Opinión

De la contradicción al cinismo

La contradicción, para serlo, ha de provocar un punto de dolor. Más o menos soportable en función de cuan grave sea la traición a sí mismo que uno va a protagonizar.

Sin fronteras de coherencia que no son traspasables la contradicción deja de existir. Sin ese mínimo de aflicción que provoca el apartarse de lo que uno supuestamente cree firmemente, entramos de lleno en el terreno del cinismo o la simple volubilidad.

No es fácil establecer fronteras entre la contradicción inevitable y la desvergüenza del cínico

Quien en nada cree, en nada se contradice. Cuando en el fuero interno tanto da cinco que veinticinco, puede afirmarse una cosa y la contraria sin rubor alguno. Nada se traiciona, pues la convicción es en estos casos pura fachada. Este modo de desenvolverse es considerado por muchos una virtud. Así razonan quienes alimentan las leyendas sobre manuales de resistencia y supervivencia política.

No es fácil establecer fronteras entre la contradicción, que de manera inevitable impone la confrontación entre idea y realidad, y la desvergüenza del cínico. Sin flexibilidad no hay política. Apunté esta certera frase tras escucharla de boca de David Fernández hace años, cuando el periodista y activista social ejercía de diputado de la CUP: “menos de cinco contradicciones es dogmatismo”. El refranero nos advierte de algo similar de un modo más crudo: una cosa es predicar, la otra dar trigo.

 
 Yves Herman / Reuters

El tratado comercial entre la UE y el MERCOSUR, integrado por Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay, es un gran examen de coherencia para las principales familias políticas europeas.

Que la ultraderecha, la extrema izquierda (en el caso de los eurodiputados españoles también la izquierda autodenominada plurinacional y la independentista) hayan unido sus votos en el Parlamento Europeo para bloquear temporalmente su aplicación, hasta que se pronuncie el TJUE, pudiera parecer una de estas incoherencias. Pero en realidad estos votos, de gentes tan dispares, son los más coherentes que se registraron en el hemiciclo. Por motivos diferentes, y alguno de común, estos partidos advierten en el tratado un persistir en los excesos del globalismo económico que ha generado el transversal malestar del presente en las sociedades europeas.

Las contradicciones habitan más bien entre populares, socialdemócratas y liberales. Las tres familias que llevan lustros convirtiendo en verdades reveladas e intocables algunas ideas que ahora traicionan. El apuñalamiento no es a cualquier idea, sino a una que ha sustentado buena parte de su acción política y legislativa en los últimos años: el cambio climático.

Dejando a un lado los beneficios y los costes del tratado, lo cierto es que la contradicción climática es irresoluble. No hay coherencia alguna en esquilmar el bolsillo del ciudadano con la fiscalidad climática -directa o indirecta- o en dañar la competitividad de la industria continental con legislación ambiental y, al mismo tiempo, incentivar que las viandas llenen nuestro frigorífico después de cruzar el atlántico a bordo de un carguero. Lo mismo puede decirse de la tan cacareada soberanía alimentaria y las políticas de KM0.

Uno puede tomarse a broma las tesis apocalípticas del cambio climático y estar a favor del tratado comercial. O puede creer que vamos a morir mañana por culpa del calentamiento global y estar en contra de ese acuerdo. Pero abrazar con entusiasmo ambas cuestiones a la vez roza la estafa intelectual. ¿Estamos a setas o Rolex?

Quedaría por determinar si los líderes europeos que capitanean el apoyo al Mercosur lo hacen con pesar, conscientes de que están traicionando sus proclamas ambientales a cambio de un beneficio mayor. O si su entusiasmo con el tratado obedece al hecho de que la fe ambientalista, en realidad, no es más que un vestido de quita y pon del que uno se libra cuando lo requiere la ocasión.

Predomine en la decisión la contradicción derivada del pragmatismo del beneficio mayor, o el descarnado cinismo, lo cierto es que las prioridades se fijan a través de las decisiones. Así que, como mínimo, lo que puede exigirse a partir de ya es que no nos vengan con la milonga de que el mundo se va al carajo y que debemos sentirnos culpables cada vez que encendemos el motor del coche o ponemos la calefacción a 23 grados. No mientras abonan la idea de lo maravilloso que resulta que un bistec recorra 12.000 km para llegar a nuestro plato.

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