una niña nacida de costumbres antiguas y, movida por la lástima, intenté ver el mundo desde los ojos de la menor. No hay nada más propio de estas fechas que conectar con la esperanza infantil, lo que nos impulsa a realizar cualquier tontería con tal de satisfacerlos y brindarles ese encanto de la Navidad que disfrutamos o que, tal vez, nos faltó. Ya me encontraba sumergida en la perspectiva de la niña cuando el individuo comenzó a mencionar cuestiones económicas. “Aina, tienes claro que es tu padre quien suelta la mosca cada año, ¿no?”. Una vez más, ella permaneció callada, seguramente cautivada por la función.
Mi pequeña también se mostraba cautivada por la procesión, aunque de repente tuve miedo de que sacara sus propias conclusiones y opté por apartarla de la palabra de la Verdad. La tomé de la mano y, al girarme, noté que Aina me superaba en estatura. Debía de tener unos catorce años, quizás quince. Con el acento irritado de la clásica joven cansada de un progenitor molesto, le exigió que se moviera para permitirnos avanzar. En ese instante, abandoné el papel de la descendiente y asumí el del progenitor. Resultó ser casi más difícil.
