Las Claves
- Donald Trump utiliza un lenguaje agresivo y autoritario como táctica política para intimidar y obtener beneficios estratégicos globales.
- Emmanuel Macron rechaza el vasallaje ante
Los términos actúan como proyectiles, dado que tienen el poder de lastimar a sus destinatarios. El papa Francisco nos previno sobre esto, puesto que en ocasiones logran aniquilar el espíritu, por lo cual es necesario emplearlas con cautela. Donald Trump ha comprendido con exactitud la relevancia del discurso, no precisamente para transformar el planeta, sino para intimidarlo con el objetivo de obtener beneficios. No resulta fortuito que una de sus acciones iniciales consistiera en modificar la denominación del Departamento de Defensa por la de Guerra. Cada jornada emite una advertencia inédita frente a la cual ninguna persona se arriesga a responder. Su léxico resulta agresivo, autoritario e irrespetuoso. Su habilidad para insultar deja estupefacto a quien es degradado. No muestra moderación incluso ante sus socios, ya se trate de Zelenski o Frederiksen.
No obstante, recientemente observamos cómo ciertos mandatarios europeos responden, subrayando el valor del lenguaje para protegerse ante la verborrea trumpista, la cual sobrepasa cualquier límite de la lógica habitual. El presidente de la República Francesa manifestó durante su habitual alocución ante los embajadores franceses que se opondrá a la hostilidad neocolonial de algunos y al deseo de fragmentar el planeta. Asimismo, exhortó a su cuerpo diplomático a rechazar cualquier “vasallaje” y a no conformarse con representar una potencia moral carente de fuerza.
La retórica agresiva, autoritaria y ofensiva de Trump constituye un componente esencial de su táctica política.
Prácticamente en ese instante, en Madrid, el jefe del Ejecutivo ofreció una intervención en un sentido parecido, en la cual afirmó: “No debemos callarnos, que las palabras importan y que los silencios allanan el camino hacia lo impensable”. Además, recurrió a la idéntica fórmula de Macron para explicar que ser atlantista no conlleva consentir sumisión alguna, sino entablar una colaboración sincera, de forma paritaria.
Tanto Macron como Sánchez evitaron mencionar directamente a Estados Unidos, aunque no resultó necesario. Los dos muestran el deseo de ganar peso en una Europa silenciosa, la cual posee recursos para no celebrar cada ocurrencia de Trump ni verse obligada a tolerar sus excesos. Según señalaba el analista Gutiérrez-Rubí en El País, “Trump, a pesar de su pobreza de léxico y argumental, está usando las palabras para redefinir los límites del mundo y del pensamiento. Y no lo hace porque sepa, crea o quiera, sino porque puede”. Goethe ya lo advirtió: se suelen emplear términos cuando se carece de conceptos. De ahí que cobren tal relevancia.
