Las Claves
- Donald Trump utiliza el poder bélico de Estados Unidos basándose en su propia moralidad y el deseo de dominar como un niño.
- Stephen Miller sostiene que el mundo real
El pequeño Trump cuenta con un novedoso instrumento, la capacidad bélica de Estados Unidos. El rendimiento integrado que le brindan la CIA, los comandos de élite, los marines, los buques portaaviones y el armamento misilístico representará su diversión principal en los tres años que restan de su periodo presidencial.
Actualmente Venezuela, próximamente Cuba, Colombia, México, Groenlandia, de nuevo Nigeria o Irán… ¿quién lo dirá? ¿Con qué propósito? Se fabricarán excusas. El crudo, el tráfico de drogas, la protección del estado, el rescate de creyentes, cualquier pretexto. Las personas ingenuas –o aquellas que no aceptan la realidad de un planeta ilógico, hostil y disparatado– darán crédito a ello. No obstante, mostremos coraje, miremos de frente al espanto y admitamos que este no representa el núcleo del asunto. Tampoco lo constituye, si bien existe algo de verdad en ello, la urgencia que percibe Trump por desviar la atención social hacia fuera, puesto que en su propia nación goza de tan poco favor como Pedro Sánchez en España.
El origen de la realidad debe rastrearse en la psicología, más que en la economía o en “intereses” diversos factores. Imaginen un centro infantil. Trump representa el arquetipo tradicional: el niño conflictivo, arbitrario y calculador que necesita dominar a sus otros compañeros para ser el centro de las miradas. Se trata de la autoridad por la autoridad misma, mando carente de compromiso, en su forma más esencial. ¿Y cuál es el motivo de tal conducta? Debido a que le es posible. Puesto que esa constituye su esencia. Ya que es su deseo, su deseo, su deseo. Pues, tal como afirmó Trump durante una charla en The New York Times estos días, las normas del tablero las dicta él mismo.
Al ser consultado sobre si había restricciones para su autoridad mundial, tales como la legislación internacional, Trump contestó: “Sí, hay una cosa. Mi propia moralidad. Mi propia mente. Es lo único que puede detenerme… No necesito el derecho internacional”.
En realidad, la normativa internacional ha dejado de existir; se trata de una idea abstracta utilizada por los sectores frágiles, como los demócratas en el Congreso de EE.UU. O los gobernantes de Europa Occidental. Así lo expuso con una sinceridad inquietante esta semana la figura en la sombra de Trump, el integrante más determinante y oscuro de su gestión, su subjefe de Gabinete, Stephen Miller. “Vivimos en un mundo en el que puedes hablar todo lo que quieras sobre cortesías internacionales y todo lo demás –dijo Miller a la CNN–, pero vivimos en el mundo real… que se rige por la fortaleza, que se rige por la fuerza, que se rige por el poder”.
Trump justifica la intervención en Venezuela citando el tráfico de drogas y el crudo, a pesar de que su narrativa no es convincente.
Examinemos las dos justificaciones de Trump respecto a la incursión en Venezuela, las cuales son engañosas o, cuando menos, accesorias. En primer lugar, el comercio de drogas: Venezuela no guarda relación con el fentanilo, el narcótico más nocivo en EE.UU., y la cocaína de origen colombiano que moviliza tiene a Europa como mercado primordial. Por otra parte, la inquietud de Trump sobre esta cuestión es tal que hace un mes concedió el indulto al exmandatario de Honduras Juan Orlando Hernández, sentenciado a 45 años de reclusión por encabezar lo que el sistema judicial estadounidense definió como “una de las mayores y más violentas conspiraciones de narcotráfico del mundo”. Se refería a un aluvión de cocaína que atravesaba Honduras en dirección a Estados Unidos.
El motivo alternativo, y el que Trump recalcó con mayor fuerza el pasado fin de semana: lograr la entrada al crudo de Venezuela, que representa el 17 por ciento de los depósitos globales. Han surgido numerosos artículos estos días acerca de la inconsistencia de este atractivo razonamiento, y el directivo de Exxon, la firma de hidrocarburos más importante de Estados Unidos, se lo manifestó directamente a Trump el viernes. Venezuela, afirmó, constituye “uninvestable”, una nación donde resulta inviable realizar inversiones.
Conversé con un directivo de otra corporación de crudo, quien me detalló las tres razones fundamentales. Uno, el crudo de Venezuela es pesado, sumamente complejo de obtener y actualmente apenas constituye el uno por ciento del suministro global. Debido al estado prácticamente anticuado de los equipos de perforación, a causa de la ineficacia y deshonestidad del Gobierno “bolivariano”, será necesario desembolsar millonarias sumas durante ocho o diez años para rentabilizar el capital. Dos, ante el progreso en la evolución de las fuentes energéticas limpias, se desconoce si dentro de ocho o diez años persistirá el consumo presente. Tres, firmas como Exxon y sus pares no destinarán un monto mayor al invertido el ejercicio previo por las mayores compañías de hidrocarburos de Estados Unidos si carecen de una seguridad de permanencia duradera en Venezuela.
Esa seguridad no se encuentra. Inicialmente, puesto que de manera imprevista Trump o quienes le sigan podrían cambiar su postura respecto a Venezuela. Según comentó un inversor neoyorquino del sector del crudo a Financial Times estos días, aludiendo a la palabrería de Trump en plataformas digitales, “nadie quiere meterse ahí cuando un puto tuit random puede cambiar por completo la política exterior del país”.
En segunda instancia, ya que el porvenir político de Venezuela constituye una incógnita. Por ahora, el territorio latinoamericano se ha transformado en un protectorado de Estados Unidos. Es penosa, si no grotesca, la confianza que organizaciones de la izquierda internacional como Podemos volcaron en el chavismo. Cuando llegó la hora decisiva, sus cabecillas no se mostraron inclinados a sacrificarse por el movimiento. Tan solo la escolta presidencial cubana que buscaba amparar a Nicolás Maduro confrontó a los invasores norteamericanos, perdiendo la vida 32 de ellos. Aun con el agravio del secuestro del líder del país y del litigio jurídico que deberá encarar en Estados Unidos (¡bajo la supervisión de un magistrado de 92 años!), los dos mil generales de las fuerzas armadas venezolanas prefieren salvaguardar sus amplios patrimonios antes que defender la revolución del proletariado.
Ninguna persona con un ápice de cordura se atrevería a jugarse nada sobre el rumbo político de Venezuela.
Oponiéndose a las pretensiones de la nueva potencia colonial, que no posee interés alguno en la democracia, ¿surgirá una rebelión ciudadana contra el régimen chavista? Y de ser así, ¿se coordinarán los soldados norteamericanos con las fuerzas de seguridad venezolanas para aplastarla? Cualquier escenario es viable. Lo que verdaderamente conocemos es que el porvenir es un misterio para todos, incluyendo a Donald Trump. No obstante, hay un punto adicional. Engaña constantemente, habiendo edificado una realidad ficticia sustentada en los antojos de su moral ególatra, pero lo realiza con la firmeza total de quien da por ciertas sus invenciones. De la misma forma que un niño.
