
Cómo Trump luce el Nobel
Solamente la violenta actuación de los agentes del ICE que Donald Trump ha enviado por todo el país para la caza y captura de inmigrantes le invalidaría para aspirar a recibir algún día el Premio Nobel de la Paz. Pero el poderoso presidente republicano se puede permitir el lujo de que a la misma hora en que se repetían los disturbios en Minneapolis tras la muerte de la activista Renee Good, la venezolana María Corina Machado le regalara el galardón que el comité noruego le había concedido a ella unas semanas antes. Trump ya se lo puede colgar en alguna de sus habitaciones de la Casa Blanca o llevárselo a su club de Mar-a-Lago.

El líder republicano, eso sí, no le perdonó a Machado que hubiera aceptado el premio en su día y la castigó simbólicamente el jueves sin recibirla en un acto público y volviendo a mostrar su apoyo a la chavista Delcy Rodríguez. A la opositora venezolana no le importan los desprecios del presidente estadounidense y trata de ganarse su favor como sea. El problema es que parece que la Administración Trump ha hecho ya la apuesta clara por los sucesores de Nicolás Maduro y deja hibernando a toda la oposición venezolana
Y a los hechos nos remitimos. Rodríguez, la presidenta interina, se reunió el jueves con el director de la CIA, John Ratcliffe, para ir esbozando el futuro de Venezuela, que pasa cada vez más por la consolidación de los chavistas en el poder. La gran pregunta que se hacen todos los observadores internacionales es cuándo se darán los pasos hacia la democratización del país y la liberación real de todos los presos políticos. Lo único que va deprisa es la apertura del régimen a las empresas de Estados Unidos para que puedan entrar para extraer petróleo. Pero, mientras, la población asiste desconcertada a un proceso que, tras la caída de Maduro, debería conducir la nación hacia unas elecciones libres.
Por si a alguien le quedaba alguna duda, Trump lo que quiere es poder explotar el petróleo y la riqueza de Venezuela, y la democracia es secundaria. Su forma de gobernar en Washington ya lo dice todo. Y si alguien no lo cree, que se dé una vuelta por Minnesota.
