
Giro europeo hacia Asia
Tras su retorno de Nueva Delhi, donde ratificó el relevante pacto de libre comercio con India, el presidente del Consejo Europeo, António Costa, realizó una parada en Hanói para concretar un vínculo de asociación estratégica con Vietnam, uno de los mercados más dinámicos del Sudeste Asiático con una población de cien millones de habitantes. Esta alianza ratifica el cambio de rumbo hacia Asia, en términos mercantiles y geopolíticos, impulsado por la Unión Europea para limitar su supeditación al mercado de Estados Unidos ante la falta de estabilidad y el recelo que suscita la presidencia de Donald Trump.
El tratado con India ha establecido el área de libre intercambio más extensa del planeta, puesto que incluye a aproximadamente 2.000 millones de personas. Representa una excelente ocasión para las dos naciones. El fuerte desarrollo de India la posicionará durante este ejercicio como la cuarta potencia económica global tras superar a Japón. En consecuencia, dicho pacto obtiene una enorme trascendencia política y financiera al configurar un renovado eje euroasiático.
Dentro de este viraje rumbo a Oriente, la UE ha suscrito además hace poco un tratado de libre intercambio con Indonesia al tiempo que gestiona pactos similares con Filipinas y Malasia. Dichas naciones, poseedoras de mercados sumamente activos, agrupan a más de quinientos millones de pobladores en total. Esto se añade al importante convenio alcanzado últimamente con Mercosur (300 millones de habitantes). Así, Bruselas busca afianzar extensas zonas de comercio abierto que beneficien sus ventas al exterior, ante la tendencia proteccionista promovida por Trump.
El rigor en los aranceles de Trump fuerza la necesidad apremiante de hallar otros aliados mercantiles.
El desafío fundamental que resta en ese plan de desarrollo mercantil europeo radica en gestionar con China un convenio económico y de intercambio que busque la equidad, dado que el saldo negativo de la UE ante la potencia asiática asciende a 300.000 millones de euros al año, de los cuales 40.000 millones se atribuyen a España.
El mandatario inicial de Europa en promover una vinculación más estrecha con China resultó ser el jefe del Gobierno de España, Pedro Sánchez, mediante un viaje institucional a Pekín al concluir abril del ejercicio previo, apenas veintiún días tras el comienzo de la disputa de aranceles de Trump en su denominado “día de la liberación”. La Casa Blanca, con un enfado evidente, le comunicó –por medio del secretario del Tesoro– que “acercarse a China sería como cortarse el cuello”.
El encuentro posterior entre China-UE –en julio pasado– resultó poco productivo, debido a que los mandatarios de Europa priorizaron los reproches sobre la ausencia de garantías para los derechos humanos en dicha nación y las reclamaciones relativas a las prácticas comerciales injustas de sus compañías. No obstante, en la actualidad el enfoque de Europa respecto a China aparenta ser más realista. El mandatario de Francia, Enmanuel Macron, ya ha continuado la senda iniciada por Sánchez, y al concluir febrero hará lo propio el canciller de Alemania, Friedrich Merz, quien igualmente se desplazará a Pekín. Otros dos líderes del continente han acudido recientemente a mostrar sus respetos al presidente de China, Xi Jinping: el titular del Ejecutivo de Irlanda, Micheál Martin, y el primer ministro de Finlandia, Petteri Orpo. Fuera del marco de la UE, han destacado notablemente los viajes efectuados a Pekín por el primer ministro de Canadá, Mark Carney, y –durante estos días– el premier del Reino Unido, Keir Starmer. De este modo, el distanciamiento diplomático con Pekín parece estar disipándose.
La UE analiza la opción de una vinculación más estrecha con China después del importante convenio con India.
El requerimiento de expandir horizontes comerciales después de los gravámenes de Trump, tal como se mencionó, intensifica la urgencia de optimizar los vínculos con la segunda potencia económica del planeta y analizar convenios que permitan hallar vías adicionales para las exportaciones y la inversión en China, con el fin de mitigar las disparidades en el comercio. La inclinación de las naciones occidentales hacia el coloso de Asia resulta innegable. De esta forma lo ha percibido el presidente Trump, quien ha lanzado reproches y advertencias directas por este motivo a Canadá y al Reino Unido —su socio estratégico—, de la misma manera que procedió con España.
Los vínculos con China resultan complejos, no obstante, debido a que incurre en prácticas comerciales injustas en diversos sectores, realiza espionaje de tecnología y restringe considerablemente el acceso de bienes y prestaciones de Europa a su mercado interno. Asimismo, apoya a Rusia durante su incursión en Ucrania, tal como señaló la jefa de gobierno de Dinamarca, Mette Frederiksen, lo que impide considerarlo un socio totalmente seguro. En consecuencia, las recientes tácticas de diplomacia que Europa implementa frente a Pekín podrían alcanzar logros bastante escasos, en contraste con lo ocurrido con India y otras naciones de Asia.
Dentro del actual escenario internacional, de cualquier modo, es posible derivar un par de deducciones: que el intercambio mercantil persiste fuera de los Estados Unidos de Trump, aunque, igualmente, resulta inviable subsistir aislados o en oposición a la principal fuerza financiera y bélica del globo, la cual, históricamente, ha representado y representa el socio fundamental de Europa. Hallar una estabilidad inédita resulta complejo.