La carta a los padres

Las Claves

  • El narrador descubrió la verdad sobre los Reyes Magos al notar que la caligrafía de la carta era igual a la de su abuelo.
  • Tras confirmar sus sospe

Los Reyes Magos nos habían entregado una misiva al lado de los obsequios. El texto figuraba en persa, y me sorprendió que mi abuelo lograra interpretarlo, pues desconocía que dominara idiomas tan remotos; lo visualicé protagonizando múltiples peripecias en Oriente. Sus Majestades daban las gracias por la lechuga que pusimos para los camellos y los dulces para ellos; se encontraban “de rechupete”, afirmaban, y me resultó curiosa esa forma de hablar tan cercana. Existía algún detalle en todo aquello que no cuadraba. Sin embargo, en vez de reparar en ello –el papel extraído de la libreta donde mis hermanos y yo solíamos pintar, la caligrafía igual a la escritura impecable de mi abuelo–, mi interés se distraía y movía el razonamiento evidente hacia una zona oscura. Se negaba a percibir lo que resultaba evidente.

Christmas gifts wrapped in paper and an archive of old books under a decorated Christmas tree. Postcard.

   

Getty Images/iStockphoto

Traté de ignorar ese presentimiento hasta que mis primas ratificaron aquello que me negaba a conocer. En ese momento percibí la necesidad de comunicarles a mis padres que los había pillado, pues resultaba absurdo que continuaran viéndome como una persona cándida ajena a toda la farsa. Ocultarles la verdad se sentía como una traición, me causaba incomodidad dejar que prosiguieran con la historia cuando ya no lograban embaucarme. Por otra parte, me producía pudor ponerlos en un compromiso (¿de qué forma responderían?), y tampoco deseaba que mis hermanos se quedaran sin su fantasía.

En el hogar, los Reyes suelen obsequiar textos literarios: representan la enseñanza que dirigen a los más pequeños.

Se me ocurrió redactar una nota, el mensaje para mis padres. La deposité en el buzón de la vivienda. Tras leerla, mis padres me aseguraron que ya tenían constancia de que yo estaba enterado, aunque sospeché que lo afirmaban para que no sufriera y para quitarme ese lastre. Sea como sea, todo marchaba bien. Desde aquel instante y por varios años, cada vez que me resultaba complejo admitir algo, lo comunicaba por escrito; de esa forma evitaba momentos incómodos. En vez de expresar anhelos, pretendía puntualizar los hechos. No creaba ficciones, sino que deshacía equívocos. Escribir pasó a ser una herramienta no para inventar mundos, sino para entenderme en este, manifestando mis sentimientos por encima de mis fantasías.

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Seguí hallando la fascinación en el acto de leer, que mantiene el engaño oculto para revelarme todo lo demás, a menudo incluso aquello que evito reconocer. Por tal motivo, en mi hogar, los Reyes Magos siempre entregan libros: constituyen la misiva que dirigen a la infancia, independientemente de la edad que se posea. Son la imagen de mi abuelo con su destreza para leer en persa.

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